Friday, February 23, 2018

El imperio romano


Roma, imperio y civilización
Roma conquistó las tierras que rodean el mar Mediterráneo y creó un imperio que se extendía desde los desiertos africanos hasta las islas Británicas y los ríos Rin y Danubio y desde la península de Arabia y la cordillera del Cáucaso hasta la península Ibérica. Los pueblos que habitaban estos territorios quedaron integrados en un marco de civilización común, cuya influencia perdura aún en la actualidad.
Los orígenes de Roma y la monarquía
La historia de Roma se inicia con la mítica fundación de la ciudad hacia 753 a.C. y termina con la caída del Imperio en 476 d.C. Se ha dividido, tradicionalmente, en tres grandes períodos en función de la forma política que adoptó el estado: monarquía, república e imperio.
La etapa monárquica abarca desde la fundación de la ciudad hasta el año 509 a.C., en que la monarquía fue sustituida por un régimen republicano que duró hasta el año 30 a.C.; en este último período, Roma unificó la península italiana y extendió su dominio por toda la cuenca mediterránea. Durante el Imperio se produjo la unificación política, económica, social y cultural de los países dominados, así como una centralización del poder político: se inició con la llegada de Cayo Julio César al poder y se extendió hasta la destrucción definitiva del Estado romano por los invasores germánicos.
Cayo Julio César (100-44 a.C.) fue la figura clave de la transición de la república al imperio romano.
La península italiana estaba habitada durante la primera mitad del primer milenio por diversos pueblos: en el sur, algunas polis griegas habían establecido colonias que alcanzaron un gran desarrollo económico y cultural (la Magna Grecia); en el centro se asentaban diversos pueblos, con los que Roma tuvo sus primeros contactos, como los sabinos, los volscos o los ecuos, y al norte del Tíber se desarrolló la civilización etrusca, que alcanzó su máximo esplendor en el s. VII a.C. Durante los ss. V y IV a.C. se produjo la decadencia de las ciudades helenísticas y etruscas, abriéndose un período de luchas entre diversos pueblos (cartagineses, samnitas, galos, etc.) entre los que Roma empezó a destacar como potencia militar.
Los orígenes míticos de Roma se remontan a su fundación por los gemelos Rómulo y Remo en el año 753 a.C. Los historiadores, sin embargo, la fijan entre 814 y 753 a.C., a partir de la federación de los pueblos que habitaban las siete colinas de la orilla izquierda del río Tíber.
La primera forma de organización política de Roma fue la monarquía. La tradición habla de la sucesión de siete reyes: el fundador, Rómulo; tres de origen sabino, Numa Pompilio, Tulio Hostilio y Anco Marcio, y otros tres de origen etrusco, Tarquino el Antiguo, Servio Tulio y Tarquino el Soberbio. La existencia real de los tres últimos es aceptada por los historiadores.
Las principales instituciones romanas, anteriores a la reforma de Servio Tulio, eran la monarquía, la asamblea o comitia curata y el Senado. La monarquía era, en un principio, vitalicia pero no hereditaria. El rey era elegido por un interrex y ratificado por el Senado y la asamblea, de la que recibía el poder supremo (imperium). La asamblea estaba integrada por las curias. Roma estaba dividida en tres tribus, ramnes, titios y lúceres, cada una de las cuales aportaba diez curias de 100 hombres. La reunión de las curias constituía la asamblea, que tenía funciones legislativas, judiciales y civiles.
El Senado, órgano consultivo de la monarquía, estaba formado por unas 300 personas, los patres o jefes de las gens. Este órgano ratificaba los actos de los comicios, asumía el poder a la muerte del rey y elegía el cuerpo de sacerdotes más importante, el de los flamines.
La sociedad romana era de base gentilicia, es decir, formada por gens que integraban a miembros de un mismo grupo familiar, descendientes de un antepasado común, supuesto fundador de la gens. La ampliación del territorio en torno al núcleo original de la ciudad provocó el fortalecimiento de las gens más poderosas.
A finales del s. VII a.C., Roma era ya tan importante como las otras grandes ciudades etruscas. Con Tarquino el Antiguo se inició la denominada monarquía etrusca, resultado del incremento de la influencia de este pueblo sobre Roma. Con la incorporación de diversos pueblos del Lacio, Roma se convirtió en centro político de un extenso territorio.
Fuertemente influido por el arte etrusco y griego, el arte romano conserva, al lado de grandes obras arquitectónicas, una gran profusión de mosaicos, frescos y esculturas. Fresco procedente de la Villa de los Ministerios, en Pompeya (Italia).
El penúltimo rey etrusco, Servio Tulio, dio a la ciudad una organización política de base censataria. Los ciudadanos romanos fueron integrados en tribus rústicas y urbanas, en función de si tenían o no tierras en propiedad. Esta división sirvió como base para elaborar un censo en el que la población quedaba integrada en clases formadas por un número desigual de centurias; éstas eran más numerosas en las primeras clases, las de mayor renta, que en las inferiores. Sobre la base de esta jerarquía social se formó una nueva institución, los comicios centuriados, donde no se votaba individualmente, sino por centurias, con lo que las primeras clases siempre tenían la mayoría. Cada clase aportaba un número determinado de hombres al ejército de hoplitas, constituido por miembros de las clases superiores. A partir de esta reforma, la sociedad romana se articuló en función de la riqueza y no por criterios de nacimiento.
En 509 a.C., la aristocracia romana se rebeló contra la monarquía etrusca, ostentada en ese momento por Tarquino el Soberbio. El patriciado, a través del Senado, impuso la concentración del poder en dos magistrados, los cónsules, iniciándose con ello los fastos consulares (listas de los cónsules, que servían de base para la cronología romana).
La república (509-30 a.C.)
Tras la desaparición de la monarquía se instauró en Roma una república oligárquica que perduró hasta el año 30 a.C. Durante este período, Roma extendió su dominio por toda la cuenca mediterránea, lo que conllevó un conjunto de transformaciones políticas, económicas y sociales que terminarían por poner en crisis el propio sistema republicano.
• Un sistema de gobierno aristocrático
Los romanos pusieron especial atención en evitar la concentración de poderes. Su sistema de gobierno trataba de buscar el equilibrio entre tres instituciones: las magistraturas, el Senado y las asambleas.
Las magistraturas ostentaban el poder ejecutivo. Poco a poco fueron monopolizadas por los patricios, mientras que los plebeyos eran sistemáticamente excluidos de estas instituciones. Las magistraturas que integraban el denominado cursus honorum eran:
·         Los cónsules: Institución colegiada y anual, ocupada sólo por patricios hasta el año 367 a.C.; eran elegidos por los comicios centuriados, convocaban y presidían el Senado y las asambleas, proponían las leyes, gestionaban las finanzas y dirigían el ejército.
·         Los pretores: Encargados de la administración de justicia.
·         Los cuestores: Se ocupaban de administrar la riqueza estatal bajo el control de los cónsules.
·         El dictador: Magistratura de carácter extraordinario que se elegía en momentos de grave peligro.
·         Los censores: Elegidos cada cinco años con la función de clasificar a los ciudadanos en centurias según su fortuna.
·         Los ediles: Se dedicaban a cuestiones administrativas, como por ejemplo el control de los mercados, de la policía, de las vías públicas, etc.
El Senado era el órgano rector de la vida política y de la sociedad romanas. Tenía competencias en materia ejecutiva, legislativa y judicial. Sus miembros tenían carácter vitalicio.
Las asambleas o comicios reunían a todos los ciudadanos para intervenir en los asuntos políticos. Los comicios centuriados elegían a los magistrados superiores y decidían si se declaraba o no la guerra. Desde el año 494 a.C., los plebeyos se reunían en sus propias asambleas (concilios), pero sus decisiones carecían de valor legal.
• El enfrentamiento entre patricios y plebeyos
Al comienzo de la república, el poder político, judicial y religioso estaba en manos de los patricios, un grupo privilegiado y cerrado. Los plebeyos aparecen definidos en las fuentes antiguas como todos aquellos que no eran patricios, y formaban un grupo heterogéneo que incluía a los extranjeros, a hombres de negocios acaudalados y a los estratos inferiores de la sociedad romana.
Patricios y plebeyos protagonizaron uno de los principales conflictos de la etapa republicana. Las reivindicaciones plebeyas eran: la admisión en las magistraturas y sacerdocios, la redistribución de las tierras públicas y el acceso a su propiedad, la abolición de la servidumbre por deudas y el reconocimiento legal de los matrimonios mixtos entre patricios y plebeyos.
Plano de Roma. A medida que la civilización romana fue expandiéndose por el Mediterráneo, la ciudad de Roma fue creciendo y adquiriendo gran monumentalidad.
Tradicionalmente se sitúa el inicio de la revuelta plebeya en los primeros momentos de la república y su conclusión hacia 287 a.C., distinguiéndose dos períodos. En el primero, hasta 396 a.C., el estamento plebeyo se constituyó en un estado dentro de otro estado para forzar a los patricios a reconocer sus derechos. En 494 a.C., la retirada de los plebeyos al Aventino obligó a los patricios a conceder la institución de los tribunos de la plebe. Para frenar el conflicto se constituyó un decenvirato, equipo de diez hombres encargado de elaborar la Ley de las Doce Tablas, que estableció las bases para igualar los derechos de patricios y plebeyos. Se promulgaron una serie de leyes que equipararon los derechos de patricios y plebeyos: las leyes valerio-horacias (449 a.C.) establecían la inviolabilidad de los representantes de la plebe y la legalidad de las decisiones de las asambleas plebeyas; la ley canuleya (445 a.C.) permitía los matrimonios entre patricios y plebeyos; las leyes licino-sextias (367 a.C.) obligaban a que uno de los cónsules fuese plebeyo, etc.
La conquista de la ciudad etrusca de Veyes (396 a.C.) había permitido la incorporación de nuevas tierras, pero la invasión gala de 390 a.C. arruinó a buena parte de la población, que se vio reducida a la esclavitud por las deudas. Ello puso en marcha el segundo período del conflicto patricio-plebeyo, que duró hasta 287 a.C., cuando la fusión del patriarcado y de los plebeyos ricos configuró una nueva aristocracia fundamentada en la riqueza.
• La expansión territorial
Con la instauración de la república, Roma inició un proceso de expansión por la península italiana. A través de alianzas y de guerras afirmó su hegemonía sobre los pueblos que habitaban alrededor de la ciudad (volscos, ecuos, sabinos, etruscos, etc.) y se enfrentó a las invasiones de los galos y a tres duras guerras con los samnitas.
La expansión romana hacia el Mediterráneo occidental chocó con el imperio comercial y marítimo de Cartago, lo cual provocó las llamadas guerras púnicas, que enfrentaron a las dos potencias en tres ocasiones.
Aunque habían firmado diversos tratados de no agresión, según los cuales las dos ciudades se repartían el dominio sobre el Mediterráneo, el año 264 a.C. Cartago puso cerco a la ciudad de Messina, en Sicilia, acudiendo los romanos en su ayuda. La guerra, que duró hasta el año 241 a.C., acabó con la victoria de Roma, a pesar de la alianza de los cartagineses con griegos y etruscos. Roma se anexionó las islas de Sicilia, Córcega y Cerdeña.
En el año 219 a.C., el asedio de Sagunto por Cartago, una ciudad que estaba bajo la protección de Roma, desencadenó la segunda guerra púnica. Tras la toma de Sagunto, el general cartaginés Aníbal se dirigió con un ejército de más de 100.000 hombres a Roma a través de los Pirineos y de los Alpes. Aníbal no llegó a conquistar Roma, pero infligió importantes derrotas a los romanos. Éstos decidieron entonces conquistar Hispania para impedir al ejército cartaginés abastecerse de mercenarios iberos. Cneo y Publio Cornelio Escipión llegaron a la península Ibérica en 218 a.C. y establecieron una primera base militar, desde la que iniciaron su conquista. El Senado decidió enviar a Hispania a Escipión el Africano, hijo de Publio Cornelio Escipión, que conquistó Cartago Nova y expulsó a los cartagineses de la península Ibérica (206 a.C.). La derrota de Aníbal en 202 a.C. puso fin a la guerra.
En el período 149-146 a.C. tuvo lugar la tercera guerra púnica. Un ejército dirigido por Publio Cornelio Escipión Emiliano, el Segundo Africano, destruyó Cartago y esclavizó a sus habitantes. Las guerras púnicas significaron la destrucción del Imperio cartaginés, la incorporación de una parte de la península Ibérica como provincia romana y el dominio absoluto del Mediterráneo occidental.
La conquista del Imperio romano. Desarrolladas a lo largo de diversos siglos, las conquistas militares romanas reunieron bajo una misma administración política todos los pueblos situados a orillas del mar Mediterráneo.
A lo largo de los ss. II y I a.C., los romanos extendieron su dominio por la península Ibérica, la Galia, Britania y el Mediterráneo oriental. Sometieron Macedonia (148 a.C.) y Grecia (146 a.C.) y las convirtieron en provincias romanas. El rey de Pérgamo murió sin descendencia (133 a.C.), dejó en herencia su reino a Roma y ésta constituyó la provincia de Asia. Una situación similar se produjo en la provincia Cirenaica del norte de África. También conquistaron y convirtieron en provincias la Cilicia y el Ponto, en la península de Anatolia. La expansión oriental acabó con la anexión de Siria (62 a.C.) y Egipto (30 a.C.).
• Consecuencias de la expansión territorial
Algunas de las consecuencias de la expansión territorial romana fueron el estado de guerra casi permanente, la formación de grandes propiedades agrícolas, el enriquecimiento de comerciantes y banqueros, el empobrecimiento de los pequeños propietarios, la emigración a las ciudades y el incremento del número de esclavos. La principal beneficiaria de la conquista fue la clase senatorial, integrada por jefes militares o ricos propietarios, que obtuvo la mayoría del ager publicus, territorios que fueron convertidos en latifundios trabajados por esclavos.
En cambio, los pequeños y medianos campesinos se veían obligados a abandonar el cultivo de sus propiedades por su servicio militar. Muchos emigraron a Roma, donde los esclavos ocupaban las tareas de los ciudadanos libres en los trabajos artesanales.
La construcción de caminos o vias que unían las distintas partes del Imperio fue un importante instrumento de cohesión de las provincias romanas. Calzada romana en Ostia (Lacio, Italia).
Las instituciones republicanas se mostraron inviables para controlar las provincias. Ello facilitó la autonomía de estas últimas con respecto al poder central y aumentó la masa de desocupados, formada por los campesinos arruinados por la competencia de los latifundistas y por el uso de mano de obra esclava.
La dureza de las condiciones de vida y de trabajo de los esclavos provocó algunas revueltas a partir del s. II a.C. Entre 73 y 71 a.C., Espartaco lideró una de las más conocidas. La parte sur de la península italiana cayó en manos de los esclavos, que estuvieron a punto de entrar en Roma. Finalmente, la revuelta fue sofocada por Marco Licinio Craso y Cneo Pompeyo Magno.
A pesar de contribuir a la defensa y expansión del Estado romano no todos los pueblos de la península italiana gozaban de derechos de ciudadanía. De 91 a 88 a.C., los pueblos itálicos llevaron a cabo una revuelta para conseguir la igualdad legal, llegando a crear un estado paralelo al que denominaron Italia. A partir de 89 a.C. casi todos los pueblos itálicos gozaron de ciudadanía romana.
Las últimas décadas de la república se caracterizaron por el enfrentamiento entre la oligarquía (optimates) y el pueblo (populares). El ejército fue utilizado por los líderes de ambos bandos, lo que provocó diversas guerras civiles. En un primer momento se enfrentaron Mario (popular) y Lucio Cornelio Sila (optimate). Uno y otro controlaron alternativamente el poder, asaltaron la propia Roma y organizaron persecuciones y matanzas entre sus adversarios. Sila introdujo la práctica de las proscripciones, listas de los enemigos públicos condenados a muerte. Tras la muerte de Sila (79 a.C.), el poder no residía ya en las instituciones republicanas, sino en los jefes militares con prestigio.
El Arco triunfal de Constantino (315 d.C.), construido en Roma en honor del emperador para recordar la victoria en puente Milvio sobre las tropas de Majencio, es el monumento más representativo del arte tardorromano.
A su vuelta a Roma, Pompeyo, que había obtenido importantes victorias militares en diversos territorios, se enfrentó a la oposición de la oligarquía senatorial. Buscó entonces apoyo entre los populares, y con Julio César y Craso formó el primer triunvirato, que se repartió el gobierno del Estado: Craso, Oriente; César, las Galias; y Pompeyo, Hispania e Italia. Tras la muerte de Craso, Pompeyo y César iniciaron una larga y cruenta guerra civil. Venció César y fue nombrado cónsul y dictador vitalicio (44 a.C.).
Con César, el Senado perdió autoridad y pasó a ser una asamblea consultiva. También reformó el calendario, emprendió grandes obras públicas y fundó colonias en Cartago y Corinto. Concedió la ciudadanía a los habitantes de la Galia Cisalpina y a los de Gades y Tarraco. Su gobierno fue una dictadura que favorecía los intereses de las clases populares, lo cual provocó el odio de la aristocracia. Murió asesinado por Marco Junio Bruto y Cayo Casio Longino en el Senado, durante la celebración de los idus de marzo (44 a.C.).
Tras el asesinato de César, los optimates fueron derrotados en la siguiente guerra civil. La política de Roma quedó vinculada a tres personas relacionadas con César: Marco Antonio, Marco Emilio Lépido y su sobrino Cneo Octavio, que formaron el segundo triunvirato y se repartieron el Imperio: Marco Antonio, las Galias y Oriente; Octavio, Italia e Hispania, y Lépido, África. La rivalidad entre Marco Antonio y Octavio provocó una nueva guerra civil. En la batalla de Actium (31 a.C.), Marco Antonio fue derrotado y Octavio se convirtió en el máximo representante del Imperio.
Un Imperio en torno al Mediterráneo
Con Octavio concluyó la expansión territorial y se inició un período de paz que duró tres siglos. La pax romana comportó un alto grado de seguridad y estabilidad, lo cual facilitó la romanización. Todo el territorio del Imperio se unificó política, económica, social y culturalmente.
• El gobierno del Imperio
Las guerras civiles habían puesto en evidencia la ineficacia de la organización política republicana. Octavio aprovechó esta situación para implantar un sistema de gobierno adaptado a las necesidades del gran imperio edificado por Roma. Conservó las instituciones republicanas pero fue concentrando en su persona los poderes que tenían estas instituciones: se hizo llamar príncipe, es decir, el primero de entre los ciudadanos; asumió el poder militar con el título de emperador y el poder civil como jefe supremo de los magistrados; tenía derecho de veto sobre las instituciones romanas; convocaba y presidía el Senado y los comicios, y asumió el poder religioso al ser investido pontífice máximo. Por primera vez en el mundo clásico se unificó el poder militar, el civil y el religioso. Octavio recibió el título de augusto y se institucionalizó el culto al emperador.
División provincial del Imperio romano en época de Octavio Augusto (21 a.C.-14 d.C.). Augusto conquistó nuevos territorios, reorganizó la estructura de Gobierno y centralizó el poder político.
Aunque el cargo de emperador no era hereditario, en la práctica se fue transmitiendo dentro de diferentes familias (dinastías Julio-Claudia, de los Flavios, de los Antoninos, de los Severos). Para gobernar el Imperio, el emperador contaba con el consejo del príncipe, al frente del cual estaba el prefecto del pretorio, que actuaba como representante del emperador y dirigía un cuerpo de funcionarios encargados de la administración cotidiana. El territorio del Imperio estaba dividido en provincias, administradas por enviados del emperador. Un pretor se hacía cargo del gobierno general, de la administración de justicia y del mando del ejército; un legado se encargaba de la administración pública y un procurador asumía la recaudación de impuestos.
• Una economía en expansión y una sociedad muy desigual
Las actividades económicas más importantes eran la agricultura, la minería y el comercio. Las tierras y las minas de los territorios conquistados pasaban a formar parte del ager publicus y, normalmente, eran arrendadas a particulares. La producción agrícola se incrementó y se orientó hacia la comercialización. Los productos más cultivados fueron los cereales, la vid y el olivo, especialmente en la parte occidental del Mediterráneo.
La necesidad de obtener metales para acuñar monedas, fabricar armas, etc., fue uno de los factores que impulsaron la expansión terrritorial romana, e hizo de la minería una de las actividades económicas más importantes. Se establecieron relaciones comerciales entre todas las provincias del Imperio gracias a la construcción de una admirable red viaria. La vía Augusta fue el eje de comunicación más importante de Roma con la parte occidental del Imperio.
Durante el Imperio se acentuaron las diferencias sociales. Existía un sector minoritario que agrupaba a los grandes terratenientes, a los grandes comerciantes y a los altos cargos políticos y militares. En este grupo se integraban también las familias ricas de los territorios conquistados, que, al aceptar su integración en el mundo romano, consiguieron que el estado respetase sus propiedades y su poder local.
La ciudad de Tréveris (actual Trier, en Renania-Palatinado, Alemania), con su emblemática Porta Nigra (s. III), constituyó un importante nudo de comunicaciones en la parte occidental del Imperio romano.
Por el contrario, la mayoría de los ciudadanos libres (pequeños propietarios agrícolas, artesanos, pequeños comerciantes, jornaleros, etc.) vivía en una situación de precariedad económica. En el año 212, el emperador Caracalla extendió el derecho de ciudadanía romana a todos los habitantes libres de las provincias. Era la culminación de un proceso iniciado en el s. I que tenía como objetivo asimilar a la población libre y extender los límites del Imperio.
• Un mundo de ciudades
Una de las grandes aportaciones de la civilización romana fue el desarrollo de la vida urbana. El mayor número de fundaciones de ciudades nuevas se produjo en la parte occidental del Imperio. El Imperio se articuló sobre una red de ciudades, que constituían la base de la administración y del Gobierno. Las ciudades inmunes gozaban de gran autonomía, no pagaban tributos y tenían magistrados según su derecho anterior; las ciudades estipendiarias estaban regidas por los gobernadores provinciales y sometidas a fuertes cargas fiscales. Las ciudades federadas a Roma, a través de un acuerdo que respetaba sus instituciones, quedaban fuera de la jurisdicción del gobernador y, a menudo, no pagaban tributos.
El Imperio romano se articulaba a partir de los núcleos urbanos, que eran el centro de la administración y del Gobierno. Mausoleo romano de los Julios (ca. 5 d.C.) y Arco municipal en Glanum (Saint Rémy-en-Provence, Francia).
La administración municipal tenía una gran importancia, ya que no sólo afectaba al núcleo urbano, sino también al territorio que lo rodeaba, con el que formaba una unidad económica y política. La base del gobierno de la ciudad era una asamblea (curia) formada por un centenar de personas (decuriones). Éstos eran elegidos entre los hombres libres mayores de 30 años. Su cargo era vitalicio.
Crisis y caída del Imperio
La prosperidad económica romana se había basado, en gran parte, en los recursos que se obtenían a través de la conquista. En general, se consumía más de lo que se producía, pero la diferencia se compensaba con el botín conseguido en la expansión territorial. A partir del s. II, las fronteras se estabilizaron y las guerras eran ya defensivas y no de conquista, por lo que dejaron de proporcionar nuevos esclavos. El sistema productivo se resintió, ya que utilizaba fundamentalmente mano de obra esclava, el estado no pudo mantener el gasto público, basado en los recursos de la conquista.
El ejército no se adaptó a la nueva situación y comenzó a intervenir en la vida política, entronizando y deponiendo emperadores, lo cual generó una inestabilidad política crónica. Entre el año 235 y el 285, el Imperio vivió en una situación casi permanente de guerra civil. A la debilidad del Imperio se sumó la irrupción de diversos pueblos germánicos situados en la frontera del Rin-Danubio que saquearon y destruyeron todo lo que encontraron a su paso.
El modo de producción esclavista entró en crisis con el final de las guerras de conquista. Los latifundios esclavistas dejaron de ser rentables, ya que no disponían de mano de obra suficiente y no podían vender la producción a causa de la decadencia del comercio y del bajo poder adquisitivo de la población. Muchos terratenientes optaron por conceder la libertad a sus esclavos y mantenerlos en sus tierras en calidad de colonos. Durante este proceso, las propiedades agrícolas se fortificaron y se hicieron económicamente autosuficientes.
Para frenar el descenso de los ingresos del estado, éste se vio obligado a incrementar la presión fiscal sobre las clases populares urbanas y a los pequeños propietarios, que, de forma progresiva, huyeron de las ciudades hacia los latifundios, donde podían acogerse bajo la protección de los terratenientes.
La división del Imperio romano. Debilitado por el esfuerzo desarrollado para mantener la unidad de un territorio tan extenso, la división del Imperio a la muerte de Teodosio (395) entre sus dos hijos Arcadio (Oriente) y Honorio (Occidente) marcó la decadencia del poder de Roma.
Otro elemento desestabilizador de la vida del Imperio fue la difusión, a partir del s. I, de una nueva religión: el cristianismo. Si bien en un principio los romanos se mostraron tolerantes con esta religión, en los ss. II y III el Estado emprendió su persecución. El cristianismo consolidó la organización de la Iglesia y aumentó su influencia social. El emperador Constantino el Grande, a través del edicto de Milán (313), promulgó la libertad religiosa en todo el Imperio y Teodosio I declaró (380) al cristianismo religión oficial y única del Imperio.
El emperador Cayo Aurelio Valerio Diocleciano (284-305) llevó a cabo una serie de reformas encaminadas a solucionar la crisis del Imperio: gobernó de forma absoluta, separó la administración militar de la civil e incrementó los efectivos del ejército, especialmente en las zonas de frontera; también aumentó el número de provincias y creó una poderosa burocracia para controlarlas; instauró el sistema de la tetrarquía o gobierno de cuatro, dos augustos (uno con poder sobre Oriente y otro sobre Occidente) y dos césares, elegidos ambos por los augustos, que actuaban como sus lugartenientes.
Las reformas de Diocleciano no consiguieron poner fin a los problemas del Imperio. El emperador Teodosio I, a finales del s. IV, dividió definitivamente el Imperio entre sus hijos: Arcadio fue emperador de Oriente, con capital en Constantinopla, y Flavio Honorio, de Occidente, con capital en Roma. En el s. V, los pueblos germánicos se extendieron por el Imperio de Occidente. El año 476, el germano Odoacro depuso al último emperador. El Imperio romano de Oriente, que más tarde se denominó Bizancio, perduró hasta el s. XV, en que cayó en poder de los turcos.
Religión y mitología
La religión romana se vio muy influida por la griega, sobre todo por lo que respecta a la asimilación entre los grandes dioses romanos y griegos. Sin embargo, la práctica religiosa popular dio mayor importancia a los dioses menores y, sobre todo, al culto doméstico.
• La religión romana
Los romanos adoptaron en lo esencial la mitología griega, que les resultaba familiar por el común origen indoeuropeo de ambos pueblos, y la enriquecieron con algunas aportaciones de carácter más legendario que estrictamente mítico. Las tradiciones autóctonas itálicas se perdieron como tales o, donde sobrevivieron, se utilizaron para explicar algunas costumbres antiguas, rituales, topónimos o nombres propios.
La religión romana tradicional tenía un claro sustrato animista. Los romanos eran un pueblo agricultor y eminentemente práctico y sólo cuando entraron en contacto con los etruscos y con los griegos del sur de Italia asimilaron parte de sus panteones. Esto explica la ausencia de una genealogía de dioses propia, ya que, tradicionalmente, habían invocado el favor de las potencias de la naturaleza.
• Los primitivos dioses itálicos
Los dioses indigetes (del latín indiges, "originario del país") representaban la creencia en los principios sobrenaturales, próximos a un pensamiento mágico de tipo animista. Regían los acontecimientos de la naturaleza, de la vida de las personas o la existencia de los objetos.
Así, estas divinidades constituían una multitud innumerable y sólo se salvaron del olvido las que se asimilaron a los dioses helenos. La mayoría correspondían a los dioses más importantes: Júpiter, Neptuno, Mercurio, Vesta, Juno, Ceres, Apolo, Diana, Venus, Minerva, Marte y Vulcano.
Las grandes divinidades
Las grandes divinidades tenían ámbitos bien delimitados. Estaban encabezadas por Júpiter, el padre luminoso, personificación de la luz y de los fenómenos celestes (especialmente, el rayo y las tormentas). Las más importantes eran las siguientes:
·         Marte: Encargado de la guerra y de la lucha en general en todos sus aspectos, incluso catástrofes naturales; asimismo era el dios de la primavera (le estaba consagrado el mes de marzo). Junto a Júpiter y Quirino formaba la primera tríada divina.
·         Venus: Diosa del amor y de la belleza, encargada de la fecundidad y de todo lo relacionado con la sexualidad.
·         Ceres: Divinidad que velaba por la fertilidad de la tierra y el crecimiento de las plantas, identificada con la Deméter griega.
·         Neptuno: Era el dios del mar; su culto fue menos popular que entre los griegos, aunque bajo la forma de Equester, protector de caballos y de jinetes, tuvo una especial importancia.
·         Jano: El dios de las dos caras; su ámbito abarcaba todo lo que se abre y se cierra, lo que comienza y acaba.
Los dioses menores
Los dioses menores constituían un auténtico hervidero de pequeñas fuerzas protectoras que dirigían las más mínimas operaciones de la vida cotidiana de los romanos. Así, la concepción de un nuevo ser era regida por Consevius, la diosa Lucina dirigía el nacimiento, Cunina protegía al niño en su cuna, Cuba velaba su sueño, Potina le ayudaba a beber, Stativa vigilaba sus primeros pasos, Levana lo levantaba del suelo, Abeona le enseñaba a salir de casa, Adeona a entrar, y así hasta la diosa de la lamentación fúnebre, Nenia.
En el campo, se veneraba a una diosa Rusina, que velaba por la zona rural; a un dios, Juganitus, que tutelaba las cimas de los montes, y a una diosa, Valona, que protegía los valles. Las semillas de trigo plantadas estaban bajo la protección de la diosa Seia; los tallos y las espigas, bajo la de Segetia; los granos recolectados, bajo la de Tutelina, etc.
Los cultos domésticos
Además de este cúmulo de divinidades, dado el gran peso de la institución familiar en Roma, cada familia tenía sus dioses propios. El paterfamilias era el sumo sacerdote de ese culto particular y doméstico. Estas divinidades no sufrieron la asimilación a las griegas, sino que se mantuvieron arraigadas durante mucho tiempo. Se trataba de los penates, de los genios, de los Lares, de los manes y de los lémures. Se les representaba en pequeñas estatuillas de madera o arcilla.
En 313, el emperador Constantino el Grande promulgó la libertad de cultos a través del edicto de Milán. Busto colosal del emperador Constantino, procedente del Foro de la ciudad de Roma.
Los penates cuidaban de la despensa y se encargaban de que estuviese llena. Su culto se asimilaba a la llegada de Eneas a la región del Lacio y rara vez tenían imágenes. Los lares eran los espíritus de los antepasados convertidos en divinidades protectoras del fuego del hogar, símbolo de la unión de la familia. A la entrada de cada casa estaba el lararium, especie de capilla con las imágenes de estas divinidades, donde se guardaban las mascarillas de cera de los antepasados. Allí ardía constantemente el fuego sagrado del hogar. En el mismo momento en que una persona nacía, lo hacía también el genio, divinidad protectora, especie de ángel de la guarda que lo cuidaba durante toda su vida; solía representarse como una serpiente.
Roma, identificada con una gran familia, poseía sus propios penates, sus lares públicos y el genio que protegía al emperador. Además, tenía sus propios héroes, que glorificaban el pasado de la ciudad, aunque algunos eran también asimilaciones de los héroes griegos.
La genealogía divina
Cuando la influencia cultural de la Magna Grecia empezó a ser preponderante (s. III a.C.), las divinidades romanas fueron casi totalmente asimiladas a los dioses griegos que más se les asemejaban. Nació así una mitología romana hasta entonces inexistente.
En cuanto a su genealogía, los dioses romanos mantuvieron las relaciones de parentesco que ya tenían sus homólogos griegos. Así, de Tellus (Gea) y Caelus (Urano) nacieron, entre otros, el titán Saturno (el Cronos griego) y la titánida Cibeles (diosa procedente de la mitología itálica), padres a su vez de la primera generación de los dioses olímpicos: Júpiter (Zeus), Neptuno (Poseidón), Plutón (Hades), Vesta (Hestia), Ceres (Deméter) y Juno (Hera).
La segunda generación de dioses olímpicos estuvo formada por los hijos de los anteriores, especialmente los de Júpiter: Minerva (Atenea), Marte (Ares), Vulcano (Hefesto), Apolo, Diana (Artemisa), Mercurio (Hermes) y Baco (Dioniso). La diosa Venus (Afrodita) habría nacido de los genitales de Caelus cuando fue castrado por Saturno.
Vesta, un ejemplo de culto
Vesta, la antigua diosa del hogar, tuvo en Roma mucha más importancia que su equivalente griega, la diosa Hestia. Además de ser venerada en cada casa romana, el fuego simbólico del hogar del Estado se mantenía encendido en su templo, un pequeño recinto circular del foro, que representaba la originaria casa circular y el hogar del rey de Roma en tiempos remotos. Su vigilancia estaba encomendada, de día y de noche, a las cuatro vestales (más tarde seis), elegidas entre muchachas de 6 a 10 años. Su período de servicio era de treinta años; habitaban en una casa cercana al foro (Atrium Vestae, el patio de Vesta) y estaban bajo el control del pontifex maximus. Podían ser azotadas por faltas graves, como la de dejar que se consumiese el fuego, y su pureza era muy importante: la vestal culpable de un delito contra la castidad era enterrada viva.
• Los orígenes míticos de Roma
Los principales episodios de la historia oficial de Roma eran mitos antiguos, de origen indoeuropeo, reconvertidos en hechos históricos; los personajes que intervienen en ellos son también dioses humanizados.
La lucha entre los Horacios y los Curiacios
El episodio de los Horacios y los Curiacios, tres hermanos romanos y tres hermanos de Alba Longa, en cuyo combate individual se decidió la primacía entre las ciudades de Roma y de Alba Longa, es de hecho una versión itálica de un mito indoeuropeo. Así, por ejemplo, los hindúes tienen un mito semejante, el del dios Trita Aptya, vencedor del llamado demonio triple. En ese hecho legendario, dos de los Horacios murieron, pero el que sobrevivió derrotó a los tres Curiacios, tras una estratagema que le permitió luchar individualmente contra cada uno de ellos.
Eneas
El interés romano por compartir de alguna manera el prestigio de la civilización griega los llevó a conectar su historia con la de Grecia. Para ello, inventaron un antepasado troyano de los primeros romanos: Eneas, hijo de Afrodita y de un príncipe troyano, Anquises. Tras la caída de Troya y después de pasar por Cartago llegó a las costas del Lacio y fundó una nueva ciudad, Lavinium (por el nombre de su esposa latina, Lavinia). Para conciliar este origen troyano con la tradición de que Roma era una colonia de Alba Longa, y llenar así el vacío entre la fecha supuesta de la caída de Troya (1184 a.C.) y la fundación de Roma en el s. VIII a.C. por Rómulo y Remo, a ambos se les hizo descendientes del hijo de Eneas, Julio o Ascanio, fundador de Alba Longa, a través de una serie de reyes albanos que cubrían ese largo período.
Rómulo y Remo. La fundación de Roma
No obstante, Rea, por intervención del dios Marte, se convirtió en madre de dos gemelos, Rómulo y Remo. Amulio la condenó a muerte y ordenó que los gemelos fueran arrojados al Tíber. Pero los esclavos encargados de cumplir el castigo se apiadaron de ellos y los dejaron en una canasta a orillas del río. Entonces, una loba se acercó al río a beber, oyó los llantos de los niños y los amamantó hasta que el pastor Fáustulo se hizo cargo de ellos. Cuando se enteraron de la verdadera historia de su nacimiento, Rómulo y Remo mataron a Amulio y restauraron en el trono a su abuelo Numitor. Abandonaron Alba Longa y decidieron fundar una ciudad en el sitio donde fueron encontrados. Rómulo trazó, con un arado, el contorno de la ciudad (pomerium) sobre la colina del Palatino y juró que mataría a quien franquease las imaginarias murallas de Roma. Su hermano Remo pensó que la amenaza de Rómulo no sería efectiva y cruzó la línea. Rómulo mató a su hermano y se convirtió en el rey de la nueva ciudad.
La Villa Adriana de Tívoli (Lacio, Italia), construida por orden del emperador Adriano, es el ejemplo extremo de la sofisticación y lujo que podían llegar a tener las residencias de los patricios romanos.
Los romanos situaron cronológicamente el mito-leyenda de la fundación de Roma por Rómulo en el año 753 a.C. En este año comenzaba la historia: ab Urbe condita, "desde la fundación de la Ciudad".
El rapto de las sabinas
A fin de obtener esposas para su pueblo, Rómulo invitó a sus vecinos sabinos a visitar la ciudad y presenciar unos juegos que iba a celebrar en honor del dios Neptuno. Mientras esto sucedía, los romanos se apoderaron de las jóvenes sabinas (el rapto de las sabinas, origen de múltiples recreaciones artísticas) y se casaron con ellas. Este suceso desencadenó el enfrentamiento armado entre sabinos y romanos, hasta que las sabinas, unidas ya a sus maridos romanos, se lanzaron en medio de la refriega para separar a los combatientes. Romanos y sabinos se fundieron entonces en un solo pueblo. Después de un largo reinado, Rómulo desapareció misteriosamente durante una tempestad y se convirtió en un dios, Quirino, integrante de la primera tríada romana, junto a Júpiter y Marte.
El arte romano
El arte romano tuvo su centro geográfico en la ciudad de Roma, cuna y capital del Imperio, desde donde se difundió por la península italiana para finalmente ocupar todo el Mediterráneo y los territorios no mediterráneos del Imperio. Muy influido por el arte etrusco y por el arte griego, desarrolló obras de gran originalidad, sobre todo por lo que respecta a la construcción de edificios públicos.
• Marco geográfico y ámbito histórico-artístico
Durante el primer período imperial romano, denominado época de los Césares o época alto imperial (27 a.C.-284), acudieron a Roma artistas de las antiguas metrópolis helenísticas. Por ello, en las primeras obras de este período resulta difícil discernir qué es todavía griego y qué es auténticamente romano. Posteriormente, con las grandes familias de emperadores, el arte romano manifestó sus formas propias de grandes bóvedas y conjuntos monumentales en los nuevos tipos de foros, pórticos, basílicas y termas. Hasta la llegada de Constantino el Grande, el arte romano experimentó interesantes innovaciones que aplicó especialmente en Roma y en las provincias; la fundación de Constantinopla (324) en el lugar ocupado por la colonia griega de Bizancio fue su punto álgido.
• El arte etrusco, antecedente del arte romano
En la actual región de la Toscana, hacia el s. VII a.C., surgió la cultura de los tusci o etrusci. Según Heródoto, procedían del Asia Menor, se mezclaron con la población autóctona existente y dieron vida a Etruria, región que alcanzó su máximo esplendor entre los ss. VII y V a.C. Finalmente, fueron dominados por los romanos en el s. III a.C. El arte etrusco vivió una etapa de esplendor del s. VII al V a.C., que corresponde al período arcaico, paralelo al de la cultura griega.
En la vivienda etrusca, edificio básico de su arquitectura, se distinguen dos modelos: el palacio y la casa itálica. El primero, organizado alrededor de un patio con peristilo, poseía numerosas habitaciones, además de granero y altares o templetes para el culto a los difuntos. La segunda, que influyó directamente sobre la casa romana, se reprodujo en las construcciones funerarias (túmulos situados fuera de las ciudades o tumbas rectangulares dispuestas a lo largo de una calle).
A mediados del s. VI a.C., el influjo jónico fue intenso. Muestra de ello son los relieves de los guerreros Aule Tite, de Volterra, y Larth Ninie, de Fiesole (entre 560 y 520 a.C.), así como los dos sarcófagos de los Esposos (530-510), en Caere, exponentes de la influencia de la escultura arcaica griega. Por su parte, en Tarquinia se desarrollaron brillantes escuelas pictóricas, cuyos temas predilectos eran los banquetes y los juegos realizados durante las exequias del difunto. Ejemplo de ello es la tumba de los Toros (540 a.C.).
A partir de las primeras décadas del s. V a.C., el arte etrusco vivió un proceso de aislamiento respecto a las influencias orientales; se inició entonces el arte etrusco-itálico, que tuvo una gran influencia sobre el romano. De este período destacan los restos hallados en la tumba François, en Vulci, encargada por el aristócrata Vel Saties.
• La arquitectura romana
Dentro del arte romano, la arquitectura es la disciplina que presenta mayor originalidad, debido a que el resto de las artes fueron excesivamente dependientes de Grecia. Entre las innovaciones arquitectónicas romanas destacan la bóveda de cañón, el uso de materiales como el ladrillo (adobe y ladrillo cocido) y el hormigón (mortero de cal y arena), la incorporación del eje de simetría vertical gracias a la aplicación de cúpulas semiesféricas, la gran variedad tipológica de los muros y la introducción en el mundo occidental del concepto de eje axial o de simetría bilateral, importado de las ciudades helenísticas de Egipto y Mesopotamia.
El urbanismo
Uno de los recursos fundamentales para la romanización fue la implantación de ciudades y la creación de una extensa vía de comunicaciones. Los límites de las ciudades eran marcados por un augur. La planta era cuadrangular o rectangular, con dos calles principales: el cardo, de norte a sur, y el decumanus, de este a oeste, que se cruzaban en ángulo recto y desembocaban en las puertas principales de la ciudad. Las calles secundarias eran paralelas a la via cardo y a la via decumanus, ofreciendo el aspecto de un ajedrezado de islotes. Esta cuadrícula (planta reticular o hipodámica) era también la que se empleaba en los campamentos militares que originaron ciudades como León, en España, o las de Gran Bretaña cuya denominación termina en chester o cester (corrupción del latín castra). El saneamiento de las ciudades se resolvió mediante la construcción de una red de cloacas.
El foro, centro de la ciudad
En la intersección de las dos vías principales confluía el centro neurálgico de la ciudad o foro, un espacio abierto, a menudo porticado y generalmente de planta rectangular, con tiendas a su alrededor. En él se hallaba el templo o capitolio, dedicado a Júpiter, Juno y Minerva, protectores de la ciudad; la curia y la basílica, de función jurídica, y el mercado, las termas o los archivos públicos. El ejemplo mejor conocido de foro de una ciudad pequeña es el de Pompeya, aunque el más amplio y espléndido de los foros imperiales fue el de Trajano, ubicado al pie del Capitolio, del que quedan escasos restos (la basílica Ulpia y la columna de Trajano).
El acueducto romano situado en las afueras de Tarragona (España) es uno de los numerosos vestigios romanos que se conservan de la capital de la provincia Tarraconense, entre los cuales también destacan el anfiteatro y las murallas.
El abastecimiento de agua potable fue una de las grandes preocupaciones de los gobernantes del Imperio, quienes ordenaron a sus ingenieros la construcción de embalses y conducciones (acueductos) a fin de asegurar el suministro de las termas, fuentes públicas y viviendas privadas de los centros urbanos.
La arquitectura religiosa
Roma se encontró aprisionada entre dos influencias artísticas: la etrusca, al norte, y la griega, al sur (a través de la escuela helenística de Nápoles). De esta última tomó la estructura arquitectónica de los edificios públicos y templos. Los templos eran de dos tipos básicos: los de planta rectangular y los de planta circular.
Los primeros aparecen levantados sobre un podium, con una cella rodeada por columnas exentas (períptero) o bien con columnas empotradas en los muros de la propia cella (pseudoperíptero). En ambos casos presentan, generalmente, seis columnas en las fachadas y once en los laterales, tal y como puede apreciarse en el templo de Apolo, en Roma, perteneciente a la época de Augusto.
El segundo tipo presenta una cella de planta circular rodeada de períptero con columnas, aunque también los hay con pórtico de acceso. Inspirados en los tholos (construcciones circulares) griegos, el edificio religioso más importante de planta circular es el Panteón de Agripa, consagrado el año 27 a.C. El actual edificio fue reedificado en época del emperador Adriano, entre los años 118 y 127. Tiene una planta circular de 43,50 m, cubierta por una cúpula semiesférica en cuya parte superior se abre un óvalo por donde penetra la luz.
El Panteón es el primer edificio en el que apareció el concepto moderno de la arquitectura como arte creador de espacios interiores, a diferencia de la griega, pensada para ser vista desde el exterior.
La arquitectura civil
El más significativo de los edificios administrativos fue la basílica, donde se impartía justicia y se trataban asuntos comerciales. Era un edificio de planta rectangular dividido en tres naves, la central más amplia que las dos restantes. En la basílica de Constantino, levantada en el foro romano, destaca la cobertura de la nave central con bóveda de arista, dividida en tres tramos, mientras que para las laterales se utilizó la bóveda de cañón.
El otro gran edificio público de la vida romana fueron las termas. Entre las termas de mayores dimensiones despuntan las de Agripa, Diocleciano y Caracalla, en Roma. Se han conservado, asimismo, numerosas termas de dimensiones reducidas en poblaciones pequeñas o villas privadas.
Los recintos para el ocio
La construcción de edificios destinados a espectáculos multitudinarios, que se erigían, en razón de sus enormes dimensiones, en espacios ubicados fuera de los recintos amurallados, adquirió una importancia extraordinaria. El teatro siguió el esquema de los existentes en Grecia, pero prescindiendo de las laderas de las montañas para su construcción gracias a una serie de galerías abovedadas que sostenían los graderíos (cavea). La orquesta u orchestra era semicircular, rodeada de tres gradas donde se sentaban las principales autoridades. Dicho espacio se cerraba mediante la scena. Ejemplo representativo es el teatro de Marcelo, en Roma.
El anfiteatro es una obra original romana; en ellos se realizaban luchas de gladiadores, peleas entre animales y, excepcionalmente, combates navales (naumachia). Presenta una planta elíptica, tanto en las gradas como en el interior (arena), separada del público mediante un podium a fin de proteger a los espectadores del ataque de los animales o de la propia lucha entre los gladiadores. Entre los anfiteatros mejor conservados destaca el de Pompeya.
Gigantesco anfiteatro que podía albergar a más de 40.000 espectadores, el Coliseo de Roma también significó el desarrollo de nuevas técnicas constructivas en diversos elementos, entre los cuales se hallan las bóvedas y los muros.
El anfiteatro más conocido es, sin duda alguna, el Coliseo o anfiteatro Flavio de Roma, construido por Tito Flavio Vespasiano y Tito pero finalizado en el año 82 d.C. por Tito Flavio Domiciano. Formado por cuatro pisos, en su interior cabían 40.000 espectadores sentados y 5.000 de pie, más que en sus enormes proporciones, su importancia arquitectónica radica en la introducción de nuevas fórmulas constructivas, típicamente romanas, como, por ejemplo, el empleo de materiales ligeros en las bóvedas y de muros formados por series de arquerías, innovaciones técnicas en las que la función crea la belleza. Exteriormente presenta una elegante superposición de los tres órdenes arquitectónicos (dórico en el piso inferior, jónico en el segundo y corintio en los dos más altos), lo cual resta monotonía al conjunto; a la vez, las arcadas de los tres inferiores disminuyen la impresión de pesadez de tan enorme estructura.
El edificio de mayores dimensiones fue el circo, destinado básicamente a la carrera de caballos, siendo su aspecto muy parecido a los actuales hipódromos. De planta rectangular, con los extremos redondeados, un eje longitudinal o spina dividía la arena. Su origen es también griego; en la actualidad, subsisten aún restos de los circos de Magencio, en Roma, y de Tarragona.
Los arcos triunfales
Entre los monumentos de carácter conmemorativo destacan los arcos triunfales. Fueron pensados a modo de puerta monumental con uno, tres o, excepcionalmente, cinco vanos, y servían para recibir al ejército vencedor o bien para rememorar éxitos militares. Por lo general, un texto epigráfico alude a los hechos solemnizados. De entre los de un solo vano, el más antiguo de los conservados en Roma es el de Tito (81 d.C.), erigido para recordar uno de los hechos más relevantes de la historia del mundo: la toma y destrucción de Jerusalén el 70 d.C. Entre los arcos triunfales de tres vanos destacan el de Septimio Severo (203 d.C.), que recuerda la victoria sobre los árabes y los partos, y el de Constantino (315 d.C.), ambos en Roma.
El lujo de las viviendas privadas
La vivienda romana por excelencia, heredera de la griega y de la etrusca, fue la domus, cuyo eje era un pasillo que comunicaba el atrium o patio central con la calle. El atrium disponía de una abertura única en el techo (compluvium) por la que entraban la luz y el agua de lluvia, recogida en una cisterna de poca profundidad (impluvium). La villa, domus de mayores dimensiones, tenía un segundo patio con peristilo y una sala de recepción (ecus), además de un huerto. Los restos arqueológicos de Pompeya y Herculano han permitido un estudio detallado de las viviendas y de la vida cotidiana romanas. Suelos incrustados de mosaicos, muros embellecidos por hermosos frescos y esculturas decoraban profusamente las habitaciones y las hacían confortables y lujosas, a tono con las riquezas de los nuevos señores del mundo. Como testimonio de su afición nostálgica por Grecia, el emperador Adriano mandó construir en Tívoli una famosa villa en la que se advierte su predilección por lo exótico. Decorada con magníficas estatuas, disponía, además de las habitaciones, de dos bibliotecas, dos termas, tres teatros y un estadio unidos por pórticos, terrazas y galerías subterráneos.
• La diversidad de la escultura
Al igual que en el resto de las manifestaciones artísticas, los romanos partieron, en escultura, de las bases establecidas por la tradición plástica griega. A pesar de ello, muy pronto supieron canalizar sus propios recursos y modelos.
Un género capital: el retrato
A lo largo de su historia, en el retrato romano siempre hubo una dicotomía entre los de corte realista, característicos de aquellas personas no pertenecientes a clases sociales elevadas, y los de pensadores, políticos o gobernadores, exponentes de imágenes idealizadas sobre la base de principios como la seriedad, la nobleza o la actitud de poder.
Heredera de la tradición griega, la escultura de la época imperial romana se caracterizó por la idealización de los personajes representados. Busto de mujer, fechado hacia 90 a.C.
De época republicana destacan los retratos de bronce de Lucio Junio Bruto, del s. III a.C. Durante la época de Augusto, y a lo largo del s. I d.C. hay una cierta idealización; ejemplo de ello es el Augusto de Prima Porta (s. I d.C.), una estatua de mármol de dos metros de altura que representa a un Augusto solemne y sereno. Durante el bajo Imperio, el retrato tendía a buscar la grandiosidad y un cierto hieratismo como, por ejemplo, en los Tetrarcas, procedentes de Constantinopla, actualmente en la fachada lateral de la basílica de San Marcos, en Venecia.
El papel narrativo del relieve
Los relieves conmemorativos se transformaron en testigos de los sucesos más relevantes del Imperio romano. Así, el Ara Pacis Augustae, que Augusto mandó erigir en Roma a su regreso de Hispania y de la Galia en el año 13 a.C., exalta los triunfos del emperador. Por su significado en la historia del arte ha sido comparado con el friso de las Panateneas del Partenón de Atenas.
Las columnas conllevan un claro discurso propagandístico. El ejemplo más singular es la columna de Trajano (113 d.C.), de Apolodoro de Damasco, cuyo fuste es recorrido por un registro helicoidal de relieves que describen paso a paso las campañas de Trajano en la región del Danubio, en un desarrollo de 200 m, con todo tipo de detalles. Muy parecidos, a pesar de su menor vigor artístico, son los relieves de la columna de Marco Aurelio (180-193), que evocan las guerras marcomanas (169-172) y sármatas (173-176).
La decoración de los sarcófagos
A partir del s. II d.C. adquirieron gran importancia los sarcófagos, al popularizarse la inhumación. En los primeros, su iconografía era fundamentalmente mitológica, como es el caso del sarcófago de G. Bellicus Natalis Tebanius (80-90 d.C.), conservado en el camposanto de Pisa. Posteriormente se introdujeron temas narrativos de tipo bélico, destacando el sarcófago de Amendola (170 d.C.), que describe el enfrentamiento entre griegos y gálatas. Característico del sarcófago romano fue la presencia de columnas que separaban escenas o personajes.
• La pintura y el mosaico
La pintura romana se conoce a través de los hallazgos de Pompeya, Herculano y Estabia, ciudades que quedaron sepultadas por la erupción del Vesubio en el año 79 d.C. El estudio del conjunto de las pinturas pompeyanas realizado a finales del s. XIX ha establecido una división en estilos sucesivos:
·         Primer estilo o de las incrustaciones (mediados del s. II - 80 a.C.): Imita mediante estuco y relieve las losas o paredes de mármol, según la tradición helenística. Ejemplo de este estilo son las casas de Salustio y del Fauno, en Pompeya.
·         Segundo estilo o arquitectónico (del año 80 a.C. a la época de Augusto): Aplica el trompe-l'oeil, con representación en perspectiva de edificios y elementos arquitectónicos. El friso dionisiaco de la villa de los Misterios, en Pompeya, es la prueba palpable.
·         Tercer estilo u ornamental (20 a.C.-62 d.C.): Desaparece la perspectiva, convirtiendo los elementos arquitectónicos en retablos para enmarcar escenas, por lo general de carácter mitológico. Ejemplo de ello es la Domus Aurea de Nerón, en Roma, que influyó en el renacimiento.
·         Cuarto estilo o ilusionista (a partir del terremoto del año 62 d.C.): Decoración de las casas con un estilo sintetizador entre el segundo y el tercero, realizada con una variada policromía y una proliferación de pequeños objetos. Muestra de ello es, en Pompeya, la Casa de los Vettii.
Los romanos utilizaban con profusión el mosaico (musivum), cuya técnica era originaria del arte griego. Consistía en insertar trozos de cerámica, mármol o pasta vítrea sobre un lecho de mortero, cal o yeso. Dichas piezas, de configuración cúbica, reciben el nombre de teselas (tessellae). Entre los mosaicos más antiguos cabe citar el de la Batalla de Isos de la casa del Fauno, en Pompeya (ca. 170 a.C.). También se han conservado grandes pavimentos musivarios, entre ellos el conjunto de la piazza Armerina, en Sicilia (hacia la década del año 370), con una gran variedad temática.
• Expansión del arte romano
Teatros, termas, circos y puentes romanos subsisten aún en sitios diseminados por el occidente de Europa, el Próximo Oriente y las arenas del desierto africano.
Galia, Germania y Bretaña
Los acueductos cruzaban enormes llanuras, como el Pont du Gard, en Provenza, construido a finales del s. I a.C. por Agripa a fin de abastecer a la ciudad de Nimes; con tres pisos de arcadas, el agua corre por un conducto superior.
Las puertas de algunas ciudades acostumbraban a estar flanqueadas por dos torres de defensa. En ciertas ciudades estratégicas tenían dimensiones colosales. Así, la Porta Nigra de Tréveris, en Renania, construida hacia el año 300 d.C., es posiblemente, con sus tres pisos de pórticos, la más hermosa de todas cuantas se conservan actualmente.
Los relieves romanos tenían un importante componente narrativo, tanto de los grandes acontecimientos como de la vida cotidiana. Bajorrelieve que representa una tienda de tejedor de la época imperial (galería de los Uffizi, Florencia, Italia).
Elemento indispensable era el anfiteatro; en Provenza se conservan los de Nimes y Arles. Además de dicho edificio, la mayoría de las ciudades romanas importantes solían tener un teatro; uno de los mejor conservados es el de Orange, también en Provenza, con una capacidad para 7.000 espectadores. En esta misma ciudad subsiste aún un gran arco triunfal de tres vanos, de época de Claudio Nerón Tiberio, decorado con relieves alusivos a las guerras con los galos.
En Saint-Rémy-de-Provence se conserva el denominado mausoleo de los Julios (ca. 5 d.C.), síntesis de influencias diversas: sobre una base cuadrangular ornada de relieves de influencia netamente oriental se alza un pabellón abierto con cuatro arcos de medio punto.
Las colonias de África
En el África romana abundan los acueductos, ya que el agua era la mayor preocupación de los colonos de aquellas provincias. Había allí, además, un sistema completo de aprovechamiento de las aguas de invierno, con pantanos para embalsarlas y canales para conducirlas por las vertientes a fin de que no se perdiera una sola gota. La ciudad de Timgad, en Argelia, fundada por Trajano a principios del s. II d.C., es quizá, después de Pompeya, el conjunto de ciudad romana mejor conservado.
La romanización en Hispania
Muchos puentes de la península Ibérica, como los de Mérida, Córdoba, Salamanca o el de la población cacereña de Alcántara, son romanos o, como mínimo, reconstruidos sobre pilares romanos.
Gran cantidad de ciudades mantienen aún las puertas romanas de sus murallas, aunque modificadas en la edad media. Lugo todavía conserva intacto todo el recinto. También subsisten grandes trozos de murallas en Barcelona, Tarragona, León, Ávila, Toledo, Mérida y Córdoba. Respecto a los acueductos, el de Segovia está casi entero y aún quedan en pie los restos del que debía de ser el mayor de todos: el de Mérida (s. V). Como ejemplo de acueducto romano de dos pisos cabe citar el de Tarragona, ciudad en la que también pueden observarse vestigios del circo y del anfiteatro. De este último ejemplo son asimismo visibles, aunque muy destruidos, los perímetros elípticos de los de Sevilla, Mérida y Toledo, además del de Ampurias, en Girona. Entre los teatros, merecen un particular relieve los de Mérida, Ronda y Sagunto.
La riqueza del Próximo Oriente
Para asegurar la dominación romana en las fronteras de Oriente, los emperadores levantaron en medio del desierto dos ciudades, Baalbek, ubicada entre las actuales Damasco y Beirut, y Palmira, antigua población situada en un oasis del desierto sirio. Los restos conservados del santuario de la primera demuestran que aquellas provincias fueron más fieles a la tradición helenística que a las innovaciones romanas.
Otras ciudades de la frontera de Siria consiguieron cierta prosperidad y llegaron a ser ricas gracias a su conversión en centros mercantiles y comerciales entre las poblaciones asiáticas y las provincias ya romanizadas. Tal es el caso de Bosra y Petra, en Jordania. En Petra, las fachadas de las tumbas y de las casas están talladas en las rocas, así como el templo dedicado a Isis. La mayor parte tienen el mismo estilo semiclásico: pilastras adosadas y arquitrabe, con un extraño remate de almenas escalonadas.

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