Friday, February 23, 2018

El Sacro Imperio romano germánico


La perpetuación del Imperio carolingio
Tras la partición del Imperio carolingio, mientras desaparecía la vieja dinastía en la Francia Occidental, en la Oriental los señores regionales restablecían los ducados. De uno de ellos, Sajonia, saldría el impulso decisivo para la reconstrucción de un imperio que se extendería desde el año 962 hasta su definitiva desaparición en 1806.
• Otón I: el primer emperador del Sacro Imperio
En 918, los nobles de la Francia Oriental eligieron como rey de Germania a Enrique el Pajarero, duque de Sajonia, que restableció el prestigio del Reino y rechazó a eslavos y a húngaros hacia el este.
Al morir Enrique I, en 936, su hijo, Otón I (912-973), le sucedió como duque de Sajonia y rey de Germania. Se hizo coronar y consagrar en Aquisgrán, la antigua capital carolingia, lo que dejaba entrever su proyecto de reconstrucción del orden imperial.
Su política se caracterizó por la exigencia de vasallaje a los grandes señores y obispos, a los que impuso limitaciones para transmitir en herencia sus feudos, garantizando de esta forma su poder y evitando la fragmentación del Reino.
El emperador Otón II rodeado por las provincias del Imperio (Museo Condé, Chantilly, Francia)
Asimismo, continuó el proceso de expansión hacia el este. Obligó al duque de Bohemia a rendirle vasallaje y estableció en el Elba y en el Saale dos marcas que servirían de apoyo a la creación en 968 de un arzobispado en Magdeburgo. Finalmente, su victoria frente a los húngaros en Lechfeld (955) lo convirtió en Otón el Grande. Con la incorporación de Lorena y el vasallaje de Borgoña, Otón extendió su poder más allá de Germania.
Otón I se convirtió en difusor del cristianismo mediante la creación de obispados y la evangelización del este. Con el tiempo, la suma de títulos, honores y victorias militares convirtieron a Otón I en el primer dirigente de la cristiandad occidental.
La intervención había comenzado en 951, cuando se apoderó de la Corona de Italia y, con el fin de asegurar sus derechos y afianzar su autoridad, se casó con Adelaida, viuda del último rey italiano. La tradición establecía que el título imperial debía pertenecer al señor de Italia, por lo que Otón, tras acudir a socorrer al papado, sacudido por la pugna entre las grandes familias romanas, fue coronado emperador por el papa Juan XII, en 962. Comenzaba así la historia del Sacro Imperio romano germánico.
Otón I se presentó como el heredero de Carlomagno. Sin embargo, la dimensión de los territorios carolingios era muy superior a la de los administrados por Otón I. Además, se enfrentaba a la reorganización militar del Imperio bizantino. A su muerte, en 973, dejó a su hijo con la difícil empresa de consolidar un imperio que para muchos de sus vasallos sólo representaba una soberanía simbólica.
• Otón II: una pesada herencia
El hijo y sucesor de Otón I, Otón II, tuvo que hacer frente a numerosas dificultades. En Alemania, su primo Enrique de Baviera le disputó los derechos al trono imperial.
Por su parte, el rey Lotario de Francia pretendió apropiarse de Lorena y en el sur de Italia, musulmanes y bizantinos se disputaron la región, y ni siquiera el acuerdo matrimonial entre Otón II y la princesa bizantina Teófano garantizó al emperador el dominio del sur ya que una alianza musulmana y bizantina le derrotó en el cabo Colonna (980).
Tras diez años de reinado, Otón II moría en 983 dejando a su hijo Otón III una herencia aún más complicada que la suya.
• Otón III: un imperio universal
Otón III recibió la herencia imperial con tan sólo tres años de edad. Su madre, la princesa bizantina Teófano, asumió la regencia hasta 991 y su abuela, Adelaida, hasta 994.
Tras pacificar Alemania y asegurar las fronteras orientales, Otón III se dirigió a Italia para colocar en el trono pontificio a su primo Bruno de Carintia, elegido papa con el nombre de Gregorio V, afirmándose así la sumisión del papado al Imperio. Poco después, Otón III volvió a intervenir en la elección papal, imponiendo a su amigo y preceptor Gerberto de Aurillac.
En 999, Otón se estableció en Roma e inició una reforma institucional, la Renovatio Imperii, que pretendía conseguir la unión imperial entre Oriente y Occidente y regular la relación entre el papado y el Imperio. Sin embargo, la muerte prematura del emperador (1002) y la de Silvestre II (1003) precipitaron de nuevo al Imperio a un estado de crisis, no sólo política sino también cultural.
La evangelización de la periferia
La progresiva estabilización de las fronteras alcanzada por el Sacro Imperio a partir del s. X facilitó la tarea de cristianización de los pueblos eslavos, escandinavos, bálticos y húngaros. Ortodoxos, bajo la primacía espiritual del patriarcado de Constantinopla, y católicos, sometidos a la autoridad del papa compitieron en los ámbitos religioso y político por extender su influencia sobre la Europa oriental.
El Sacro Imperio romano germánico (inicios del s. XI).
La influencia occidental, reuniendo catolicismo y feudalismo, se impuso sobre el paganismo y las estructuras tribales de los pueblos de la Europa oriental. Aunque hubo excepciones, así los lituanos no se convirtieron al catolicismo hasta finales del s. XIV.
Polonia apareció en escena después del bautismo y coronación de su príncipe Mieszko en 966. La nueva fe actuó como elemento de cohesión entre las distintas tribus polacas que ocupaban los territorios comprendidos entre el Oder y los pantanos del Prípiat.
Por otra parte, los nómadas magiares, que durante años devastaron en continuas razzias el Occidente cristiano, fueron finalmente derrotados en Lechfeld, en 955. A partir de este momento, se instalaron definitivamente en la llanura del Danubio central. De esta forma se facilitó su progresiva cristianización por parte de misioneros llegados desde las sedes episcopales de Praga y Passau, que contaban con el apoyo de Otón I (973). El duque Vajk fue bautizado en 985, tomando el nombre de Esteban y convirtiéndose en el primer rey de Hungría.
Por el contrario, el mérito de la evangelización de los eslavos orientales, serbios, búlgaros y rusos, correspondió a Bizancio. El Estado de Kíev, en la actual Ucrania, se convirtió en el centro de irradiación del cristianismo ortodoxo. De este modo, los rusos se unieron a la Iglesia de Constantinopla y, por tanto, a la influencia de la civilización griega.
El Sacro Imperio durante los ss. XI y XII
De la muerte de Otón III a la coronación de Federico I Barbarroja, se sucedieron tres casas imperiales: la sajona, la salia, o de Franconia, y la suaba. La consolidación de la autoridad imperial en el interior de una Alemania dominada por los grandes señores feudales, la defensa del este ante las acometidas eslavas y las relaciones con Roma fueron los ejes sobre los que discurrió la política del Sacro Imperio durante este período.
• De Enrique II a Enrique III: sajones y salios
A Otón III le sucedió Enrique de Baviera, último de los emperadores originarios de la casa ducal de Sajonia. Sus esfuerzos por imponer su autoridad en Italia y por someter a los eslavos en las fronteras orientales obtuvieron escasos resultados. A su muerte en 1024, le sucedió Conrado II, primer representante de la casa de Franconia, que consiguió recuperar el prestigio del título imperial. Su potencia militar obligó a polacos, bohemios y húngaros a firmar acuerdos de paz en los que aceptaban la supeditación al Imperio.
En 1032 reclamó los derechos de la anexionada Borgoña. De este modo, se convirtió en titular de las coronas germánica, italiana y borgoñona.
En Italia siguió aplicando la política de hegemonía imperial sobre el papado y buscó apoyo en la pequeña nobleza constituida por los milites o valvasores, hombres de armas que disponían de una montura, para frenar el poder de baronías, ducados y obispados tal como refleja la Constitutio de feudis de 1037.
Página miniada de un manuscrito iluminado que representa al emperador Enrique IV pidiendo el levantamiento de su excomunión al papa Gregorio VII mediante la intercesión de Matilde de Toscana en 1077 (Biblioteca Apostólica Vaticana, Roma, Italia).
El sucesor de Conrado fue Enrique III (1039-1056), que siguió la tradición de sus antecesores de imponer como papa a sus protegidos: Clemente II y, posteriormente, León IX. Sin embargo, las continuas intervenciones imperiales despertaron grandes resentimientos entre sus rivales, como atestiguan las disputas que enfrentaron a güelfos contra gibelinos. También empezaron los conflictos entre el papado y el emperador, como el que enfrentó a Enrique IV (1050-1106) con Gregorio VII, quien, al prohibir que los señores invistieran a los eclesiásticos, desencadenó la querella de las Investiduras. Gregorio VII llegó a excomulgar al emperador, que era contrario a las disposiciones papales pero que se vio obligado a retractarse.
• Güelfos contra gibelinos
El reinado de Lotario II (1125-1137) constituyó un símbolo de los éxitos tanto de la alta aristocracia alemana como de la Iglesia, pero, a la vez, fueron los años en que cristalizaron dos grandes bandos de la nobleza alemana. Los welfen, aliados a los duques de Baviera y defensores del papa; y los weiblingen, partidarios de los duques de Suabia, y favorables al poder imperial. Trasladados a Italia, estos apelativos derivan respectivamente en güelfos y gibelinos.
Miniatura del Speculum historiale (s. XII), obra de Vincent de Beauvais, que representa a los hermanos Federico y Conrado de Suabia luchando contra el emperador Lotario II y la coronación de éste por Inocencio II. (Museo Condé, Chantilly, Francia)
Además, se reavivó la querella de las Investiduras, que se prolongó durante casi medio siglo. El concordato de Worms (1122) aportó soluciones parciales sobre a quién correspondía el nombramiento de los obispos. Según la Iglesia, el papa gozaba del dominium mundi y el rey debía limitarse a ejercer la función de advocatus Ecclesiae. Por el contrario, los partidarios del emperador aseguraban que el poder del papa debía circunscribirse al ámbito espiritual.
Durante el reinado de Conrado III (1137-1152) empezó la colonización alemana de la costa báltica y de los territorios eslavos más occidentales, como Pomerania, Prusia, Bohemia o Silesia, mientras que la situación en Italia se agitó con la proclamación de una república en Roma, dirigida por Arnaldo de Brescia, el cual, ante la situación en que se encontraba la Santa Sede, proclamaba un retorno a la humildad y la austeridad propias de los primeros cristianos.
Los emperadores de la casa de Suabia
La llegada de la casa de Suabia, los Staufen, al trono imperial se caracterizó por los intentos de consolidar el poder imperial y asegurar su supremacía sobre la Santa Sede, a lo que sucesivos papas respondieron con virulencia.
• Federico I Barbarroja
Federico I, hijo del duque Federico de Suabia, fue elegido rey de Alemania y de romanos en 1152. Apoyándose en Enrique el León, duque de Baviera, y en Enrique Jasomirgott, señor del nuevo Ducado de Austria, consiguió pacificar Alemania, limitando el poder de los grandes señores feudales.
En 1156, el papa Adriano IV confirmó a Guillermo de Sicilia como rey de Nápoles y Sicilia, en contra de los intereses del emperador. Por otra parte, la condesa Matilde de Toscana, viuda del duque de Lorena, dejó su herencia a la Iglesia. El emperador consideraba que el legado era de su propiedad y concedió las propiedades como feudo a un señor laico. Asimismo, Federico I cedió la isla de Cerdeña a Welf de Baviera y rompió el concordato de Worms al nombrar como arzobispos a Reinaldo Dassel, en Colonia, y Guido de Blandarte, en Ravena.
Finalmente, el emperador ofreció su apoyo a la dieta antipapal de Roncaglia (1158), mientras que el nuevo papa Alejandro III (1159-1181) promovió diversas ligas italianas contra el emperador. Así, Federico Barbarroja promovió la elección de los antipapas Victor III y Pascual III. Por su parte, el papa Alejandro III excomulgó al emperador e intentó promover la rebelión de sus súbditos alemanes. Ante esta situación, Barbarroja entró en Roma (1167), entronizó a Pascual III y se hizo coronar por él. Sin embargo, las sucesivas ligas de ciudades italianas consiguieron reequilibrar la situación. Tras la derrota imperial en Legnano (1176), el emperador se verá obligado a reconocer a Alejandro III como papa y debió renunciar a sus aspiraciones sobre las ciudades italianas.
En los últimos tiempos del reinado de Barbarroja, en el año 1187, el sultán Saladino ocupó Jerusalén y varias plazas fuertes de los cruzados en Tierra Santa. Como respuesta, el papa Clemente III predicó una nueva cruzada que encabezó el propio emperador. Federico I Barbarroja moriría ahogado durante el paso del río Kydnos, en Anatolia, en 1190.
• Enrique VI y la expansión de los Staufen
El sucesor de Federico Barbarroja fue Enrique VI, quien tomó la Corona imperial en abril de 1191. Al mismo tiempo reclamó para su esposa Constanza la Corona siciliana; pero los sicilianos, que no querían estar bajo dominación germánica, proclamaron rey a Tancredo de Lecce, sobrino natural de Constanza. Sin embargo, la muerte de Tancredo en 1194 hizo que Enrique VI lanzase un ataque que le permitió ocupar los ducados de Apulia y Calabria y el propio Reino de Sicilia.
Esto significaba la consecución de un poder único desde el Báltico al golfo de Tarento. La gran extensión alcanzada por los territorios bajo jurisdicción imperial inquietó profundamente a la Santa Sede que, para contrarrestar el poder imperial, decidió apoyar a los normandos, que controlaban varios principados territoriales en el sur de Italia y en Sicilia.
El papado y el imperio
A la muerte de Enrique VI y de Constanza de Sicilia estalló la guerra entre los tres candidatos al trono: su hijo, Federico de Sicilia, aún demasiado joven, el gibelino Felipe de Suabia y Otón de Brunswick, hijo de Enrique el León y candidato de la facción güelfa.
El papa Inocencio III, quien se había asegurado su dominio en Occidente, se declaró tutor de Federico y consideró como legítimo sucesor a Otón de Brunswick.
En 1208, Felipe de Suabia fue víctima de una conjura que proporcionó el trono a Otón. Liberado de su rival, Otón IV aspiraba al dominio total en Italia por lo que se enfrentó al papado. Inocencio III excomulgó al emperador y abogó por Federico de Sicilia y su promesa de gobernar por separado sus dominios imperiales de Italia y Alemania, promesa que no cumplió.
En el año 1212, los partidarios de Federico le proclamaron rey en Frankfurt. El rey Juan de Inglaterra y varios nobles del norte de Francia apoyaban a Otón IV. Por otra parte, al lado de Federico, se encontraban el pontífice y el rey Felipe IV Augusto de Francia. El enfrentamiento militar entre ambos bandos tuvo lugar en Bouvines, en 1214, con la victoria de Felipe IV Augusto sobre Otón IV.
La disputa por la hegemonía europea
Federico II heredó de su padre Enrique VI, el Sacro Imperio, y de su madre Constanza de Hauteville, el sur de Italia. La Iglesia, temerosa de perder sus privilegios ante el creciente poder imperial en Alemania e Italia, no dudó en presentar a Federico II como el Anticristo, amigo de judíos y musulmanes e indiferente ante la invasión de los mongoles. La guerra que enfrentó al papado contra el Imperio tomó entonces el aspecto de una cruzada.
• Federico II: el poder imperial
El papa Gregorio IX, sucesor de Honorio, instó a Federico a tomar la cruz de Tierra Santa. En 1227 el emperador partió de Brindisi, pero retorna poco después excusándose en una supuesta enfermedad. Ante la disolución del ejército, Gregorio IX excomulgó al emperador, mientras un alzamiento popular en Roma forzó la huida del papa. Finalmente, Federico se embarcó en la sexta cruzada y consiguió mantener las posiciones cruzadas en Jerusalén, Belén y Nazaret.
A pesar de este éxito, Gregorio IX renovó la excomunión contra Federico. A su regreso, retomó varias plazas perdidas a su marcha y pactó con el papa el retorno de las posesiones clericales a cambio del perdón. En Alemania sofocó la revuelta de su hijo Enrique, muerto finalmente en prisión. En 1237, al norte de Italia, venció en Cortenuova a la liga Lombarda. Un año después nombró a su hijo natural, Enzio, rey de Cerdeña. Gregorio IX volvió a excomulgarlo en marzo de 1239. La guerra entre güelfos y gibelinos se amplió al terreno propagandístico y ambas partes se acusaron mutuamente de herejía.
• La lucha contra el imperio: el concilio de Lyon
El enfrentamiento entre el papado y el Imperio alcanzó su punto culminante con la celebración de un concilio ecuménico en Lyon, ya que Roma era insegura para el papa Inocencio IV. La condena al emperador, que fue depuesto, y la instigación al uso de armas tanto morales como físicas, con fines pacificadores, provocó un recrudecimiento en todos los frentes.
Tras una serie de derrotas, Federico II murió en 1250. El sucesor fue su hijo Conrado, elegido en contra de los deseos de Inocencio IV, que apoyó a Guillermo de Holanda. Sin embargo, Conrado IV murió en abril de 1254 y su hijo y heredero, Conradino, apenas un niño, fue puesto bajo la tutela del papa.
Un imperio simbólico
La desaparición de la dinastía Staufen supuso el fin de la idea imperial como realidad política. El mito imperial sólo renació durante el reinado del emperador Carlos V de Habsburgo (Carlos I de España), cuyos estados patrimoniales le convirtieron en el soberano más poderoso de Europa. Sin embargo, su reinado estuvo dominado por el enfrentamiento entre católicos y protestantes, que dividió al Sacro Imperio en dos bandos irreconciliables. Desde hacía varios siglos, el poder real recaía en los grandes principados territoriales.
El emperador Carlos V intentó sustentar su poder en la defensa de la Iglesia católica frente a los príncipes protestantes que cuestionaban tanto a Roma como a los derechos imperiales. De esta manera, Carlos V intentaba reforzar la dimensión "sacra" y "romana" de su "Imperio germánico". Pero, finalmente, la paz de Augsburgo (1555) selló la división religiosa de Alemania al adoptar la fórmula jurídica "cuius regio, eius religio". La vieja institución imperial se había convertido en un título más de los Habsburgo.
El emperador Leopoldo I de Habsburgo visita un convento de franciscanos en Grignano en 1660. Pintura de Cesare Dell'Acqua, del s. XIX. (Castillo de Miramare, Trieste, Italia)
Desde el final del reinado del emperador Carlos V (1556) hasta la desaparición del Sacro Imperio, con la renuncia a la corona imperial por parte de Francisco II (1806), el Imperio fue una débil y poco definida federación de los principados territoriales de Alemania presididos por la dinastía Habsburgo. La guerra de los Treinta Años y sobre todo la paz de Westfalia (1648) precipitaron en gran manera la desintegración política del Imperio y, desde entonces, ya ningún emperador intentaría ejercer una autoridad monárquica centralizada y fuerte.
Las revoluciones liberales y la aparición del nacionalismo convirtieron la estructura supranacional del Imperio en una institución anacrónica. A principios del s. XIX, y a pesar de los intentos de Napoleón, presentándose como heredero de Carlomagno, por restituir la grandeza del Imperio, éste ya estaba tocando a su fin. Con la renuncia al trono de Francisco II de Austria, el 6 de agosto de 1806 se puso término a casi un milenio de historia.
El renacimiento otónico
Los grandes monasterios alemanes, como los de Saint-Gall o Corvey, fueron uno de los focos del renacimiento cultural surgido al amparo de los otónicos. En Saint-Gall trabajó Notker Labeo que realizó una fértil labor de traducción del latín al alto alemán, obras como el libro de los Salmos, los comentarios de Gregorio Magno, el Libro de Job y textos de Boecio, Aristóteles, Virgilio o Terencio, se cuentan entre su enorme producción. En Corvey, Witukind escribió las Res gestae Saxonicae, obra de carácter histórico que narra las proezas de la dinastía otónica. En Gadersheim, la monja Rosvita escribió poemas históricos y sagrados en bajo alemán y dramas en prosa.
De la misma forma, la herencia bajorromana y carolingia es recobrada en la arquitectura. Las basílicas de doble coro y de doble transepto, en las que los pilares y columnas separan la nave central de las laterales, constituyen el modelo más utilizado en la época. Pero la cima del renacimiento otoniano es la decoración de manuscritos, la iluminación. Se copiaron y adornaron códices sobre modelos carolingios y bizantinos. En estas obras, la falta de perspectiva, los fondos dorados y el hieratismo de las composiciones refuerzan el carácter sagrado de la escritura.
Corona del Sacro Imperio romano germánico atribuida al emperador Carlomagno, aunque realizada en Reichenau hacia el año 962 (Museo de Historia del Arte de Viena, Austria).
Este desarrollo cultural también se vivió en la corte imperial. La princesa bizantina Teófano, esposa de Otón II, facilitó la llegada de personajes eminentes como el calabrés Juan Filagatos o Gerberto de Aurillac. A Gerberto, que acabó siendo elegido papa con el nombre de Silvestre II, se le atribuyen la Geometría y el Liber de astrolabio, obras influenciadas por la matemática árabe. Su filosofía, muy cercana a la formulada por Boecio, se nutrió tanto de fuentes clásicas como cristianas. Como Cicerón, Silvestre II cree que política y moral son una sola entidad y que el beneficio público está por encima de la individualidad.
Asimismo, destacó el bibliotecario Anastasio, intérprete de textos griegos, secretario de Nicolás I, representante de la diplomacia papal y autor de una Chronographia tripartita.
En la corte también sirvió Liutprando de Cremona, natural de Pavía y de educación laica. Su excelente griego le sirvió para ser designado por Otón I embajador en Constantinopla. Fue el autor de Legatio, relato de su embajada al Imperio bizantino.
También la música se beneficia del impulso cultural de este período. Ogier de Laon establece la teoría del contrapunto melódico en su De harmonica institutione. Se extiende el canto a dos voces o en paralelo, desarrollándose de este modo la polifonía. En Germania, se perfecciona el canto llano con el uso del tropo. Finalmente, el órgano se convierte en el instrumento principal de la música religiosa.

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