Friday, February 23, 2018

El antiguo Egipto


Los condicionantes geográficos: el Nilo y los desiertos
Egipto ha sido, y continúa siendo, un territorio profundamente marcado por la presencia del río Nilo, que condiciona las actividades humanas en todas sus manifestaciones socioeconómicas y culturales. Las crecidas del Nilo que, de forma periódica, se repetían cada año desde principios del verano y hasta el mes de septiembre y que tenían su origen en las lluvias torrenciales del África central, provocaban la inundación de las tierras bajas a lo largo de su recorrido, dejando una gruesa capa de limos oscuros que fertilizaban la tierra y la hacían muy productiva. No es extraño, pues, que los antiguos habitantes de esta región denominaran Kemi o Kemit (tierra negra) a lo que hoy se conoce como Egipto. La riqueza de estos suelos hacía que durante toda la antigüedad Egipto fuera una de las regiones productoras de cultivos más importantes del mundo. Al mismo tiempo, el río constituía una excelente vía de comunicación, que unía las tierras del delta (el Bajo Egipto) con las del valle (el Alto Egipto). En realidad, para lo que concierne a la historia se puede considerar que Egipto estaba constituido territorialmente por una estrecha franja de tierras fértiles, a ambos lados del río Nilo, situada en el interior de la amplia zona desértica que separa Sudán del Mediterráneo. Este territorio estaba dividido en dos regiones naturales: el Bajo Egipto, en el área del delta del Nilo, constituido por amplias llanuras y zonas pantanosas, y el Alto Egipto, que formaba una estrecha franja de terreno entre montañas y mesetas áridas.
El desarrollo económico: regadío artificial y excedentes
Durante el neolítico (VII milenio a.C.), diferentes grupos humanos de cazadores-recolectores se asentaron en el valle del Nilo y desarrollaban, ya sedentarizados, una rica agricultura que aprovechaba las crecidas regulares del río. Mediante la creación de un complejo sistema de canales y embalses, que permitía la conducción y la recogida de las aguas del Nilo durante el período de crecida y usarlas como reserva durante el período anual de sequía, era posible incluso la irrigación de zonas áridas e incrementar notablemente las cosechas. De entre la variada producción agrícola egipcia destacaban el trigo, la cebada y el lino.
La vida del antiguo Egipto se organizaba en torno a la agricultura. Vendimia y pisado de la uva en el lagar (s. XV a.C.), detalle de un fresco en la tumba de Najt (Tebas, Egipto).
Gracias al contacto con otros pueblos, sobre todo del Mediterráneo y de Mesopotamia, los egipcios introdujeron cultivos como la vid, la higuera, la planta del papiro o diversas variedades de trigo, desarrollados fundamentalmente en las tierras del delta. Del interior de los tallos de las plantas del papiro se extraían las médulas que, transformadas en láminas a base de entrelazar unas con otras, eran usadas para escribir sobre ellas y para elaborar cuerdas y pequeños objetos.
Los antiguos egipcios desarrollaron también una importante ganadería, con la domesticación de especies salvajes como la cabra, la oveja, la vaca, el cerdo y diferentes aves de corral; la importancia de esta actividad se refleja en el exhaustivo censo de animales que realizaban los agentes del faraón cada dos años. A su vez, el aprovechamiento de la fuerza motriz de animales como el asno, el caballo o el camello facilitaba las tareas agrícolas y el transporte.
• Producción artesanal y comercio
El desarrollo y la mejora de las técnicas agrícolas, que posibilitaban la existencia de excedentes, permitían liberar mano de obra especializada hacia el sector artesanal, en continuo crecimiento a causa de la demanda, cada vez mayor, de artículos manufacturados para el consumo interno y el comercio exterior. La mayoría de los artesanos trabajaban en talleres reales o en talleres dependientes de los templos. Los artículos de lujo iban destinados al propio faraón y a su familia, pero también a la poderosa casta sacerdotal y al comercio exterior; los sectores populares no esclavos, que también tenían acceso al mercado de las manufacturas, adquirían parte de la producción más humilde fabricada con destino al uso doméstico.
A pesar de la tendencia al autoconsumo de la economía egipcia, la necesidad de adquirir bienes de lujo empujó a faraones y a sacerdotes a organizar un comercio exterior que les permitiera adquirir estos productos, intercambiándolos por los excedentes agrícolas que Egipto producía. En general, los egipcios exportaban trigo, vino y piedra, y a cambio obtenían oro o madera.
La posición geográfica de Egipto, situado entre las regiones fenicia, mesopotámica y griega, al norte y al nordeste, y los territorios de Nubia y del centro de África, al sur, posibilitaba que sus mercaderes fueran los intermediarios en el intercambio de productos entre estas áreas. Los mercaderes egipcios, cuya actividad estaba estrechamente controlada por los agentes del faraón, se servían del Nilo para transportar sus mercancías; la ruta comercial que transitaba por este río constituyó una de las más importantes de la antigüedad.
Una sociedad muy jerarquizada
A pesar de lo dilatado de su existencia, las características de la sociedad egipcia variaron muy poco. La misma disposición geográfica hacía de Egipto, rodeado por desiertos y carente de puertos naturales, un territorio aislado de las influencias exteriores. Se puede hablar de una sociedad jerárquica, desigual y muy estructurada, basada en una rigurosa disciplina que tenía su fundamento en las relaciones entre el faraón y sus súbditos. Este comportamiento se debía a la ligazón entre vida social y vida religiosa. En el Egipto antiguo, sociedad y estructura institucional llegaron a fundirse en un solo bloque.
• El poder divino del faraón
En la cima de la estructura jerárquica de la sociedad egipcia se encontraba el faraón; considerado como una divinidad viviente, hijo del dios Ra, tenía un poder absoluto y era amo y señor de todas las tierras y las personas. El faraón también simbolizaba en su persona la unión de todos los territorios de Egipto, reflejada en la doble corona que ostentaba y con la que aparece representado. Como señor supremo, dirigía las administraciones militar y civil (justicia, hacienda). Evidentemente, el carácter divino del faraón lo convertía también en el supremo sacerdote, entrando en algunas ocasiones en conflicto con la poderosa casta sacerdotal. Cualquier intento de perturbar el orden político, cualquier rebelión o revuelta, se interpretaba como un acto sacrílego, un atentado al dios viviente.
• El papel del templo y de la casta sacerdotal
La autoridad del faraón se extendía a todo Egipto gracias a una numerosa y compleja red de funcionarios y sacerdotes. Los funcionarios y la clase sacerdotal constituían un grupo social muy jerarquizado. Próximos al faraón se encontraban los grandes funcionarios, muchos de los cuales eran familiares suyos. La base de su riqueza la constituían las enormes propiedades cedidas por el faraón y los cargos políticos y administrativos que ostentaban en las provincias en que se dividía el imperio de los faraones, que eran denominadas nomos.
Busto de Nefertiti, de la XVIII dinastía (Museo Antiguo, Berlín, Alemania).
El miembro más importante de esta casta administrativa era el visir, especie de primer ministro para todo el territorio. Paralelamente, se desarrolló el poder de los sacerdotes, que, a cambio de mantener el control ideológico de los sectores populares, logró reunir un gran patrimonio en forma de tierras de cultivo y privilegios. A continuación se encontraban los escribas, cuyos conocimientos de la escritura y de las técnicas de contabilidad los hacía indispensables en la organización de las actividades económicas y administrativas.
El ejército, sobre todo el contingente mercenario, se encontraba integrado en esta especie de clase media, aunque en los momentos más delicados la necesidad de un poder militar fuerte significó el aumento del prestigio y del peso político de los mandos del ejército.
• En la base de la pirámide social: campesinos y artesanos
Toda esta pirámide social descansaba sobre el trabajo de campesinos y artesanos. Los campesinos conformaban alrededor del 90 % de la población. Vivían de manera muy humilde, pero la relativa seguridad política de Egipto les permitía una existencia menos rigurosa que la de los campesinos de otras zonas, como Mesopotamia o Palestina, que estaban constantemente amenazados por los saqueos que provocaban las continuas agresiones exteriores y las guerras entre estados.
Si bien los campesinos no eran esclavos, su situación jurídica no era muy diferente. Durante siglos vivieron adscritos a la tierra, sin posibilidad de abandonar las explotaciones agrarias en las que trabajaban. Los campesinos debían entregar la mayor parte de la cosecha al propietario, que podía ser el faraón, los sacerdotes del templo o particulares que habían arrendado u obtenido las tierras por orden del faraón. La imposición de impuestos abusivos a los campesinos por parte de los funcionarios o de los sacerdotes era habitual; sin embargo, el férreo control ideológico y político al que era sometida la población campesina evitaba el estallido de rebeliones generalizadas que pusieran en peligro el poder absoluto del faraón y sus agentes directos.
Los trabajadores urbanos eran el elemento social que completaba la base de la estructura social egipcia. Una importante red de talleres propiedad del faraón o de los sacerdotes elaboraba las más diversas manufacturas: vasos de basalto, tejidos de lino y otros materiales, los más variados objetos de cerámica o de metal, piezas de cuero, láminas de papiro, etc. Según el nivel de especialización, se puede hablar de dos grupos claramente definidos: por un lado, los artesanos especializados en la producción de lujo (arquitectos, orfebres, pintores, escultores), que gozaban de una importante consideración social y percibían sueldos relativamente altos; por otro, y en un nivel inferior, se encontraban los obreros no especializados o encargados de los productos más humildes (tejedores, cargadores, albañiles) y los peones, cuya vida era mucho más dura. Durante las épocas de crisis, cuando en las áreas rurales las condiciones de vida eran extremas, algunos campesinos lograban huir a la ciudad, aceptando las tareas más ingratas a cambio de comida.
Treinta siglos de historia
En época ptolemaica, el sacerdote egipcio Manetón elaboró (ca. 280 a.C.) una historia de Egipto en la que aparecían las 31 dinastías faraónicas que lo gobernaron. Este listado ha permitido dividir la historia del Egipto antiguo en tres grandes períodos históricos: Imperio Antiguo (2700-2280 a.C.), Imperio Medio (2040-1640 a.C.) e Imperio Nuevo (1550-1070 a.C.). Entre cada uno de estos períodos se habrían producido unas largas etapas de crisis, denominadas períodos intermedios. Tras el III Período Intermedio, el Egipto faraónico pasó a manos de diferentes pueblos de Oriente Medio (asirios y persas) o de dinastías de origen no egipcio (libias, nubias). Tras la conquista de Alejandro Magno, Egipto se convirtió en un reino helenístico y, con la llegada de los romanos, en una provincia más de su imperio.
• El Egipto predinástico y protodinástico
Durante el período predinástico, el Alto Egipto se habría abierto a los contactos con el mundo mediterráneo, con Mesopotamia y con Palestina, a través del delta del Nilo y las costas del mar Rojo. Se impusieron entonces las estructuras estatales sobre las tribales y el poderío del Alto Egipto sobre las gentes del Bajo Egipto, gracias a los recursos en oro, plata y cobre de que disponía; en el Alto Egipto surgieron, además, las primeras obras hidráulicas de importancia. Desde su centro de Hieracónpolis, en el Alto Egipto, y siguiendo los relatos míticos, el rey Menes derrotó a las gentes del Bajo Egipto y unificó ambos territorios. Sin embargo, sería durante la I y II dinastía, en el período dinástico temprano o Tinita (3100-2900 a.C.), cuando se produjera la verdadera unificación política de estas regiones naturales bajo una única estructura política.
• El Imperio Antiguo
El Imperio Antiguo se desarrolló plenamente a partir de la III dinastía. Durante esta época se construyó la pirámide escalonada de Saqqara, donde fue enterrado el faraón Zoser. La figura clave del período fue Imhotep, arquitecto y médico de Zoser, que proyectó y dirigió las obras del conjunto funerario de Saqqara.
La pintura del Imperio Antiguo, a pesar de ser poco conocida, se caracteriza por su gran realismo y por su perfección técnica. Friso conocido como Las ocas de Meidum, en la capilla de Itet (Meidum), de la IV dinastía (Museo Egipcio, El Cairo, Egipto).
El faraón Esnofru, de la IV dinastía, consiguió dominar amplias zona de Nubia, lanzó varias campañas de castigo contra los libios del este y aseguró la frontera del Sinaí. Fueron los faraones de esta dinastía los grandes constructores de pirámides. El propio Esnofru dedicó gran parte de los recursos del estado a levantar las pirámides de Dahshur y Meidum. Sus sucesores Jufu, Jafre y Menkure, a quienes los griegos denominaron Keops, Kefrén y Micerinos, levantaron las grandes pirámides del conjunto funerario de Gizeh.
Ya en la VI dinastía, a pesar de los signos de debilidad interna, Pepi I penetró en el Sinaí en un intento de someter la Palestina meridional. En este período proliferaron las luchas fronterizas contra los libios, en el oeste, y los nubios, en el sur; probables episodios defensivos más que intentos de expansión. Durante el larguísimo reinado de Pepi II (94 años) se hicieron evidentes los graves problemas que aquejaban a Egipto; pese a las grandes expediciones enviadas al sur de las grandes cataratas, en territorio de Nubia, la pobreza de la decoración de tumbas y mastabas evidencian la grave crisis que se iba a producir y que provocó una auténtica convulsión política y social. El poder del faraón decreció en beneficio de los poderes locales de la aristocracia provincial.
• El I Período Intermedio
Comprendido entre la dinastía VII y la X, este período significó para Egipto la desaparición del poder central y la descomposición política. Parece ser que se produjeron importantes alteraciones climáticas que provocaron una profunda crisis agraria. Esta crisis económica, unida a la debilidad del poder central, explicaría la aparición de centros de poder locales, enfrentados entre sí por el control del imperio. Las ciudades de Heracleópolis Magna, en el norte, y de Tebas, en el sur, se erigieron como los únicos centros de entidad.
• El Imperio Medio. La introducción del culto a Amón
Hacia 2040 a.C., una dinastía de príncipes tebanos logró unificar nuevamente los territorios egipcios, apoderándose de la región del delta, muy debilitada a causa de los continuos ataques del exterior. Durante el reinado del faraón Mentuhotep II se reinstauró el poder centralizado; este faraón frenó las ambiciones políticas de los gobernadores de las provincias (nomarcas), a los que se les quitó la posibilidad de nombrar a su heredero. Parte del apoyo político de la nueva dinastía provenía de una nueva clase media de funcionarios, escribas y trabajadores especializados, contrapeso al poder de nobles y sacerdotes. Asimismo, emprendió campañas periódicas contra los nubios e intensificó el comercio con los puertos del mar Rojo.
Extensión de Egipto durante el Imperio Medio. El territorio egipcio estaba constituido por una franja de terreno fértil que se extendía a lo largo del Nilo, desde el delta hasta más allá de la segunda catarata, en tiempos del Imperio Medio.
Hacia 2000 a.C., el visir Amenemes fundó una nueva dinastía (XII). En el aspecto religioso potenció el culto a Amón, dios local de Tebas, que acabó por extenderse a otros territorios. Se formó entonces una división politicoreligiosa de los territorios egipcios, con Ra como divinidad ligada a Heliópolis, y Amón a Tebas. El final de las guerras civiles posibilitó una política exterior agresiva. Gracias al empleo de mercenarios nubios en el ejército y a la mejora del armamento y de la táctica de combate, Sesostris I, asociado al trono por su padre Amenemes I, pudo alcanzar la segunda catarata; sin embargo, fue Sesostris III quien logró la máxima expansión territorial. El norte de Nubia fue colonizado y se aseguró el comercio con África central y meridional. Sus sucesores se dirigieron al norte de Palestina, donde ocuparon las fortalezas a fin de asegurarse sus recursos mineros y las rutas comerciales que la cruzaban.
• El II Período Intermedio
Al final del reinado de la XII dinastía, el estallido de nuevos conflictos internos favoreció la desintegración del imperio. En este contexto de anarquía política se produjo la penetración en Egipto de grupos de hicsos procedentes de Asia; los egipcios aludían con este apelativo a los contingentes de extranjeros nómadas que presionaban sobre sus fronteras. Este heterogéneo conglomerado de pueblos de origen semítico e indoeuropeo había llegado a Egipto empujado por las convulsiones políticas de Asia Menor (ca. 2000 a.C.); debido a la desorganización política del Estado egipcio, los hicsos conquistaron el Bajo Egipto y fundaron su propia capital, Ávaris. Este dominio político duró algo más de un siglo, pese a lo cual, y de manera gradual, los hicsos acabaron por adoptar las formas de vida egipcias (lengua, vestimenta, escritura, etc.).
• El Imperio Nuevo
Como ya había sucedido en el Imperio Medio, una nueva dinastía de príncipes tebanos logró unificar todo Egipto. Amosis, fundador de la dinastía XVIII, puso fin al dominio de los hicsos tras la conquista de Ávaris (ca. 1567 a.C.). El nuevo faraón y sus sucesores reemprendieron la expansión territorial, lanzándose contra los territorios vecinos de Palestina y de Nubia, en donde llegaron hasta la tercera catarata,. El control de Palestina resultó muy complicado puesto que allí tuvieron que enfrentarse a la oposición de organizaciones políticas bien estructuradas y, sobre todo, a dos imperios también en expansión: el de los hurritas, o de Mitanni, y el de los hititas, que mantendría con Egipto un enfrentamiento de casi cuatro siglos.
Hacia 1470 a.C., la doble corona pasó a manos de la reina Hatshepsut, que recibió el apoyo del clero de Amón para mantener apartado del trono al legítimo heredero, el futuro Tutmosis III. El acceso final de éste al trono significó la depuración de la administración política y religiosa y un nuevo impulso a la expansión territorial, con la organización de grandes expediciones militares. Hacia el sur, se adentró en Nubia y se apoderó de la ciudad de Napata. En Asia, avanzó hacia el Éufrates, ocupó la ciudad de Megiddó (180 a.C.) y se aseguró la sumisión de gran parte de Oriente Medio, incluido el territorio de Mitanni. A la muerte de Tutmosis III, Egipto alcanzaba una extensión desconocida hasta la fecha; el imperio de los faraones se consolidó durante decenios como la potencia hegemónica en esta área.
El Próximo Oriente y el Mediterráneo oriental en tiempos del Imperio Nuevo. El Imperio Nuevo egipcio (ss. XVI a XI a.C.) coexistió con varias civilizaciones del Próximo Oriente y del Mediterráneo, con las que mantuvo contactos comerciales.
Sin embargo, tanto el reino de Mitanni como los hititas del norte iniciaron una potente expansión hacia las tierras del sur. En medio de esta delicada situación tuvo lugar la revolución religiosa de Amenofis IV, quien, a fin de disminuir el poder de los sacerdotes de Amón, introdujo en Tebas el culto al dios de Heliópolis, Atón, en su entidad física de disco solar. Cambió su nombre por el de Ajenatón (aquel que es útil a Atón) y trasladó la capital de Tebas a Tell al-Amarna. El conflicto entre el faraón y los sacerdotes fue aprovechado por los hititas, que ocuparon gran parte de los territorios egipcios en Asia.
A la muerte de Ajenatón, su sucesor, Tutankhamón I, restituyó el culto a Amón, retornó los templos a los sacerdotes y trasladó la capital a Menfis, volviendo a la situación anterior a las reformas de su predecesor. El general Horemheb, que se había hecho con la corona, intentó detener el avance hitita; tarea ésta continuada por sus sucesores, los generales Ramsés I y Seti I, quienes pudieron mantener alejados a los hititas y llevaron nuevamente a Egipto a un período de prosperidad. Sin embargo, hacia 1300 a.C., los hititas lanzaron una nueva ofensiva, que pudo frenar el faraón Ramsés II en la batalla de Qadesh (1293 a.C.). Finalmente, hititas y egipcios, agotados por décadas de enfrentamientos, firmaron un tratado de paz (1278 a.C.) por el que se repartían los territorios de Siria y Palestina.
Durante el reinado de su sucesor, Ramsés III, se produjeron rebeliones de los libios y la llegada a Egipto, y a los territorios del Mediterráneo oriental, de los llamados pueblos del mar. Ramsés III logró acabar con las revueltas libias y derrotó a los "pueblos del mar" en el delta del Nilo (1175 a.C.). Sin embargo, tras 200 años de guerras continuas, el estado egipcio había quedado arruinado.
• El III Período Intermedio
Durante el Imperio Nuevo, los sacerdotes de Amón habían adquirido un enorme poder económico y político y un claro ascendiente ideológico sobre la población. La debilidad del poder del faraón, las pérdidas de Palestina y de Nubia y el empobrecimiento del país a consecuencia de las costosas guerras, llevaron a Egipto a una nueva crisis política. Los mercenarios libios y nubios se apoderaron del trono aprovechando el papel cada vez más importante del ejército.
A mediados del s. VII a.C., los asirios, que habían iniciado su expansión desde el alto valle del río Tigris, penetraron en Egipto y se anexionaron su territorio tras expulsar a los faraones nubios de la dinastía XXV. La conquista se debió, en buena parte, a la superioridad militar que les daban sus nuevas armas de hierro, sin competencia con las egipcias, realizadas con bronce.
• El Imperio saíta
Sin embargo, el dominio asirio sobre Egipto fue breve. Aprovechando la crisis interna del Imperio Asirio, el faraón Psamético I, primero de la XXVI dinastía, logró expulsar a los dominadores con la ayuda de mercenarios griegos y fundó un nuevo imperio, conocido como saíta por el nombre de la nueva capital, Sais, en el delta. Éste iba a ser el último período de esplendor del Egipto faraónico. Durante el Imperio saíta creció la influencia de los griegos, que establecieron colonias en el delta (Naucratis). Sin embargo, la crisis que afectó a las ciudades del Alto Egipto y la oposición de la casta sacerdotal debilitaron el poder de los faraones. En 525 a.C., los persas de Cambises II derrotaron al ejército faraónico, compuesto por mercenarios griegos y libios y, ante la escasa resistencia, ocuparon por completo el territorio de Egipto.
Poco después, Egipto volvió a estar regido por una nueva dinastía autóctona, aunque durante poco tiempo, ya que los persas reconquistaron el delta y gran parte del valle del Nilo a mediados del s. IV a.C. Pero al igual que los asirios, el poder de los persas era demasiado débil, como se encargó de demostrar Alejandro Magno, que se anexionó el territorio de Egipto sin necesidad de combatir (332 a.C.). Tras el breve reinado de Alejandro, Ptolomeo, uno de sus generales, se hizo con el poder en Egipto y fundó la nueva dinastía de los Ptolomeos, que perduró hasta el momento de la conquista romana.
Egipto: la cuna de la civilización
El antiguo pueblo egipcio fue portador de una civilización que, aún hoy, sorprende por la magnitud y belleza de sus realizaciones. Las pirámides, los templos y las tumbas, las estatuas y las estelas son algunos de los documentos más importantes para conocer el pasado de este pueblo. Por otra parte, en Egipto se han encontrado las primeras manifestaciones artísticas en las que aparecen representados personajes históricos acerca de los cuales se dispone también de información textual. Alrededor del III milenio a.C., los egipcios y la civilización sumeria fueron partícipes de un descubrimiento de capital importancia para la historia de la humanidad: la invención de la escritura. Este hecho, sumado a la cantidad y calidad de la producción artística que ha permanecido, hace que el antiguo Egipto sea considerado la cuna de la civilización.
El arte del antiguo Egipto comprende la arquitectura, la escultura y la pintura realizadas junto al valle del río Nilo, entre Abu Simbel y el delta de la desembocadura del río, desde el 3200 a.C. hasta la conquista del territorio por los romanos el año 30 a.C.
El imaginario egipcio: iconografía y sentido de su arte
Las fuentes revelan un pueblo muy religioso y preocupado por el más allá. El conjunto de las creencias y actitudes de los egipcios ante la vida y la muerte, lo que se designa con el nombre de imaginario, marcó el significado y la función de su arte.
• Las creencias de ultratumba
El mito de Osiris reflejaba la firme creencia de los egipcios en una vida futura tras la muerte. Si un dios tan cercano a lo humano había muerto y resucitado, el hombre, emparentado con él por su humanidad común, también podía vivir con esta esperanza. Para ello debía hacer lo mismo que Osiris: embalsamar a los muertos y conseguir que sus cuerpos permanecieran intactos. Así pues, para los egipcios, la conservación del cuerpo era un ritual necesario para que el muerto llevara en su tumba una existencia análoga a la que llevaba en vida. Para que esto sucediera eran necesarios los rituales de embalsamamiento, la tumba y las ofrendas y libaciones. Estas ofrendas estaban destinadas al ka o fuerza vital de los seres, cuya separación del hombre equivalía a la muerte. El ka, que se interpretaba como un doble de la persona, podía vagar a voluntad, si bien su lugar lógico era permanecer junto al cadáver. El ba es otro componente espiritual del individuo, que, representado como un pájaro, es definible por su función de asegurar la continuidad del difunto en su otra vida, es decir, asegurarle el contacto con los vivos. Los egipcios también creían que el corazón, que poseían tanto los hombres como los dioses, era el centro de la actividad creadora, que convierte el pensamiento en acción, y sede de la memoria, fundamental para medir la actuación del hombre con relación a una serie de prescripciones sociales. Por esta razón, tras la muerte del individuo y ante la presencia de Osiris, se disponía una balanza. En un platillo se colocaba el corazón del muerto y en el otro el emblema de Maat, diosa de la equidad y del orden social, la pluma. El dios Anubis, representado con cabeza de chacal, vigilaba la balanza, y Thot, con cabeza de gavilán, actuaba de escriba. Esta ceremonia se efectuaba en presencia del difunto, representado siempre en las pinturas con una actitud humilde. Si, finalizado el juicio, el corazón pesaba igual que la pluma, el difunto era conducido ante Osiris para que entrara en el reino de los muertos. Si su peso era excesivo, desaparecía para siempre.
Anubis es el dios de los embalsamadores, pues realizó la primera momificación. Anubis preparando una momia, pintura mural de la tumba de Sennedjem (XIX dinastía), en Dair al-Madina (Egipto).
La arquitectura y la imagen del arte egipcio, así como la identificación de los temas iconográficos, se explican en buena parte por la solidez y permanencia de su sensibilidad religiosa y por sus creencias en la vida de ultratumba.
La arquitectura egipcia
En general, el arte egipcio se caracteriza por el anonimato de sus artistas, su independencia y la voluntad de desafiar al tiempo. Se sabe que gozaban de un cierto reconocimiento social. Los faraones y las autoridades de la nobleza, es decir, las personas que solían encargar las obras, son los personajes que hoy resultan conocidos, un hecho que refleja la importancia de las jerarquías en la sociedad egipcia.
El arte egipcio no recibió influencias exteriores, ni en su origen ni en el transcurso de sus tres milenios de civilización. Los monumentos que han llegado hasta nuestros días, sobre todo tumbas y templos, que se edificaron en piedra, muestran una clara voluntad de permanencia y resistencia al tiempo. Se sabe que también existió una arquitectura civil de notable calidad, cuyos palacios, fortalezas, villas y casas populares, edificados con ladrillos secados al sol, no se han conservado.
Los edificios del antiguo Egipto son los primeros de la historia de la arquitectura que se realizaron con piedra labrada, y sus arquitectos los inventores de la columna, de los capiteles y de las cornisas. Aunque conocían la bóveda y el arco, la arquitectura sagrada que ha llegado hasta la actualidad se caracteriza por ser adintelada, es decir, por el predominio de las líneas rectas y el uso de techos planos sostenidos por columnas.
Los egipcios se interesaron muy poco por el espacio interior, pero su arquitectura aportó, además de las técnicas constructivas, el diseño y dominio de los espacios exteriores de sus majestuosos templos y pirámides, cuyas salas interiores son, en esencia, zonas de paso con sentido procesional. De hecho, las actividades humanas en las que había una participación masiva, como fiestas religiosas, jubileos, ofrendas o procesiones, se realizaban alrededor de los edificios. Las zonas interiores se reservaban para el sarcófago del difunto en las tumbas o para los sacerdotes o las estatuas de los dioses en los templos.
Las tumbas
La arquitectura funeraria del antiguo Egipto adoptó tres formas: la mastaba, la pirámide y el hipogeo, esta última característica del Imperio Medio y Nuevo.
• Las mastabas y las piramides
La mastaba, voz árabe que significa "banco", fue, al principio, el monumento funerario de los faraones de la I y II dinastías. En su origen, eran edificios rectangulares, de paredes ligeramente inclinadas, con la cubierta plana, cuyos muros exteriores se organizaban con nichos y salientes, probablemente a imitación de los palacios de la época. El interior encerraba diversas habitaciones dispuestas de manera simétrica en torno a la cámara funeraria central. Se trataba de almacenes para satisfacer las necesidades del ka del difunto en la otra vida.
A partir de la III y IV dinastías, el uso de la mastaba se extendió a la nobleza y a la clase sacerdotal. Adoptó entonces forma trapezoidal, con una puerta falsa que daba a una capilla funeraria, el sirdab, en la que se encontraba la estatua del difunto y donde periódicamente se procedía a rituales y ofrendas. Un pozo excavado en el subsuelo conducía a la cámara sepulcral, que contenía el sarcófago del difunto, el ajuar funerario y las ofrendas para la vida de ultratumba, y que se cegaba después del enterramiento. Las agrupaciones más importantes de mastabas excavadas se han encontrado en las necrópolis de Saqqara y de Gizeh.
El gran cambio en la arquitectura funeraria se produjo en la época de la III dinastía con la construcción de la pirámide de Djeser, en Saqqara. Se trata de un monumental conjunto funerario con una pirámide escalonada, de seis niveles, edificada para honrar al ka y servir de sepulcro del rey Djeser. La tumba real se alza como una progresiva superposición de mastabas de base cada vez más reducida, hasta alcanzar los 67 m de altura. La proyección de esta obra se debe a Imhotep, sacerdote de Heliópolis y el primer arquitecto conocido de la historia. Este arquitecto, el primero en utilizar la piedra como material de construcción, erigió la pirámide con sillares de piedra que se juntaban sin argamasa. El método de elevación empleado sigue hoy sin conocerse, pues en esta época se desconocía el uso de la rueda. Es poco probable que se utilizaran, como a veces se ha dicho, millones de esclavos, ya que no existen indicios de que existiera esclavitud en el Imperio Antiguo. Más bien, todo hace pensar en un esfuerzo colectivo del campesinado en las épocas de invierno, cuando cesaban las tareas agrícolas.
La primera pirámide, que formaba parte del complejo funerario construido en honor del faraón menfita Djeser, de la III dinastía, fue proyectada, escalonada, por el arquitecto Imhotep en Saqqara (Egipto).
La pirámide de Djeser era el centro esencial de un vasto conjunto rodeado por una muralla rectangular de 545 m de largo por 277 m de ancho, accesible sólo por una estrecha puerta de poco más de un metro de anchura que daba a una galería a través de la cual se llegaba a un patio. A su alrededor se alzaban diversas capillas, pequeños palacios y otras edificaciones para celebraciones rituales, como el hebsed o fiesta jubilar del faraón. En el patio del norte se alzaba el sirdab, una cámara que contenía la estatua del rey, que es la primera estatua real de gran tamaño y en piedra que se conoce del país del Nilo y, enfrente, un templo funerario. La tumba del faraón se hallaba bajo tierra, a 26 m de profundidad. En la galería de acceso al conjunto de Djeser se hallaron las primeras columnas conocidas de la historia. Los egipcios idearon una columna con basa discoidal, fuste bulboso y capiteles inspirados en los elementos vegetales de su entorno. Los más usados fueron los capiteles papiriformes, en forma de flor de papiro; los palmiformes, en forma de palmera, y los lotiformes, en forma de flor de loto abierta o cerrada.
Durante la IV dinastía se levantaron en Gizeh las tres pirámides que todavía hoy asombran al mundo: las sepulturas de los faraones de la IV dinastía: Keops, Kefrén y Micerinos. La necrópolis ocupa una extensión de más de 2.000 m2 en un desnivel de 40 m. Las pirámides están dispuestas en diagonal, en dirección de nordeste a sudeste, de tal manera que ninguna cubre el sol a las demás. La pirámide de Keops, la más grande, medía 146,60 m de altura, y estaba formada por cerca de 2,3 millones de bloques de piedra, con un peso medio de 2,5 t cada uno. Su diseño demuestra el refinamiento de la técnica constructiva. La base es cuadrada y el vértice de la pirámide se halla en la perpendicular exacta de su centro. Cada uno de los lados, en su origen revestido por una capa lisa de caliza, se corresponde de manera exacta con un punto cardinal y constituye un triángulo isósceles exacto. El conjunto presenta una proporcionalidad que sorprende por su alto grado de racionalidad formal. En el interior, al que se accede por una pequeña entrada lateral, sólo se excavaron tres cámaras, de las cuales la superior fue utilizada como cámara sepulcral. En la cara este de la pirámide se erigió el templo funerario. En este conjunto también se encuentra la célebre Gran Esfinge del rey Kefrén, cuya altura alcanza los 21 metros.
La pirámide de Kefrén, aunque proyectada a escala más modesta, produce un efecto similar a la gran pirámide de Keops. Cerca del vértice conserva parte del revestimiento original. El templo del valle, incluido en este conjunto de Kefrén, es una construcción de gran sobriedad y en una de sus estancias se guardan una serie de esculturas de Kefrén en diorita de tonos grises, entre las que destaca la del faraón sentado con un halcón posado en el respaldo del trono.
La pirámide de Micerinos, con 66 m de altura y 108 m de ancho, es mucho más pequeña que las anteriores y está peor conservada.
La forma piramidal no se debe sólo a avances tecnológicos sino también a la evolución de las creencias teológicas. Algunas fuentes permiten sostener la hipótesis según la cual la pirámide es el símbolo de un haz de rayos solares, por el que el ka del faraón asciende hasta el sol, manifestación visible del dios Amón-Ra, cuyo culto era el dominante en esos momentos históricos.
• Los hipogeos
Durante el Imperio Medio, se adaptaron y renovaron las tradiciones arquitectónicas funerarias del Imperio Antiguo. La escasez de amplios terrenos planos en torno a la capital de Tebas, propició la construcción de recintos funerarios excavados en los acantilados del Nilo. Estas tumbas rupestres, los hipogeos, constaban de una cámara funeraria con el sarcófago, el sirdab con el ajuar y la estatua del ka y la capilla para las ofrendas. Más que por su valor arquitectónico los hipogeos destacan por su decoración, y son especialmente célebres las tumbas rupestres construidas durante el Imperio Nuevo: el Valle de los Reyes y el Valle de las Reinas, en las cercanías de Tebas.
• Los templos
Durante el Imperio Nuevo, con capitalidad en Tebas (Alto Egipto), se desarrolló de manera impresionante la construcción de grandes templos. Eran centros religiosos, económicos y culturales no abiertos al público y regidos por una potente casta sacerdotal. En las grandes festividades se realizaban imponentes rituales procesionales presididos algunas veces por el faraón en persona.
El templo funerario de la reina Hatshepsut (XVIII dinastía), en Dayr al-Bahari (Egipto), consta de una parte excavada en la roca y de otra exterior.
La mayoría de templos egipcios se hallaban en Karnak. El más importante era el dedicado a Amón, cuya estructura permaneció prácticamente inalterada hasta el final. También el templo de Edfú, del s. III a.C., seguía el mismo esquema. En este templo en honor al dios Amón, en Karnak, confluyen todas las características de la arquitectura egipcia: colosalismo, estructura adintelada y sentido axial o construcción alrededor de un eje, que simboliza la penetración progresiva en el misterio. Se accedía al templo a través de la avenida de las esfinges hasta dar con un muro trapezoidal o altos pilones que componían la fachada y enmarcaban la entrada a un primer patio interior, ante el cual se alzaba un obelisco, símbolo del sol. Este muro de entrada, enfocado hacia oriente, simbolizaba geométricamente el valle del Nilo. Durante el alba, el sol aparecía entre los muros trapezoidales, encima de la puerta de ingreso por la cual se entraba a un patio interior con un peristilo de columnas monumentales. A continuación se llegaba a la sala hipóstila, auténtico bosque de columnas que dividía la estancia en naves y cuyas columnas centrales, de más altura, señalaban el eje o camino central. A medida que se penetraba en el templo, el nivel del suelo subía y el del techo descendía hasta llegar a una cámara de ofrendas, una cámara central y, finalmente, un santuario con la naos, un monolito de piedra que albergaba la imagen del dios, al que sólo tenían acceso el sumo sacerdote y el faraón. El santuario estaba rodeado de diez habitaciones auxiliares y almacenes relacionados con el culto.
Al norte de este complejo se encuentra el templo de Ptah, y al sur, el lago sagrado, por el que navegaban las barcas en el transcurso de las ceremonias religiosas. El recinto de Mut, actualmente en ruinas, albergaba los templos de Amenhotep (Amenofis) III, el de Ramsés III y el de la diosa Mut. Otro gran templo es el dedicado a Jonsu, que, junto a su padre Amón y su madre Mut, formaban la tríada tebana.
Cabe destacar también los templos funerarios de Mentuhotep II y de la reina Hatshepsut en Dair al-Bahari, en la orilla izquierda del Nilo, al sur de Tebas, que combinaban las partes habituales de los recintos funerarios, como el templo de acogida, el camino y el templo funerario, en una construcción elegante y severa. Se accedía a ellos por suaves rampas –en el templo de Mentuhotep, coronadas por una pirámide– que conducían a dos terrazas sostenidas por columnas que antecedían el recinto funerario excavado en la roca. Durante la XIX dinastía se construyeron numerosos templos excavados en la roca, llamados speos. Los más célebres son los dos templos de Abu Simbel, dedicados a Horajti, Amón, Ptah, Ramsés II divinizado y Nefertari.
El arte de la imagen
Tres son los vehículos a través de los cuales se expresa la imagen en Egipto: la escultura exenta o de bulto redondo, el relieve y la pintura. La mayoría de estas imágenes no estaban destinadas a ser vistas, ya que se han hallado en el interior de las tumbas. Una vez enterradas con sus propietarios entraban a formar parte del mundo espiritual de la eternidad. Estos significados y funciones son los que explican en buena parte sus formas y todas sus características.
• La escultura exenta
En los materiales de las estatuas ya se adivina esta voluntad de permanencia del arte egipcio. Muchas de estas estatuas fueron talladas con materiales resistentes, como el granito, el pórfido y, de manera más excepcional, la madera. Aunque variaran los detalles y las modas del vestir, su forma permaneció inalterada a lo largo de los siglos, excepto durante el período de Tell al-Amarna, en tiempos del faraón Amenhotep IV. Las figuras se caracterizan por su rigidez y hieratismo; todas muestran cierta tensión física y espiritual y están concebidas para ser vistas de frente, de acuerdo con la ley de la frontalidad. En general, mantienen el pie izquierdo avanzado, pero la sensación de movilidad es mínima. Las personas representadas –faraones, reinas, escribas, altos funcionarios o miembros de la nobleza local– aparecen idealizadas; los hombres están concebidos en la plenitud de su vida y las mujeres en el frescor de su juventud. En algunos casos se representaba al personaje en una edad más avanzada, cuando alcanzaba determinado cargo, como la estatua de madera del sacerdote lector Ka-aper, también conocido como Cheikh el-Beled, que en árabe significa "alcalde del pueblo" (Sayj al-Bilad), por su parecido con el mandatario municipal del lugar de procedencia de los trabajadores que lo descubrieron en 1860 en una mastaba de Saqqara. No obstante, las características físicas de las estatuas son realistas, ya que su función consistía en cobijar el ka del difunto y su lugar de destino era el sirdab. La estatua se esculpía con un propósito ritual: asegurar la vida eterna a su propietario, por lo que antes de situarla en la tumba debía ser sometida al rito de abertura de la boca, a través de la cual recibía el hálito vital.
Tríada de Micerinos, de la IV dinastía (Museo Egipcio, El Cairo, Egipto).
La estatuaria egipcia presenta diversas tipologías. Existen estatuas individuales de pie, como la de Sesotris I, aunque son más frecuentes las sedentes, como la de Kefrén o Ramsés II, o las de escribas sentados y funcionarios de la corte y de la administración estatal. Otra característica de la estatuaria egipcia son las tríadas, como la del faraón Micerinos junto a la diosa de un nomo con las facciones de su esposa y la diosa Hathor, y las parejas familiares sedentes, como la de los príncipes Rahotep y Nofret, en la que todavía puede apreciarse la policromía. El príncipe aparece pintado de un color marrón rojizo y la mujer de un amarillo muy pálido, símbolos de la fuerza del sol y del reflejo de la luz, respectivamente. Debe señalarse que la Nofret de este grupo es el primer nombre de mujer identificado en la historia de la humanidad.
En Egipto también se realizaron bustos y retratos de medio busto, representación de la parte superior del tronco y de la cabeza de una figura humana, como el de Nefertiti, esposa de Amenhotep IV. Asimismo, cabe destacar la existencia de las esfinges, estatuas de leones echados con cabeza humana. La más conocida es la Gran Esfinge de Gizeh.
• El relieve y la pintura
Los relieves y las pinturas murales decoraban las tumbas y los templos, y se realizaban con el objetivo de mantener vivo al difunto. En tiempos ancestrales se sacrificaba a esposas y sirvientes para acompañar al esposo y dueño en su morada eterna, costumbre que desde la III dinastía fue sustituida de manera simbólica por las esculturas, las pinturas y los relieves. Gracias a este uso funerario se conservan hoy las abundantes y espléndidas manifestaciones pictóricas del antiguo Egipto. La pintura, además de cubrir las paredes de las tumbas, estaba presente en los elementos arquitectónicos, los bajorrelieves, las estatuas y los papiros.
El tratamiento formal de la figura humana en los relieves y en la pintura refleja con exactitud la estética conceptual de los artistas egipcios, para quienes no era importante la belleza como se ve sino la representación perfecta y sencilla de lo que se sabe o se conoce. Por esta razón no dibujaban o esculpían del natural ni representaban la realidad desde un único punto de vista, sino que lo hacían de memoria y de acuerdo con unos cánones que se remontaban a las primeras dinastías y que variaron muy poco a lo largo del tiempo. La cabeza se representaba de perfil, y los ojos y los hombros de frente, porque se consideraba que así se contemplaban mejor. Por la misma razón, los senos de las mujeres y las dos piernas se dibujaban de perfil. La pelvis, en cambio, siempre se representaba en tres cuartos. Las figuras no guardaban una proporción realista entre ellas, sino que seguían una perspectiva jerárquica: los personajes importantes se representaban de mayor tamaño y siempre de acuerdo con el canon; los personajes populares, en cambio, aunque solían perfilarse de manera similar, podían representarse en movimiento, agachados o completamente de perfil.
El difunto era, en la pintura de los templos funerarios, el protagonista de las escenas representadas. Escena de caza en los pantanos, procedente de la tumba de Nebamón (XVIII dinastía), en Tebas (Museo Británico, Londres, Reino Unido).
La representación de escenas complejas también era racional y en ellas primaba la horizontalidad. El artista solía trazar líneas horizontales y paralelas sobre las cuales disponía las diversas escenas, en las que a veces podía sumar puntos de vista distintos.
En las obras pictóricas se utilizaba la técnica denominada al temple: se disolvían los colores en agua y goma arábiga, que servía de adherente, y se aplicaban a muros cubiertos previamente con una fina capa de yeso. Los colores eran simbólicos y se representaban de manera plana en el espacio previamente dibujado con un trazo claro. La línea creaba un espacio bidimensional en el que nunca se sugería la profundidad, lo que creaba un extraordinario contraste entre la racionalidad del conjunto y el cuidadoso y excelente realismo naturalista de los detalles, presente en animales y plantas.
Los temas eran ricos y variados –representación de divinidades, rituales religiosos, escenas de caza y pesca, de fiesta y trabajos agrícolas, entre otros– y transmiten al espectador contemporáneo un optimismo y una alegría que contrastan de manera contundente con el lugar funerario en el que se hallaban.
Los relieves y las pinturas de calidad que se han conservado son numerosos. Entre las pinturas destacan las ocas de Meidum (Imperio Antiguo), las escenas de lucha y las representaciones de aves de los hipogeos de Beni Hasan (Imperio Medio) y las tumbas de la reina Nefertari y de Ramsés VI (Imperio Nuevo).
• La época de Tell al-Amarna
La producción artística en Egipto estaba tan ligada a la religión y al poder que cualquier cambio de imaginario en su cúspide tenía repercusiones en el tratamiento de la imagen. Es lo que ocurrió en tiempos del faraón Amenhotep IV de la XVIII dinastía, durante el Imperio Nuevo, que impuso el monoteísmo y el culto al dios Atón, simbolizado en el disco solar. El faraón cambió su nombre por el de Ajenatón y trasladó la capital del reino de Tebas a Tell al-Amarna, por lo que la casta sacerdotal de Tebas vio peligrar su posición privilegiada. Durante su reinado, el arte de la imagen perdió, de manera excepcional, su tensión física y espiritual, abandonó los cánones convencionales y ganó en naturalismo. En esta época, los personajes reflejan sus sentimientos, como la alegría y el dolor, y se representan con sus cualidades reales. Claros ejemplos de este período son el busto de la reina Nefertiti, el perfil realista del mismo Ajenatón y la representación familiar de este mismo faraón y su esposa jugando con sus hijas mientras el disco solar (Atón) los bendice con sus rayos.
Muerto el faraón, la capital de Tell al-Amarna se despobló y la escultura y la pintura volvieron a los antiguos cánones, aunque el naturalismo de esta época influyó en las obras posteriores.
Un pueblo muy religioso
La cultura y la historia egipcia giran en torno a la religión. Es sorprendente la riqueza de imágenes divinas, símbolos y deidades de una civilización que supo hacer eternos sus monumentos y sus dioses.
En Egipto existía una religión oficial, muy documentada, y unas prácticas cotidianas de la mayoría de la población, muy diferentes de la anterior y de las que se sabe muy poco. Parte de la complejidad de la mitología egipcia reside en la gran cantidad de dioses a los que se rindió culto, variedad que se acentúa por la diversidad de advocaciones, símbolos y sincretismos. Además, a diferencia de otras religiones politeístas, estas divinidades no pueden estructurarse en una genealogía globalizadora, ya que sus sistemas teológicos agrupaban a un número reducido de divinidades diferentes, escogidas por el centro religioso que predeterminaba el poder político de cada época.
• La enéada de Heliópolis
En el grupo de nueve divinidades que constituye la enéada de Heliópolis, el creador aparece simbolizado bajo tres aspectos: Atum (totalidad-nada, "sol de la tarde"), Ra ("sol de mediodía") y Jepri (devenir, "sol de la mañana"). Atum, tras emerger por sí mismo de Nun (las aguas primordiales del caos), se posó sobre el Ben Ben (montaña primigenia) y con su saliva o esperma engendró la pareja Shu, el aire, y Tefnut, la humedad, su compañera. De Shu y Tefnut nacieron Geb (la tierra) y Nut (el cielo). Al principio, Geb y Nut estaban estrechamente unidos, pero siguiendo órdenes de Ra (o Re), su padre Shu procedió a separarlos elevando a Nut por los aires: así su vientre estrellado formó la cúpula celeste. De la unión de Geb y Nut nacieron cuatro hijos gemelos: Osiris, que se casó con su hermana Isis, y Set, que se casó con la otra gemela, Neftis.
Este número de nueve divinidades resultó insuficiente y, paralelamente a la gran enéada, en Heliópolis se creó un panteón que recogía las divinidades que no habían encontrado lugar en el primer grupo. Maat era la encarnación de la justicia, de la verdad y del orden universal, representada como una pequeña figura humana sentada y que llevaba sobre su cabeza la pluma de un avestruz que escribía su nombre. Thot era el dios de los escribas, que posteriormente pasaría a ser la divinidad más importante en el centro religioso de Hermópolis. Anubis era el dios del mundo funerario, patrón de los embalsamadores, y Horus era el más célebre de todos.
• La tríada osiríaca: Osiris, Isis y Horus
Los cuatro gemelos, Osiris e Isis, Set y Neftis, hijos de Geb y de Nut, encarnaban dos parejas antagónicas: Osiris e Isis representaban las fuerzas positivas del cosmos, la regeneración y la vida, mientras que Set y Neftis representaban el caos y la esterilidad. Según el mito, Osiris fue un rey bondadoso y sabio: abolió la antropofagia, enseñó la agricultura a los hombres, instauró el culto a los dioses, construyó los primeros templos y ciudades, y otorgó a su pueblo leyes justas y el sentido del orden universal, recto, verídico y justo, de acuerdo con los principios de la diosa Maat. Partió a la conquista pacífica de otros territorios por civilizar y dejó la regencia a su esposa y hermana Isis, pero su hermano Set, envidioso de su poder, aspiraba al trono y, al parecer, también reprochaba a Osiris el adulterio que había cometido con su mujer Neftis y del que había nacido Anubis. Con ocasión del banquete que dio Set para festejar el retorno de Osiris de su periplo civilizador, éste fue víctima de una perversa trampa: tras deleitarlo con manjares, le sorprendieron con el regalo de un magnífico sarcófago; el confiado rey fue invitado a comprobar si las dimensiones del objeto eran las correctas, de modo que se introdujo en el interior sin imaginar que la tapa iba a ser cerrada y sellada, estratagema que permitió a Set deshacerse de su hermano lanzándolo al Nilo. Cuando Isis se enteró, se cortó el pelo como era costumbre en las viudas y partió a la búsqueda de su marido.
Isis amamantando a Horus, estatuilla de la Baja Época (Museo Arqueológico, Bolonia, Italia).
En este punto del mito se narra en algunas versiones que el sarcófago flotó milagrosamene sobre las aguas y la corriente del Nilo lo arrastró hasta el Mediterráneo, donde siguió flotando hasta llegar a Biblos, en la costa fenicia. Allí, en una playa, el sarcófago se incrustó en un árbol que empezó a crecer hasta hacerse muy frondoso. Cuando el monarca de Biblos decidió remodelar su palacio y buscar a través de su reino la mejor madera para construir el pilar de su sala del trono, se seleccionó el exuberante árbol en el que yacía Osiris. Entretanto, Isis continuaba buscando desconsolada a su marido y el destino la condujo al palacio real de Biblos, donde se convirtió en nodriza del príncipe. Dándose a conocer como la diosa Isis, pidió el pilar en el que Osiris había quedado atrapado para liberarlo.
Isis regresó a Egipto con el cuerpo de su esposo, que escondió entre las marismas del delta. Set descubrió el escondrijo y, para asegurarse de que esta vez Osiris no pudiera recuperarlo, descuartizó el cuerpo y lo dispersó por todo el territorio egipcio. No obstante, la fiel Isis viajó en compañía de su hermana Neftis recogiendo todos los fragmentos diseminados; mientras tanto, Anubis, enviado por Ra, se reunió con ellas y practicó por primera vez los ritos del embalsamiento después de que Isis, con sus hábiles manos, hubiese reconstruido y vendado el cuerpo de su esposo. La diosa se transformó en ave y, con el mágico viento provocado por el batir de sus alas, devolvió la vida al difunto, se unió a él y engendró a Horus.
Tras resucitar y asegurarse un sucesor, Osiris no regresó a su corte sino que, a instancias de Ra, se convirtió en el monarca del reino de los muertos y en su juez bondadoso, mientras que Isis se refugió en la zona del delta y allí, rodeada de papiros, dio a luz a Horus. Este poderoso dios guerrero decidió vengar a su padre y recuperar la corona que le había sido arrebatada; para conseguirlo se enfrentó a Set en una encarnizada batalla, en la que Horus perdió un ojo, y Set su virilidad. Horus consiguió imponerse sobre las fuerzas maléficas de su tío y restableció su legítima autoridad; así un dios, hijo de dioses, se transformó en el rey de Egipto. Osiris cedió su puesto a su hijo Horus, quien durante tres milenios de cultura egipcia se encarnó en el faraón, el dios hombre viviente.
Entre las familias sagradas destacó especialmente la integrada por Osiris y su esposa Isis, encarnaciones de la inmortalidad, la maternidad y la poderosa emergencia del sol. El relato mítico que los engloba tiene sus raíces en la prehistoria, pero la versión más completa es la de Plutarco en De Iside et de Osiride, que resulta fundamental para aproximarse a las concepciones funerarias y la divinización de la monarquía egipcia.
• Los dioses de Hermópolis
Thot, el dios lunar, hombre con cabeza de ibis y representado otras veces como un babuino, tuvo en Hermópolis su principal centro de culto. Al parecer, sus competencias se extendían a todo aquello que comportaba una operación intelectual: la escritura, la lengua y las leyes. Su principal cometido era vigilar la psicostasia, es decir, el peso del alma del difunto, y anotar, como jefe de los escribas, el veredicto favorable o desfavorable sobre la misma. Era además el dios que calculaba el tiempo, los años y el calendario. Su conocimiento de los jeroglíficos y de las palabras divinas le convirtieron en el patrón de los magos.
• Amón y el primer intento monoteísta
Desde la XI dinastía (Imperio Medio, 2400 a.C.) una deidad hasta entonces insignificante empezó a cobrar fuerza: Amón (el oculto). Era el protector de una saga real nacida en la región tebana y se transformó en el más poderoso de Egipto al tiempo que Tebas se convertía en la capital de un extenso imperio. Amón se impuso desde el gigantesco templo de Karnak y, como los dioses nuevos en Egipto no desplazaban a los anteriores sino que se fusionaban con ellos, el dios tebano adoptó las formas sincréticas de Amón-Ra, Amón-Min, etc.
A medida que aumentaban su esplendor y su riqueza también crecían el poder y la ambición de sus sacerdotes. Este exceso de autoridad sobre los otros cultos, que eran abandonados, y el hecho de que los mismos faraones tuvieran que competir con los sacerdotes de Amón, fueron el detonante del primer intento de monoteísmo de la historia: el faraón Amenhotep (o Amenofis) IV (ca. 1350 a.C.), cambió su nombre por el de Ajenatón (el que agrada a Atón), porque sostenía que el dios solar era la única divinidad real y que no había que adorar a ninguna otra. Hizo construir templos donde el dios Atón era representado como un disco solar cuyos rayos ofrecían el signo de la vida al faraón y a su esposa, la reina Nefertiti y trasladó la capital a Tell al-Amarna, a la que denominó Ajet-Atón (horizonte de Atón); se prohibió el culto de los otros dioses, se cerraron sus templos y se borraron a golpe de martillo los nombres de las otras divinidades, en especial el de Amón. Este intento monoteísta generó a Ajenatón muchos enemigos y los faraones posteriores le dieron el sobrenombre de "Gran Criminal" e intentaron destruir el recuerdo de su reinado.
Su sucesor, Tutankhamón, volvió a Tebas abandonando Tell al-Amarna; se abrieron y restauraron los templos, y Amón-Ra volvió a ser de nuevo el dios principal. Durante muchos siglos, Amón conservó su lugar como dios nacional representándolo como un ser humano coronado con dos plumas y un disco solar y, a veces, con una cabeza de carnero y cuernos en espiral.
• Ra: el Sol, la fuerza de la creación
Los egipcios no podían negar la evidencia de que el Sol, con su energía y su luz, era el motor esencial de la creación y el rey de su magnífica obra: era el padre de toda vida y existencia. Naturalmente, una gran cantidad de mitos solares refleja esta veneración y adoración ante el luminoso Sol y, en especial, el que relataba su aparición diaria.
Escena de la psicostasia, en la que Horus revisa la balanza ante la presencia de Thot. Detalle del papiro de Imenemsauf, 1069-715 a.C. (Museo del Louvre, París, Francia).
Todos los días, al amanecer, Ra se levantaba en las lejanas costas orientales y los animales, al despertar de su letargo nocturno, bailaban de alegría; bajo la forma de Jepri, el escarabajo, que representaba al "sol naciente", subía en la Barca del Día y recorría el cielo hasta que, al atardecer, convertido ya en un anciano, Atum entraba en la Barca de la Noche, en el horizonte de Occidente, y navegaba por un cielo que lucía bajo la tierra y por el reino de los muertos. Éstos se despertaban a una nueva vida cuando el dios solar iluminaba el mundo subterráneo, y Osiris, soberano del Bello Oeste, saludaba a Atum como su alma gemela, porque los dos eran diversos aspectos de una misma alma divina, complemetarios, no antagónicos.
Durante la noche, Osiris y Ra se convertían en uno y se les conocía como Ra que descansa en Osiris. El "sol de la noche" tenía que vencer numerosos obstáculos y responder correctamente a las preguntas que se le hacían, mientras las fuerzas del caos se unían para atacar a Ra. El poderoso Set, quien después de su derrota ante Horus había prometido enmendarse y había sido rehabilitado por Ra, iba a la proa de la nave para rechazar las acometidas de Apofis, la más importante de las serpientes del caos, porque si el dios solar no se libraba de los peligros del mundo de la noche, las aguas del caos cubrirían de nuevo la Tierra y el dominio de los dioses llegaría a su fin. Así, cada día la aparición de la aurora representaba una dura victoria de la luz sobre las tinieblas, del orden sobre el caos.
Existía la creencia de que cuando un faraón moría compartía las peripecias del "sol de la noche" y su viaje a través de los peligros del mundo inferior, que le llevaban a la aurora de la reencarnación y de la vida eterna. El faraón difunto también era identificado con Osiris, que después de morir, había resucitado para gobernar el mundo de los muertos y había sido vengado por su hijo Horus. Todos los faraones mantenían el mismo modelo de muerte y reencarnación, mientras que sus hijos los sustituían en el trono como nuevos Horus. En un principio estas creencias sobre la vida futura sólo se aplicaron a los faraones, pero durante el Imperio Nuevo cada ciudadano egipcio que fallecía era identificado con Osiris.

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