¿Qué es el feudalismo?
El término feudalismo deriva del sustantivo latino feudum, con el que se designaba al conjunto de bienes que un señor cedía a su vasallo a cambio de la prestación de servicios militares. Tal concesión se revistió de todo un complejo ceremonial que venía a refrendar el armazón jurídico e institucional que articulaba el sistema feudal (homenaje, juramento de fidelidad, investidura). El pacto feudovasallático obligaba a la fidelidad mutua entre otorgante y beneficiario, y constituyó el eje en torno al cual se vertebró el feudalismo en su período clásico, desarrollado en Europa entre los ss. XI y XIII.
Los orígenes del feudalismo
La génesis del feudalismo fue el resultado de un complejo proceso desarrollado en el período de transición de la antigüedad al medievo. El feudalismo vendría a ser el resultado de la fusión de los elementos de la civilización romana con los de la sociedad germana. Es decir, la sociedad feudal se fue construyendo entre los ss. III y X en el contexto creado por la desaparición del Imperio romano, las invasiones de los pueblos bárbaros y la formación de los reinos germanos en el seno de los territorios del viejo Imperio.
El punto de partida de todo el proceso se situaría en la denominada crisis del s. III, expresión con la que se alude al conjunto de desajustes de índole económica, social y política que abren el período de decadencia del Imperio. Sus rasgos generales se pueden resumir en una progresiva ruralización, paralela a la decadencia de la vida ciudadana consecuencia, en parte, de una presión fiscal cada vez más fuerte y de la inestabilidad del poder político. El final de las guerras de conquista y la generalización de las manumisiones explican el retroceso de la esclavitud, con lo que hubo de recurrirse, para la explotación de unas propiedades cada vez más extensas, a mano de obra que trabajaba el campo enmarcada dentro de un régimen de colonato.
Junto a la crisis interna, la presión de los pueblos bárbaros sobre las fronteras del Imperio contribuyó a acelerar el derrumbamiento de la estructura imperial. Los pueblos germanos eran, básicamente, pueblos guerreros, que vivían de una débil agricultura itinerante y del pastoreo, nómadas, con una articulación social de carácter gentilicio cuya base estaba compuesta por hombres libres que luchaban bajo el mando de una aristocracia militar, donde estaba muy desarrollado el concepto de fidelidad personal. El Imperio no pudo contener las sucesivas rupturas fronterizas protagonizadas por estos pueblos, hasta el asalto definitivo y la ocupación de las tierras del antiguo Imperio por una amplia variedad de pueblos germanos.
Entre los ss. III y VI se fue produciendo la fusión de elementos de origen romano, como la encomendación o el beneficio, con otros de origen germano, como el comitatus. La encomendación definía el proceso por el que un campesino entraba a formar parte de la clientela de un gran propietario, bien para huir del endeudamiento, bien para acceder a una protección de la que carecía en tiempos de creciente inseguridad. En virtud de esta encomendación, ambas partes quedaban ligadas: el gran propietario quedaba obligado a dar patrocinium o protección al campesino, mientras que éste le debía, a cambio, obediencia. El beneficio designaba la concesión de un bien, generalmente tierras, en usufructo por parte de un señor a un campesino. El comitatus era una forma de clientela personal, por la que hombres libres se ponían al servicio de un jefe militar que compartía con ellos el botín y los beneficios de las campañas militares. Entre los ss. VI y X, estas instituciones fueron evolucionando hacia la constitución de una sociedad articulada cada vez en mayor medida a través de lazos de carácter personal y privado.
Paulatinamente, los grandes dominios territoriales se fueron transformando en señoríos, al acumular los propietarios de las tierras diversas prerrogativas sobre los campesinos instalados en su dominio que antes correspondía ejercer al poder público. Estas prerrogativas eran de carácter jurídico, militar, fiscal, etc., y el conjunto de las mismas recibía la denominación de banalidades.
Paralelamente al desarrollo del señorío se iba produciendo la conversión de los campesinos instalados en él, de hombres libres a siervos adscritos a la tierra. Desde un punto de vista estrictamente jurídico, los campesinos podían ser hombres libres, colonos o esclavos. Pero la realidad socioeconómica de estos grupos fue igualándose, al quedar sin efecto los privilegios que distinguían al hombre libre, como el derecho a ser juzgado por tribunales públicos o a disponer de sus bienes. El servicio de armas debido al señor fue asumido directamente por éste, siendo desplazado por la prestación de servicios, como las corveas, que se consideraban sustitutivos de aquél.
En el s. X, las relaciones de vasallaje estaban ya generalizadas. Un hombre libre, que disponía de los bienes suficientes para hacer la guerra, buscaba la protección de otro declarándose su vasallo a cambio de la concesión, por parte de éste, de un feudo en beneficio. Así se fue consolidando una sociedad profundamente jerarquizada y con una estructura piramidal, puesto que un hombre podía ser vasallo y señor al mismo tiempo.
Por otra parte, en esta época, los grandes dominios territoriales se habían transformado ya en señoríos, en los que el señor ejercía su autoridad sobre la masa de campesinos dependientes. Junto a la consolidación del feudalismo, desde el punto de vista institucional y socioeconómico, se fue produciendo también una fragmentación del poder político en una multitud de principados territoriales.
Economía feudal
La economía feudal fue, básicamente, una economía agraria organizada en grandes dominios.
• El dominio territorial
Los dominios territoriales constaban de dos elementos principales: la reserva o mansus indominicatus y los mansos o terra mansionaria. La reserva constituía la parte del dominio explotada directamente por el señor, donde se ubicaba la curtis, las tierras de cultivo del señor, la iglesia y edificios anejos a la residencia señorial, etc. El resto del dominio se dividía en mansos, tenencias o parcelas que el señor concedía para su explotación a los campesinos. Pueden distinguirse, fundamentalmente, dos tipos de tenencias: las que debían pagar un censo por su explotación al señor y las que se entregaban a cambio de un porcentaje de los frutos obtenidos de su explotación. La tenencia, además de una unidad de producción, constituía también una unidad de recaudación de los derechos señoriales.
Este esquema de dominio señorial fue evolucionando con el transcurso del tiempo. La reserva señorial fue disminuyendo su extensión a partir del s. XI, básicamente debido a la sustitución de las prestaciones de trabajo por rentas en dinero.
• El dominio señorial
La fragmentación extrema del poder político, característica de los primeros tiempos del feudalismo, permitió a los grandes propietarios obtener derechos jurisdiccionales sobre los campesinos que trabajaban dentro de sus tierras.
Al dominio territorial, es decir, a las tierras propiedad del señor, se unía el dominio señorial. El dominio señorial se componía del conjunto de derechos percibidos por el señor en virtud de la apropiación de las cargas que en el realengo se ingresaban en la Hacienda pública, derivadas de las prerrogativas judiciales, fiscales, arancelarias, etc., que el señor ejercía sobre un territorio.
Entre los beneficios obtenidos por el dominio señorial se encontraban los aranceles sobre las mercancías en circulación por el territorio del dominio, como los portazgos; los percibidos en sustitución de las obligaciones militares, como la fonsadera; la obligación de sufragar la manutención y el alojamiento del señor en caso de desplazamiento; los monopolios sobre molinos, lagares, hornos, etc., las reparaciones y el mantenimiento de infraestructuras, como caminos o edificios; las multas y confiscaciones derivadas del ejercicio de la justicia.
Además, el señor controlaba los pesos y medidas, tenía preferencia en el uso de las tierras baldías de uso comunal y regulaba, en definitiva, la vida económica del territorio sometido a su jurisdicción.
• La renta feudal
Los pagos realizados por los campesinos en virtud tanto del dominio territorial como del señorial constituían la renta feudal. En función de cómo se fue devengando la misma se ha distinguido entre renta-dinero, renta-especie y renta-trabajo. La aportación de cada una de ellas a la renta total fue variando a lo largo del tiempo.
En los primeros siglos de formación y consolidación del sistema feudal, la renta-trabajo tenía un peso muy importante. La reserva señorial se explotaba, básicamente, gracias a este tipo de renta. También la renta-especie, es decir, la entrega al señor de una parte de los productos obtenidos por el campesino en su explotación, era muy importante. La renta-dinero, por el contrario, tuvo un peso reducido hasta el s. XI, en parte debido a la escasez de circulación monetaria.
La expansión que experimentó Europa a partir del s. XI fue la causa fundamental de la pérdida de importancia de los tipos de renta que, con anterioridad, habían constituido el grueso de las prestaciones debidas por los campesinos a sus señores. A medida que la economía monetaria se fue extendiendo, los señores necesitaron mayor cantidad de dinero para poder hacer frente a los gastos derivados del consumo de los productos que llegaban a Europa mediante el comercio con Oriente. Por ello, fueron progresivamente sustituyendo la renta-trabajo por la renta-dinero. Con ello se contribuyó a estimular la venta de los excedentes agrarios generados en las explotaciones campesinas y, como consecuencia, la dinamización de los mercados urbanos.
Otra de las piezas fundamentales que integraban la renta feudal era el diezmo, es decir, la entrega a la Iglesia de la décima parte de los frutos obtenidos en la cosecha.
Una sociedad fuertemente jerarquizada
Los pensadores medievales elaboraron una concepción de la sociedad feudal basándose en las funciones desempeñadas por cada grupo social y que se conoce como tripartita o trinitaria. Según esta concepción, la sociedad feudal se dividiría en tres órdenes, conocidos por su nombre en latín: los que rezaban, oratores; los que hacían la guerra, bellatores, y los que trabajaban la tierra, laboratores.
Este esquema trifuncional pretendía subrayar la superioridad de la función sacerdotal sobre la militar en un momento de fuerte disgregación del poder político y de debilidad de las monarquías.
Pero más allá de esta concepción estática de la sociedad, si se tiene en cuenta la parte de renta feudal de la que se beneficiaba cada grupo, entonces la sociedad feudal quedaba claramente estructurada en dos grandes grupos: señores y campesinos.
Los señores ocupaban la cúspide de la sociedad feudal, integrando tanto a la aristocracia de origen laico como eclesiástico, dado que los altos dignatarios de la Iglesia disponían, en sus propiedades, de atribuciones señoriales similares a las de la nobleza laica.
Dentro del grupo de los señores existía, a su vez, una profunda estratificación que iba, en el caso de la nobleza seglar, desde los príncipes territoriales hasta los simples caballeros. El rasgo que les confería cierta homogeneidad era el monopolio de la guerra, es decir, su dedicación a la caballería. También los eclesiásticos estaban fuertemente jerarquizados: por un lado, obispos, abades y altas dignidades eclesiásticas; por otro, monjes o sacerdotes, que a menudo constituían un auténtico proletariado eclesiástico.
Por su parte, el campesinado tampoco constituía una clase homogénea. Las causas de su estratificación social eran diversas: acumulación de tierras por herencia, por venta de excedentes, etc. Por ello, se han distinguido tres grandes grupos en el campesinado medieval europeo. El estrato más acomodado del campesinado estaba integrado por el grupo de labriegos que disponían de tierras y que eran propietarios de los instrumentos de labor. Normalmente, ocupaban los puestos directores de las comunidades campesinas. Un segundo grupo estaba constituido por los campesinos que disponían de menor volumen de tierras que los anteriores, pero suficientes para mantener sus necesidades. En la base de esta estratificación se situaba la amplia masa campesina, que carecía de tierras suficientes para el sostenimiento de la unidad familiar.
A partir del s. XI se produjo un renacimiento de la vida urbana que trajo, entre otras consecuencias, el crecimiento y fortalecimiento progresivo de una nueva clase social, la burguesía. No obstante, las ciudades medievales reproducían, en su estructura interna, la estructura social del feudalismo, distinguiéndose dos grupos claramente diferenciados: el patriciado y la plebe urbana. La estructura jurídica que regía el funcionamiento de la ciudad y la relación de ésta con el territorio circundante era similar a la de un señorío colectivo, que extendía su poder sobre las aldeas de su entorno.
El final del feudalismo
Desde la óptica juridicoinstitucional, el feudalismo se encontraba ya en crisis a partir de finales del s. XIII. Las instituciones feudovasalláticas dejaron de ser un rasgo característico del sistema político y social europeo. Lo que se mantuvo, según esta concepción, hasta finales del s. XV fueron supervivencias del pasado, en un contexto de grave crisis.
La historiografía marxista plantea la vigencia del feudalismo hasta las revoluciones burguesas del s. XIX. El período comprendido entre los ss. XVI y XVIII estaría caracterizado por lo que se ha dado en llamar feudalismo tardío, es decir, el ascenso de formas económicas y sociales de carácter mercantil y capitalista, pero en un medio en el que el modo de producción dominante continuaba siendo el feudal. El derrumbamiento definitivo del sistema feudal, desde este punto de vista, se inició con la abolición de los derechos feudales el 4 de agosto de 1789 por parte de la Asamblea Constituyente, durante la Revolución francesa.
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