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Friday, February 23, 2018

La Guerra de los Cien Años


Las raíces del conflicto
Entre los años 1337 y 1453, las coronas de Francia e Inglaterra protagonizaron un largo conflicto en el que se sucedieron los enfrentamientos armados salpicados por breves períodos de paz inestable. Pese a que el detonante de la ruptura de hostilidades entre los Valois (franceses) y los Plantagenet (ingleses) fue la pretensión de Eduardo III de Inglaterra al trono francés, las causas de esta compleja situación fueron múltiples. El dominio inglés sobre el feudo de Guyena (Burdeos), la conflictividad política en Flandes y Bretaña, los problemas comerciales entre ambos estados, la ayuda que Francia prestaba a Escocia y el autoritarismo de la monarquía francesa fueron otros tantos desencadenantes de esta larga guerra que coincidió, además, con una terrible crisis que afectó a toda Europa.
• Las razones dinásticas: un conflicto sucesorio
El rey Felipe IV de Francia (1285-1314) había convertido su reino en el más poderoso de la Europa de su tiempo. A su muerte proliferaron los problemas sucesorios. Su hijo, Luis X, que sólo reinó durante dos años (1314-1316), murió sin heredero varón, dejando el trono a su hermano, Felipe V (1316-1322). Tampoco éste dejó sucesor, y fue un tercer hermano, Carlos IV, quien accedió al trono francés; sin embargo, la muerte de este último (1328), también sin heredero, impedía la continuación de la dinastía francesa de los Capetos, dado que la ley sucesoria francesa excluía a las mujeres como candidatas al trono (ley sálica).
Juana de Arco
Una asamblea de nobles franceses eligió como monarca a Felipe de Valois, miembro de una rama secundaria de los Capetos, que dio origen a la dinastía de los Valois. Los dos candidatos rechazados por la nobleza francesa, Eduardo III de Inglaterra (duque de Guyena y conde de Ponthieu) y Felipe de Évreux, aceptaron esta decisión a cambio de la confirmación de sus feudos. Sin embargo, la situación se deterioró con rapidez. El conflicto abierto estalló cuando Felipe VI intervino en el Ducado de Guyena y, ante el rechazo de Eduardo III, confiscó el feudo (1337); el rey inglés renegó del homenaje hecho en 1329 y proclamó la ilegitimidad del Valois al trono de Francia, reclamándolo para él.
La primera fase de la guerra
Eduardo III declaró la guerra a Felipe VI en 1337. En 1340, los franceses sufrían una derrota aplastante ante la escuadra inglesa en la batalla de L'Écluse, el antepuerto de Brujas. La victoria del rey inglés, propiciada por la gran efectividad de sus arqueros sobre los soldados y marineros franceses, permitió a los ingleses ocupar Normandía y asegurarse el control del canal de la Mancha.
• La invasión inglesa y las grandes victorias
Eduardo III reunió su ejército en Normandía, al tiempo que atizaba la guerra civil en Bretaña y atacaba los territorios del sudeste francés desde sus bases en Aquitania. Finalmente, cuando el ejército inglés se puso en marcha encontró a los franceses en Crécy-en-Ponthieu (1346) y los derrotó. La derrota de Crécy trajo consigo el asedio y la captura de la estratégica plaza de Calais, que los ingleses conservarían hasta el s. XVI.
Francia durante la segunda mitad del s. XIV
En 1355, los ingleses, dirigidos ahora por el príncipe Eduardo de Gales, conocido como el Príncipe Negro, lanzaron su segunda gran ofensiva. Un año después, el Príncipe Negro emprendió una nueva campaña, esta vez decidido a entablar batalla con el ejército de Juan II, dirigiéndose al norte, hacia Poitou. Ambos ejércitos se encontraron en los alrededores de Poitiers y se dispusieron en orden de batalla; la historia de Crécy volvió a repetirse, y la mejor táctica y la mayor disciplina de los ingleses triunfaron sobre la falta de organización y el anticuado valor caballeresco de los franceses. El propio rey francés fue capturado y enviado a Inglaterra.
• La lenta recuperación francesa
Finalmente, el delfín Carlos, hijo de Juan II y que actuaba como regente, firmó con Eduardo III la paz de Brétigny-Calais (1360). El rey inglés renunciaba de manera definitiva a la Corona francesa, pero a cambio obtenía las posesiones de Calais, Ponthieu y Guines y doblaba sus dominios en Aquitania. Francia perdía casi una cuarta parte de su territorio. Sin embargo, Carlos sabía que era necesario poner fin a los problemas internos en Navarra y Bretaña antes de recuperar las tierras cedidas a Inglaterra. En 1364, Juan II murió en Londres y el delfín Carlos fue coronado con el nombre de Carlos V. El nuevo rey encontró un hábil colaborador en el noble bretón Bertrand du Guesclin, y supo rodearse de un equipo de burgueses que sanearon las finanzas reales.
La fuerza de Carlos de Navarra no radicaba en sus posesiones ibéricas, sino en los extensos dominios que tenía en Normandía y Poitou. En 1364, las tropas francesas se enfrentaron a los coaligados navarros y anglogascones en la localidad de Cocherel, donde se impusieron la mejor disciplina francesa y la buena táctica de Bertrand du Guesclin. Todos los dominios franceses de Carlos de Navarra pasaron a manos de Carlos V.
El interludio de paz
Liberado del peligro interno, Carlos V buscó nuevos aliados en su lucha contra los ingleses. Para ello se dirigió a Castilla, donde Enrique de Trastámara, apoyado por una parte de la nobleza castellana, se había rebelado contra su hermanastro, el rey Pedro I. Carlos V necesitaba la flota castellana para neutralizar a la inglesa y asegurarse el control del canal de la Mancha. Finalmente, en 1369, Enrique de Trastámara eliminaba a Pedro I en Montiel, con lo que Francia ganaba un aliado de primer orden en la lucha que se avecinaba contra Inglaterra.
• La victoria francesa
En 1370 volvió a estallar la guerra entre Francia e Inglaterra. Carlos V pretendía gobernar como soberano sobre los territorios de Aquitania, a pesar de tratarse de un feudo inglés. En 1372, la flota castellana aplastaba a la inglesa en La Rochelle, con lo cual acababa con el poderío naval inglés.
La guerra de los Cien Años agravó la crisis que asolaba Europa en el s. XIV. Miniatura de la batalla de Poitiers (1356) que ilustra las Crónicas de Froissart (Biblioteca del Arsenal, París, Francia).
Finalmente, cuando en 1375 se llegó a la tregua de Brujas, los ingleses sólo dominaban cinco ciudades costeras, los únicos restos del gran imperio obtenido en la paz de Brétigny. Entre 1376 y 1387 murieron los grandes protagonistas de la primera fase de la guerra: el Príncipe Negro, el rey Eduardo III, Carlos de Navarra, el rey francés Carlos V y Bertrand du Guesclin. Acompañadas por una tregua larga y estable (1380-1413), estas muertes parecían sentar las bases de una paz definitiva.
La segunda fase de la guerra
Sin embargo, los conflictos internos en ambos países los llevaron de nuevo a la guerra abierta. En Inglaterra, una conjura nobiliaria dirigida por Enrique de Lancaster destronó a Ricardo II bajo la acusación de francofilia. Un importante sector de la nobleza y la burguesía inglesas ansiaba volver a la guerra contra Francia, en un intento por recuperar las tierras y los beneficios que se habían perdido en 1380. En Francia, por su parte, la locura de Carlos VI hizo que las aspiraciones políticas de los parientes del rey —sus tíos el duque de Orleans y el duque de Borgoña— se tradujesen en una lucha abierta entre facciones nobiliarias (borgoñones y armañacs). La guerra civil estalló en Francia en el mismo momento en que Enrique V de Inglaterra se aprestaba a una nueva invasión. En 1415, los ingleses se apoderaron de la ciudad de Harfleur. Un ejército francés muy superior en número se enfrentó a los ingleses, dirigidos por Enrique V, en Azincourt. La contienda terminó con una rotunda victoria de los ingleses.
• La crisis francesa
Las intrigas nobiliarias francesas empujaron a los borgoñones a firmar con los ingleses un acuerdo que fue impuesto a un desventurado —y ya demente— Carlos VI (Troyes, 1420). Así, Enrique V retendría a título personal el Ducado de Normandía, se casaría con Catalina, hija de Carlos VI de Francia, y el heredero de ambos gobernaría sobre Inglaterra y Francia, aunque ambos reinos mantendrían sus leyes e instituciones propias. El aliado del rey inglés, Felipe de Borgoña, obtenía un extenso ducado: prácticamente un reino independiente en el este de Francia.
• La intervención de Juana de Arco
Sin embargo, en 1422 la muerte sorprendió no sólo al rey francés Carlos VI sino también a Enrique V. Su heredero apenas contaba un año de edad y fue su tío el duque de Bedford quien asumió la regencia. Por su parte, un sector de la nobleza francesa juró lealtad al delfín Carlos (hijo del rey de Francia Carlos VI), que se había negado a aceptar el acuerdo de Troyes, que le excluía del trono.
Juana de Arco anuncia al delfín Carlos de Francia en su castillo de Loches la liberación de Orleans, miniatura del s. XV (Centro Jeanne d'Arc, Orleans, Francia).
En este momento de la guerra apareció un personaje peculiar: Juana de Arco. Aunque no era más que una campesina adolescente de Lorena, convenció a Carlos y a sus seguidores del carácter divino de la guerra contra los ingleses. Juana de Arco se puso al frente del ejército francés y atacó a los ingleses, que en aquel momento sitiaban Orleans. El entusiasmo de Juana de Arco se contagió a los franceses, que no sólo liberaron Orleans sino que vencieron también en la batalla de Patay (1429). Aunque el ejército dirigido por Juana fracasó ante París, los franceses reconquistaron Reims, donde Carlos fue coronado rey.
En 1430, Juana fue apresada por una partida de soldados borgoñones y vendida a los ingleses, quienes la acusaron de brujería y la sentenciaron a morir en la hoguera. Fue quemada en Rouen en 1431. Sin embargo, su intervención había dado un vuelco a la situación militar y política.
• El final de la guerra
En 1436, con la llegada de Carlos VII a París, la suerte de la guerra estaba prácticamente decidida. La ofensiva final contra los ingleses, que habían perdido a su mejor caudillo militar, el duque de Bedford, sólo se detuvo para aplacar la revuelta nobiliaria francesa conocida como la praguerie (1440). Un año después los ejércitos franceses, más numerosos y mejor equipados, expulsaron a los ingleses de Champagne. En una nueva campaña, las tropas de Carlos VII derrotaron a los ingleses en Formigny (1450) y conquistaron Normandía y Maine.
Francia durante la primera mitad del s. XV
A los ingleses sólo les quedaba la plaza de Calais y algunas comarcas de Guyena, alrededor de la ciudad de Burdeos. Cuando los franceses tomaron la fortaleza de Castillon, Inglaterra envió un contingente al mando de John Talbot, conde de Shrewsbury. Fueron sin embargo derrotados en 1453 y el propio Talbot murió en el campo de batalla. De todas las tierras francesas que Enrique V había llegado a dominar treinta años antes, los ingleses sólo conservaban la plaza fuerte de Calais, que aún permanecería en sus manos durante más de doscientos años.
Las consecuencias del conflicto
Francia salió fortalecida de la guerra. Era el estado más rico y poblado de Europa, y su monarquía había reafirmado su poder sobre los grandes feudos, ligados de manera directa a la Corona.
La suerte de Inglaterra fue totalmente distinta. La derrota trajo consigo una revuelta de la nobleza que desencadenó una guerra civil: la guerra de las Dos Rosas, que duraría casi 30 años.

Las cruzadas


Orígenes y causas de las cruzadas
A finales del s. XI, la Iglesia convocó a todos los cristianos de Occidente para que "tomaran la cruz" y se dirigieran a liberar Jerusalén. La idea de una guerra justa contra los musulmanes que ocupaban los lugares santos de Palestina se extendió rápidamente; no obstante, no fueron sólo razones religiosas las que empujaron a miles de europeos a encaminarse a Palestina.
Las cruzadas consistieron en una serie de expediciones militares cristianas dirigidas contra los musulmanes del Mediterráneo oriental con el objetivo de conquistar la Tierra Santa, en la que se encontraban los Santos Lugares donde había transcurrido la vida y la pasión de Jesucristo. Desde el s. XI, el papado y diferentes reyes cristianos habían impulsado la recuperación de los territorios del antiguo Imperio Romano que se encontraban bajo control del Islam. Sin embargo, fue el papa Urbano II quien convocó, de manera formal, la primera gran cruzada en el concilio de Clermont de 1095.
Las causas que empujaron a los cristianos a dirigirse hacia Palestina para recuperar los Santos Lugares fueron varias: por una parte, el impulso de la Iglesia a las peregrinaciones a los lugares santos del cristianismo y la protección de los peregrinos; por otra, la necesidad de dar salida a las ambiciones de los miembros segundones de la nobleza feudal, que quedaban excluidos de la mayor parte del patrimonio familiar. Un tercer motivo se añadía a los anteriores: el crecimiento económico que vivía la Europa occidental desde las primeras décadas del s. XI, que posibilitó la apertura de la economía europea al gran comercio mediterráneo. Las ciudades comerciales italianas (Pisa, Amalfi, Venecia), interesadas en desplazar a sus competidores musulmanes, promovieron las cruzadas para asegurarse el control del comercio con Oriente.
Miniatura del s. XV, perteneciente al Livre des passages d'outre-mer, que representa a Urbano II en el concilio de Clermont (Biblioteca Nacional de Francia, París).
Por otra parte, la irrupción de los turcos selyúcidas en la política internacional puso en peligro el equilibrio en el Mediterráneo oriental. Los turcos selyúcidas, que habían derrotado a las fuerzas bizantinas de Asia Menor (Mantzikert, 1071), lograron ocupar el Asia bizantina y se lanzaron contra Jerusalén (1078). La demanda de auxilio del emperador bizantino Alejo Comneno recibió una cálida acogida por el papa Urbano II, muy influenciado por las doctrinas de Cluny sobre la necesidad de la renovación de la Iglesia y la supremacía del papa frente al poder temporal. Así pues, Urbano II aprovechó el concilio de Clermont, en noviembre de 1095, para convocar una cruzada con el objetivo de arrebatar a los turcos los Santos Lugares. Al grito de "Deus lo volt" se organizaron las primeras expediciones guerreras europeas.
La primera cruzada (1096-1099)
Los señores feudales que atendieron la llamada del papa habían reunido un poderoso ejército compuesto por caballeros franceses, flamencos y alemanes comandados por el duque de Baja Lorena, Godofredo de Bouillon, así como normandos provenientes del sur de Italia, dirigidos por Bohemundo de Tarento, caballeros del sur de Francia, al mando de Raimundo IV de Tolosa, y barones normandos e ingleses dirigidos por Roberto de Normandía. Siguiendo itinerarios diferentes, este contingente de 3.000 caballeros y 12.000 infantes se reunió en Bizancio en la primavera de 1097. Tras largas y complejas negociaciones con el emperador bizantino cruzaron el Bósforo y se adentraron en Asia Menor.
• Las conquistas de Edesa y Antioquía
Tras derrotar a los turcos en Dorilea (1097), las fuerzas cruzadas se dividieron a la altura de Heraclea en dos grupos; una parte de los caballeros, comandada por Balduino, hermano de Godofredo de Bouillon, y por Tancredo, sobrino de Bohemundo de Tarento, se dirigió hacia el este y ocupó la ciudad de Edesa, donde fue fundado el primer estado latino en Oriente Medio: el condado de Edesa, bajo soberanía de Balduino.
Rutas de las cruzadas. Las cruzadas medievales, alentadas por la Iglesia, se inscriben en el contexto de la fase expansiva que conoció el occidente cristiano a partir del s. XI. En su origen intervinieron causas de orden político, económico y, sobre todo, religioso.
El grueso del ejército llegó ante Antioquía, la primera gran ciudad a la que arribaban los cruzados, conocidos por los musulmanes como ifrany (francos). El asedio, que se prolongó durante todo el invierno de 1098, agotó gran parte de los recursos de los cruzados, cuya situación se agravó al saber que un ejército turco al mando del atabeg Kerboga, gobernador de Mosul, avanzaba para socorrer a la ciudad. Sin embargo, cuando las fuerzas de Kerboga llegaron ante Antioquía, los cruzados ya habían ocupado la ciudad y se hallaban protegidos por sus murallas; finalmente, las fuerzas cruzadas lograron derrotar a las turcas que las asediaban. Bohemundo de Tarento, que había liderado a los cruzados durante la campaña, recibió la ciudad y las tierras vecinas, con las que formó el principado de Antioquía.
• La conquista de Jerusalén
En el verano de 1099, los cruzados se presentaron ante los muros de Jerusalén, donde decidieron no forzar la rendición de la ciudad por asedio, sino que construyeron torres de asalto con las que se lanzaron contra los muros. Tras varias horas de combate consiguieron abrir una brecha e irrumpir en la ciudad. Vencida la primera resistencia se desencadenó una matanza atroz; los habitantes de la ciudad, musulmanes, judíos y cristianos ortodoxos, fueron masacrados por los cruzados. Godofredo de Bouillon recibió el título de defensor del Santo Sepulcro y organizó la defensa de Jerusalén ante los previsibles ataques musulmanes.
• La fundación de los estados cruzados de Oriente
Tras la conquista de Jerusalén, Raimundo de Tolosa, que aspiraba a convertirse en rey de Jerusalén, se apoderó de Trípoli y de la franja costera. Balduino de Edesa fue nombrado primer rey de Jerusalén y completó la conquista de Palestina, asegurándose los principales puertos: Arsuf, Ascalón y Cesarea, al tiempo que construía una densa red de fortalezas que protegían los dominios cruzados.
Tras la conquista, los caudillos cruzados se repartieron los territorios y organizaron sus estados al modo de la Europa feudal, mediante pactos de vasallaje. Del reino de Jerusalén dependían el resto de dominios: los condados de Edesa y Trípoli y el principado de Antioquía; sin embargo, las relaciones entre estos señores cruzados fueron siempre inestables y a menudo violentas. La presencia de las potencias marítimas italianas (Génova, Venecia, Pisa, Amalfi) contribuía también a enturbiar los débiles vínculos entre los cruzados, ya que los intereses comerciales italianos no siempre coincidían con los intereses de los francos.
• La creación de las órdenes militares
La situación de guerra casi permanente entre cruzados y musulmanes obligaba a los primeros a mantener permanentemente numerosas guarniciones que asegurasen la defensa de lo conquistado, de las rutas comerciales y de las rutas de los peregrinos.
Gracias a su participación en las cruzadas, los caballeros de la orden del Temple se convirtieron en uno de los núcleos de poder más importantes del mundo medieval. Detalle de un fresco del s. XII, procedente de la capilla de los Templarios de Cressac, Francia (Museo Nacional de Monumentos Franceses, París, Francia).
Para proteger a los peregrinos que viajaban a Jerusalén se crearon las órdenes militares del Hospital de San Juan de Jerusalén (caballeros hospitalarios), a iniciativa de los mercaderes de la ciudad italiana de Amalfi, y del Temple (caballeros templarios). Estas órdenes estaban formadas por caballeros dedicados por entero a la guerra; eran soldados y monjes al mismo tiempo, puesto que, junto a las actividades guerreras, estaban obligados a tomar los votos monásticos. En pocos años, y gracias a las donaciones y al apoyo de los monarcas, aumentaron su poder y su prestigio. A medida que las órdenes crecían, templarios y hospitalarios se fueron convirtiendo en la pieza clave de la presencia política y económica de Europa en Tierra Santa.
La reconquista musulmana y la segunda cruzada (1147-1149)
La victoria de los cruzados se había debido en gran medida a la desunión de las fuerzas musulmanas. Los fatimíes egipcios estaban enfrentados a los turcos y a los sirios de Damasco y no supieron presentar un frente común a los cruzados, que contaron con el apoyo de las comunidades cristianas de Siria y Palestina, que los recibieron como libertadores. Esta situación varió sustancialmente cuando el atabeg Imad ad-Din Zenji, señor de Mosul y de Alepo, logró reunir un gran ejército y conquistó Edesa (1144).
Ante la amenaza que la ofensiva musulmana representaba para los territorios de Antioquía, Trípoli y Jerusalén, el papa Eugenio III encargó al abad Bernardo de Claraval la predicación de una nueva cruzada (1146) destinada a socorrer a los cristianos de Tierra Santa. En esta ocasión, a la llamada papal acudieron el emperador Conrado III y el rey Luis VII de Francia. Los dos ejércitos se concentraron en Bizancio, donde nuevamente se pusieron de manifiesto las diferencias entre los cruzados y los bizantinos a raíz de las pretensiones del emperador de Bizancio de someter a su autoridad todas las tierras conquistadas.
Saladino, el sultán de origen kurdo que gobernó Egipto y Siria durante el s. XII, gozó de una imagen mítica en Europa, gracias a su modo de obrar en las campañas, respetuoso y alejado de fanatismos. Retrato anónimo de Saladino, s. XVIII (Galería de los Uffizi, Florencia, Italia).
En 1147, los cruzados volvían a penetrar en Asia Menor y, siguiendo la ruta de la costa, llegaron a Jerusalén. Sin embargo, la cruzada fracasó al pretender acabar con el dominio musulmán en Siria; el clima, las divisiones entre los cruzados y lo reducido de sus fuerzas frente a las musulmanas provocaron el fracaso del ataque contra Damasco. Finalmente, ambos monarcas decidieron volver a Europa.
• Nur -ad-Din y Saladino
La defección cristiana coincidió con la aparición de dos vigorosos caudillos musulmanes cuya actuación decisiva logró la reconquista de la mayor parte de Palestina: Nur ad-Din y Salah ad-Din, más conocido como Saladino. Nur ad-Din unificó Siria bajo su mando, al tiempo que proclamaba la yihad o guerra santa contra los cristianos; de esta manera se aseguraba que los cruzados no pudieran aliarse con los turcos o con los fatimíes de Egipto contra él. Arrebató a los cruzados las tierras al este del río Orontes, amenazando Antioquía y Jerusalén, y pretendió el establecimiento de un pacto definitivo con Egipto. No obstante, sería su sucesor, Saladino, quien culminaría la tarea por él empezada: Saladino, de origen kurdo, fue enviado por Nur ad-Din a Egipto con el objetivo de reorganizar el ejército y la flota para completar el cerco sobre el ya maltrecho reino de Jerusalén.
A mediados de 1187 estalló la guerra entre francos y musulmanes a causa de los ataques de Reinaldo, que llegó incluso a amenazar la ciudad de La Meca; el enfrentamiento se saldó con la victoria de Saladino, quien derrotó al ejército cristiano en Hattin en julio de ese año. El rey Guido y los principales barones y maestres de las órdenes de caballería fueron apresados o murieron en la batalla. La frágil situación de los cristianos se puso de manifiesto ante el fulminante avance de Saladino: en octubre, Jerusalén y la práctica totalidad de Palestina cedían ante el poder musulmán. Los francos sólo pudieron conservar las ciudades de Tiro, Trípoli y Antioquía.
La tercera cruzada (1188-1192)
En Europa, la pérdida de Jerusalén causó una profunda conmoción. El papa Gregorio VII predicó una nueva cruzada, a la que se adhirieron los principales soberanos europeos: el emperador alemán Federico I Barbarroja y los reyes Felipe II Augusto de Francia y Ricardo I Corazón de León de Inglaterra.
La toma del puerto de San Juan de Acre y el control de la costa palestina fueron los únicos triunfos de la fracasada tercera cruzada. Miniatura de un manuscrito del s. XV de Speculum historiale (Museo Condé, Chantilly, Francia).
Los tres ejércitos acudieron por rutas separadas a Tierra Santa: el emperador lo hizo descendiendo por el Danubio hasta Bizancio, muriendo ahogado en el río Calicadno (actual Göksu, en Turquía) al poco de pasar al Asia Menor; mientras, ingleses y franceses llegaban a Palestina por vía marítima. La primera tarea de Ricardo y Felipe Augusto fue la de asegurarse el control de San Juan de Acre, la principal cabeza de puente con la que contaban las fuerzas cruzadas; pero a pesar de la rendición de la plaza, Felipe Augusto decidió volver a Francia. Por su parte, Ricardo derrotó a Saladino en las batallas de Arsuf y Jaffa; sin embargo, no logró recuperar Jerusalén ni el territorio interior de Palestina, y tuvo que conformarse con controlar el litoral.
Finalmente, se firmó un pacto entre Saladino y Ricardo según el cual los musulmanes seguían manteniendo el dominio sobre Jerusalén, con el compromiso de permitir el libre tránsito de los peregrinos a los Santos Lugares. La cruzada había vuelto a fracasar, más por la falta de unión entre los cruzados que por imposibilidad militar frente a las fuerzas de Saladino.
Cristianos contra cristianos en la cuarta cruzada (1202-1204)
A pesar de los fracasos cosechados, el nuevo papa Inocencio III promovió una nueva cruzada en 1202, a fin de socorrer a los cristianos de Tierra Santa y romper la supremacía del islam con la conquista de Egipto. En esta ocasión ningún monarca se mostró dispuesto a "tomar la cruz"; serían los barones franceses, alemanes y del norte de Italia quienes acudieran a la llamada. Los cruzados, dirigidos por Bonifacio de Monferrato, se concentraron en Venecia, cuyas naves debían trasladarlos hasta los puertos de Palestina.
Sin embargo, desde un principio surgieron complicaciones que ponían de manifiesto las verdaderas intenciones de Venecia en la empresa. La primera empresa de los cruzados fue la ocupación de la ciudad de Zadar, en la costa del mar Adriático; la ciudad, que pertenecía al reino de Hungría, fue entregada como pago a Venecia. A continuación, los cruzados se dirigieron a Bizancio.
La lucha por el control y la seguridad de Jerusalén fue la causa de los numerosos enfrentamientos entre musulmanes y cruzados, y motivó la intervención de las órdenes militares en la zona. Miniatura de un manuscrito del s. XV de Descriptio Terrae Sanctae (Biblioteca del Seminario, Padua, Italia).
Instigados por Venecia, al llegar a la capital del Imperio Bizantino, los cruzados participaron en una de las múltiples disputas palaciegas por el trono. Expulsados de la ciudad, los cruzados se reagruparon e iniciaron su asedio. Los motivos iniciales de la cruzada se habían abandonado y la conquista y el saqueo de las riquezas de Bizancio eran ahora el objetivo de los cruzados. Tras un duro y prolongado sitio, los cruzados asaltaron la ciudad y la sometieron a un terrible saqueo durante tres días. Dueños de la capital, nombraron emperador al conde Balduino IX de Flandes, que fundó el Imperio Latino de Oriente, sobre el que reinó como Balduino I. Durante los escasos cincuenta años de duración del imperio, los cruzados debieron mantener constantes luchas contra los griegos, que habían podido mantener un estado en Nicea (Asia Menor), contra los búlgaros de Macedonia y contra la creciente presión de los turcos desde el este.
La quinta cruzada y el olvido de Tierra Santa (1217-1220)
El papa Inocencio III predicó una nueva cruzada en 1215 que, por primera y única vez, sería dirigida y sufragada por el papado. El rey Andrés II de Hungría y numerosos caballeros alemanes debían dirigirse a Palestina para socorrer al rey de Jerusalén y emperador latino de Oriente, Juan I de Brienne, en la reconquista de Tierra Santa. El legado papal en la campaña, el cardenal de origen hispano Pelayo, ordenó la conquista de la plaza egipcia de Damieta, a fin de atacar después la ciudad de El Cairo y acabar con el mayor poder musulmán en la región, como paso previo para recuperar Jerusalén. Sin embargo, el sultán egipcio Al-Kamil derrotó a los cruzados ante El Cairo y los obligó a abandonar Egipto a finales de 1219.
La sexta cruzada (1228-1229)
Un personaje singular, el emperador alemán Federico II, encabezó la sexta cruzada. Con el objetivo de conquistar Tierra Santa, sobre cuyos territorios tenía derechos por su matrimonio con la princesa de Jerusalén, Yolanda de Brienne, el emperador reunió en Italia un poderoso ejército y se dirigió hacia Palestina. En 1227, el emperador desembarcó en San Juan de Acre, pero en lugar de atacar a los musulmanes entabló con ellos unas largas negociaciones que duraron dos años. Federico logró la entrega de Jerusalén a cambio de su compromiso para permitir la permanencia en ella de la población musulmana, libre para realizar su culto, y poner fin a la política agresiva del Occidente cristiano contra el Islam.
La segunda dominación cristiana de Palestina apenas duró quince años: en 1244, grupos de turcos procedentes de Asia central, de donde habían sido expulsados por los mongoles, asolaron Siria y, el 11 de julio, tomaron Jerusalén, que fue saqueada e incendiada. Sin embargo, la ofensiva de los mongoles de Hulagu contra los territorios musulmanes concedió a los cruzados de Palestina un respiro temporal.
El cruzado perfecto: san Luis, rey de Francia
Al igual que en 1187, la pérdida de Jerusalén causó una profunda conmoción en Europa. Ante este hecho, el piadoso Luis IX de Francia, rey luego canonizado por la Iglesia, organizó una nueva cruzada destinada, una vez más, a rescatar Tierra Santa. Luis IX partió de los puertos del sur de Francia y llegó a Chipre, desde donde se dirigió hacia Egipto. La conquista de Damieta (1249) permitió al rey francés el control del delta del Nilo; sin embargo, como en anteriores ocasiones, el clima y la falta de alimentos diezmaron al ejército cruzado. Los mamelucos egipcios consiguieron frenar el avance francés en la ciudad de Al-Mansura y, finalmente, obligaron a los cruzados a rendirse (1250), incluido el propio Luis IX, que tuvo que pagar un gran rescate por su liberación.
A mediados del s. XIII, la fatalidad impidió el éxito de las tropas comandadas por el rey Luis IX de Francia, que pretendían liberar la ciudad de Jerusalén y hacerse con el control del norte de África. Toma de Damieta, miniatura de Histoire de saint Louis, s XIV (Biblioteca Nacional de Francia, París).
El rey francés, que volvía derrotado a sus estados, no renunció a su ideal de caballero cruzado y, veinte años después de salir de Egipto, preparó una nueva expedición con el objetivo de conquistar Palestina. Sin embargo, en esta ocasión el primer objetivo no fue ni Palestina ni Egipto, sino la costa de Túnez, donde franceses e italianos tenían importantes intereses políticos y comerciales y desde cuyas plazas fuertes podrían lanzarse sobre Egipto. La expedición desembarcó sin contratiempos en Cartago (1270), pero al poco de poner pie en suelo tunecino se declaró una epidemia de peste que diezmó a los cruzados, incluido al rey francés. Su hermano y sucesor, Carlos de Anjou, se apresuró a firmar la paz con el emir de Túnez y regresó a Francia.
• El fin de la presencia cristiana en Tierra Santa
Sin posibilidad de recibir refuerzos desde Europa, la resistencia de los cristianos orientales ante la presión de los mamelucos egipcios era prácticamente nula. La derrota de los mongoles en la batalla de Ain Jalut (1260) a manos del sultán mameluco Qutuz, hizo que se desvanecieran las últimas esperanzas para los cruzados de Palestina. Liberado del peligro mongol y conocedor de la debilidad cristiana, el general Baybars, que había asesinado a Qutuz y asumido el sultanato, emprendió la ofensiva final.
El 14 de mayo de 1268, las fuerzas de Baybars entraron en Antioquía, la más importante de las ciudades francas, que había resistido durante 170 años los embates musulmanes; la ciudad fue arrasada hasta los cimientos y su población masacrada o esclavizada. La densa red de fortalezas que defendía los territorios cristianos fue desmantelada: la ocupación de la hasta entonces inexpugnable fortaleza del krak de los Caballeros (1271) reducía la presencia de los cruzados a unas pocas plazas costeras.
El nuevo sultán mameluco, Qalaun, continuó la política de su predecesor; mantuvo la tregua, pero se lanzó contra aquellas plazas cristianas que habían quedado fuera de los pactos. En 1289, Trípoli era arrasada y su población diezmada. La noticia llegó a Occidente y, en 1291, se presentó en Acre un nutrido ejército de francos que se cebó en los pacíficos mercaderes musulmanes de la ciudad. La reacción mameluca no se hizo esperar; ese mismo año se presentó ante Acre un gran ejército musulmán al mando del sultán Jalil, hijo y sucesor de Qalaun; la ciudad fue tomada al asalto y los cristianos que no pudieron huir fueron masacrados. Los últimos cruzados de ultramar decidieron evacuar Tiro, Beirut y Saida ante la inminencia del ataque mameluco, y se refugiaron en las islas de Chipre y de Rodas.
Las consecuencias de las cruzadas
Casi doscientos años después de la primera convocatoria, las cruzadas habían llegado a su fin; en principio, la situación política parecía no haber cambiado, pero la realidad era otra. Las cruzadas dejaron una profunda huella tanto en el Occidente cristiano como en el mundo islámico y en el Imperio Bizantino. Para la Iglesia de Roma cualquier guerra en la que la religión tuviera un papel importante pasaría a convertirse en cruzada. El mundo musulmán vivió las cruzadas como una calamidad, pues los cristianos habían llevado la destrucción a las prósperas ciudades de Palestina. El Imperio Bizantino, que había sufrido en propia carne la violencia de los cruzados, no obtuvo a cambio la tan deseada ayuda contra el avance de los turcos y su territorio fue objeto de la codicia de los caballeros feudales occidentales.
Pero si políticamente las cruzadas habían sido un desastre, no sucedió lo mismo en lo tocante a las relaciones comerciales. Los mercaderes europeos, que habían apoyado las numerosas campañas militares, lograron acabar con el monopolio musulmán y bizantino sobre el comercio de las especias orientales. Las grandes rutas comerciales que atravesaban Asia, como la de la seda, y llegaban a los puertos de Palestina fueron entonces dominadas por los comerciantes italianos, franceses y catalanes, que distribuían los productos de Oriente por Europa. De la misma manera, a través del contacto con Oriente se difundieron por Europa occidental nuevas técnicas productivas y gustos artísticos (literatura, arquitectura, pintura), a veces conocidos gracias al expolio al que fueron sometidos Bizancio y las tierras de Egipto y Palestina.

El Sacro Imperio romano germánico


La perpetuación del Imperio carolingio
Tras la partición del Imperio carolingio, mientras desaparecía la vieja dinastía en la Francia Occidental, en la Oriental los señores regionales restablecían los ducados. De uno de ellos, Sajonia, saldría el impulso decisivo para la reconstrucción de un imperio que se extendería desde el año 962 hasta su definitiva desaparición en 1806.
• Otón I: el primer emperador del Sacro Imperio
En 918, los nobles de la Francia Oriental eligieron como rey de Germania a Enrique el Pajarero, duque de Sajonia, que restableció el prestigio del Reino y rechazó a eslavos y a húngaros hacia el este.
Al morir Enrique I, en 936, su hijo, Otón I (912-973), le sucedió como duque de Sajonia y rey de Germania. Se hizo coronar y consagrar en Aquisgrán, la antigua capital carolingia, lo que dejaba entrever su proyecto de reconstrucción del orden imperial.
Su política se caracterizó por la exigencia de vasallaje a los grandes señores y obispos, a los que impuso limitaciones para transmitir en herencia sus feudos, garantizando de esta forma su poder y evitando la fragmentación del Reino.
El emperador Otón II rodeado por las provincias del Imperio (Museo Condé, Chantilly, Francia)
Asimismo, continuó el proceso de expansión hacia el este. Obligó al duque de Bohemia a rendirle vasallaje y estableció en el Elba y en el Saale dos marcas que servirían de apoyo a la creación en 968 de un arzobispado en Magdeburgo. Finalmente, su victoria frente a los húngaros en Lechfeld (955) lo convirtió en Otón el Grande. Con la incorporación de Lorena y el vasallaje de Borgoña, Otón extendió su poder más allá de Germania.
Otón I se convirtió en difusor del cristianismo mediante la creación de obispados y la evangelización del este. Con el tiempo, la suma de títulos, honores y victorias militares convirtieron a Otón I en el primer dirigente de la cristiandad occidental.
La intervención había comenzado en 951, cuando se apoderó de la Corona de Italia y, con el fin de asegurar sus derechos y afianzar su autoridad, se casó con Adelaida, viuda del último rey italiano. La tradición establecía que el título imperial debía pertenecer al señor de Italia, por lo que Otón, tras acudir a socorrer al papado, sacudido por la pugna entre las grandes familias romanas, fue coronado emperador por el papa Juan XII, en 962. Comenzaba así la historia del Sacro Imperio romano germánico.
Otón I se presentó como el heredero de Carlomagno. Sin embargo, la dimensión de los territorios carolingios era muy superior a la de los administrados por Otón I. Además, se enfrentaba a la reorganización militar del Imperio bizantino. A su muerte, en 973, dejó a su hijo con la difícil empresa de consolidar un imperio que para muchos de sus vasallos sólo representaba una soberanía simbólica.
• Otón II: una pesada herencia
El hijo y sucesor de Otón I, Otón II, tuvo que hacer frente a numerosas dificultades. En Alemania, su primo Enrique de Baviera le disputó los derechos al trono imperial.
Por su parte, el rey Lotario de Francia pretendió apropiarse de Lorena y en el sur de Italia, musulmanes y bizantinos se disputaron la región, y ni siquiera el acuerdo matrimonial entre Otón II y la princesa bizantina Teófano garantizó al emperador el dominio del sur ya que una alianza musulmana y bizantina le derrotó en el cabo Colonna (980).
Tras diez años de reinado, Otón II moría en 983 dejando a su hijo Otón III una herencia aún más complicada que la suya.
• Otón III: un imperio universal
Otón III recibió la herencia imperial con tan sólo tres años de edad. Su madre, la princesa bizantina Teófano, asumió la regencia hasta 991 y su abuela, Adelaida, hasta 994.
Tras pacificar Alemania y asegurar las fronteras orientales, Otón III se dirigió a Italia para colocar en el trono pontificio a su primo Bruno de Carintia, elegido papa con el nombre de Gregorio V, afirmándose así la sumisión del papado al Imperio. Poco después, Otón III volvió a intervenir en la elección papal, imponiendo a su amigo y preceptor Gerberto de Aurillac.
En 999, Otón se estableció en Roma e inició una reforma institucional, la Renovatio Imperii, que pretendía conseguir la unión imperial entre Oriente y Occidente y regular la relación entre el papado y el Imperio. Sin embargo, la muerte prematura del emperador (1002) y la de Silvestre II (1003) precipitaron de nuevo al Imperio a un estado de crisis, no sólo política sino también cultural.
La evangelización de la periferia
La progresiva estabilización de las fronteras alcanzada por el Sacro Imperio a partir del s. X facilitó la tarea de cristianización de los pueblos eslavos, escandinavos, bálticos y húngaros. Ortodoxos, bajo la primacía espiritual del patriarcado de Constantinopla, y católicos, sometidos a la autoridad del papa compitieron en los ámbitos religioso y político por extender su influencia sobre la Europa oriental.
El Sacro Imperio romano germánico (inicios del s. XI).
La influencia occidental, reuniendo catolicismo y feudalismo, se impuso sobre el paganismo y las estructuras tribales de los pueblos de la Europa oriental. Aunque hubo excepciones, así los lituanos no se convirtieron al catolicismo hasta finales del s. XIV.
Polonia apareció en escena después del bautismo y coronación de su príncipe Mieszko en 966. La nueva fe actuó como elemento de cohesión entre las distintas tribus polacas que ocupaban los territorios comprendidos entre el Oder y los pantanos del Prípiat.
Por otra parte, los nómadas magiares, que durante años devastaron en continuas razzias el Occidente cristiano, fueron finalmente derrotados en Lechfeld, en 955. A partir de este momento, se instalaron definitivamente en la llanura del Danubio central. De esta forma se facilitó su progresiva cristianización por parte de misioneros llegados desde las sedes episcopales de Praga y Passau, que contaban con el apoyo de Otón I (973). El duque Vajk fue bautizado en 985, tomando el nombre de Esteban y convirtiéndose en el primer rey de Hungría.
Por el contrario, el mérito de la evangelización de los eslavos orientales, serbios, búlgaros y rusos, correspondió a Bizancio. El Estado de Kíev, en la actual Ucrania, se convirtió en el centro de irradiación del cristianismo ortodoxo. De este modo, los rusos se unieron a la Iglesia de Constantinopla y, por tanto, a la influencia de la civilización griega.
El Sacro Imperio durante los ss. XI y XII
De la muerte de Otón III a la coronación de Federico I Barbarroja, se sucedieron tres casas imperiales: la sajona, la salia, o de Franconia, y la suaba. La consolidación de la autoridad imperial en el interior de una Alemania dominada por los grandes señores feudales, la defensa del este ante las acometidas eslavas y las relaciones con Roma fueron los ejes sobre los que discurrió la política del Sacro Imperio durante este período.
• De Enrique II a Enrique III: sajones y salios
A Otón III le sucedió Enrique de Baviera, último de los emperadores originarios de la casa ducal de Sajonia. Sus esfuerzos por imponer su autoridad en Italia y por someter a los eslavos en las fronteras orientales obtuvieron escasos resultados. A su muerte en 1024, le sucedió Conrado II, primer representante de la casa de Franconia, que consiguió recuperar el prestigio del título imperial. Su potencia militar obligó a polacos, bohemios y húngaros a firmar acuerdos de paz en los que aceptaban la supeditación al Imperio.
En 1032 reclamó los derechos de la anexionada Borgoña. De este modo, se convirtió en titular de las coronas germánica, italiana y borgoñona.
En Italia siguió aplicando la política de hegemonía imperial sobre el papado y buscó apoyo en la pequeña nobleza constituida por los milites o valvasores, hombres de armas que disponían de una montura, para frenar el poder de baronías, ducados y obispados tal como refleja la Constitutio de feudis de 1037.
Página miniada de un manuscrito iluminado que representa al emperador Enrique IV pidiendo el levantamiento de su excomunión al papa Gregorio VII mediante la intercesión de Matilde de Toscana en 1077 (Biblioteca Apostólica Vaticana, Roma, Italia).
El sucesor de Conrado fue Enrique III (1039-1056), que siguió la tradición de sus antecesores de imponer como papa a sus protegidos: Clemente II y, posteriormente, León IX. Sin embargo, las continuas intervenciones imperiales despertaron grandes resentimientos entre sus rivales, como atestiguan las disputas que enfrentaron a güelfos contra gibelinos. También empezaron los conflictos entre el papado y el emperador, como el que enfrentó a Enrique IV (1050-1106) con Gregorio VII, quien, al prohibir que los señores invistieran a los eclesiásticos, desencadenó la querella de las Investiduras. Gregorio VII llegó a excomulgar al emperador, que era contrario a las disposiciones papales pero que se vio obligado a retractarse.
• Güelfos contra gibelinos
El reinado de Lotario II (1125-1137) constituyó un símbolo de los éxitos tanto de la alta aristocracia alemana como de la Iglesia, pero, a la vez, fueron los años en que cristalizaron dos grandes bandos de la nobleza alemana. Los welfen, aliados a los duques de Baviera y defensores del papa; y los weiblingen, partidarios de los duques de Suabia, y favorables al poder imperial. Trasladados a Italia, estos apelativos derivan respectivamente en güelfos y gibelinos.
Miniatura del Speculum historiale (s. XII), obra de Vincent de Beauvais, que representa a los hermanos Federico y Conrado de Suabia luchando contra el emperador Lotario II y la coronación de éste por Inocencio II. (Museo Condé, Chantilly, Francia)
Además, se reavivó la querella de las Investiduras, que se prolongó durante casi medio siglo. El concordato de Worms (1122) aportó soluciones parciales sobre a quién correspondía el nombramiento de los obispos. Según la Iglesia, el papa gozaba del dominium mundi y el rey debía limitarse a ejercer la función de advocatus Ecclesiae. Por el contrario, los partidarios del emperador aseguraban que el poder del papa debía circunscribirse al ámbito espiritual.
Durante el reinado de Conrado III (1137-1152) empezó la colonización alemana de la costa báltica y de los territorios eslavos más occidentales, como Pomerania, Prusia, Bohemia o Silesia, mientras que la situación en Italia se agitó con la proclamación de una república en Roma, dirigida por Arnaldo de Brescia, el cual, ante la situación en que se encontraba la Santa Sede, proclamaba un retorno a la humildad y la austeridad propias de los primeros cristianos.
Los emperadores de la casa de Suabia
La llegada de la casa de Suabia, los Staufen, al trono imperial se caracterizó por los intentos de consolidar el poder imperial y asegurar su supremacía sobre la Santa Sede, a lo que sucesivos papas respondieron con virulencia.
• Federico I Barbarroja
Federico I, hijo del duque Federico de Suabia, fue elegido rey de Alemania y de romanos en 1152. Apoyándose en Enrique el León, duque de Baviera, y en Enrique Jasomirgott, señor del nuevo Ducado de Austria, consiguió pacificar Alemania, limitando el poder de los grandes señores feudales.
En 1156, el papa Adriano IV confirmó a Guillermo de Sicilia como rey de Nápoles y Sicilia, en contra de los intereses del emperador. Por otra parte, la condesa Matilde de Toscana, viuda del duque de Lorena, dejó su herencia a la Iglesia. El emperador consideraba que el legado era de su propiedad y concedió las propiedades como feudo a un señor laico. Asimismo, Federico I cedió la isla de Cerdeña a Welf de Baviera y rompió el concordato de Worms al nombrar como arzobispos a Reinaldo Dassel, en Colonia, y Guido de Blandarte, en Ravena.
Finalmente, el emperador ofreció su apoyo a la dieta antipapal de Roncaglia (1158), mientras que el nuevo papa Alejandro III (1159-1181) promovió diversas ligas italianas contra el emperador. Así, Federico Barbarroja promovió la elección de los antipapas Victor III y Pascual III. Por su parte, el papa Alejandro III excomulgó al emperador e intentó promover la rebelión de sus súbditos alemanes. Ante esta situación, Barbarroja entró en Roma (1167), entronizó a Pascual III y se hizo coronar por él. Sin embargo, las sucesivas ligas de ciudades italianas consiguieron reequilibrar la situación. Tras la derrota imperial en Legnano (1176), el emperador se verá obligado a reconocer a Alejandro III como papa y debió renunciar a sus aspiraciones sobre las ciudades italianas.
En los últimos tiempos del reinado de Barbarroja, en el año 1187, el sultán Saladino ocupó Jerusalén y varias plazas fuertes de los cruzados en Tierra Santa. Como respuesta, el papa Clemente III predicó una nueva cruzada que encabezó el propio emperador. Federico I Barbarroja moriría ahogado durante el paso del río Kydnos, en Anatolia, en 1190.
• Enrique VI y la expansión de los Staufen
El sucesor de Federico Barbarroja fue Enrique VI, quien tomó la Corona imperial en abril de 1191. Al mismo tiempo reclamó para su esposa Constanza la Corona siciliana; pero los sicilianos, que no querían estar bajo dominación germánica, proclamaron rey a Tancredo de Lecce, sobrino natural de Constanza. Sin embargo, la muerte de Tancredo en 1194 hizo que Enrique VI lanzase un ataque que le permitió ocupar los ducados de Apulia y Calabria y el propio Reino de Sicilia.
Esto significaba la consecución de un poder único desde el Báltico al golfo de Tarento. La gran extensión alcanzada por los territorios bajo jurisdicción imperial inquietó profundamente a la Santa Sede que, para contrarrestar el poder imperial, decidió apoyar a los normandos, que controlaban varios principados territoriales en el sur de Italia y en Sicilia.
El papado y el imperio
A la muerte de Enrique VI y de Constanza de Sicilia estalló la guerra entre los tres candidatos al trono: su hijo, Federico de Sicilia, aún demasiado joven, el gibelino Felipe de Suabia y Otón de Brunswick, hijo de Enrique el León y candidato de la facción güelfa.
El papa Inocencio III, quien se había asegurado su dominio en Occidente, se declaró tutor de Federico y consideró como legítimo sucesor a Otón de Brunswick.
En 1208, Felipe de Suabia fue víctima de una conjura que proporcionó el trono a Otón. Liberado de su rival, Otón IV aspiraba al dominio total en Italia por lo que se enfrentó al papado. Inocencio III excomulgó al emperador y abogó por Federico de Sicilia y su promesa de gobernar por separado sus dominios imperiales de Italia y Alemania, promesa que no cumplió.
En el año 1212, los partidarios de Federico le proclamaron rey en Frankfurt. El rey Juan de Inglaterra y varios nobles del norte de Francia apoyaban a Otón IV. Por otra parte, al lado de Federico, se encontraban el pontífice y el rey Felipe IV Augusto de Francia. El enfrentamiento militar entre ambos bandos tuvo lugar en Bouvines, en 1214, con la victoria de Felipe IV Augusto sobre Otón IV.
La disputa por la hegemonía europea
Federico II heredó de su padre Enrique VI, el Sacro Imperio, y de su madre Constanza de Hauteville, el sur de Italia. La Iglesia, temerosa de perder sus privilegios ante el creciente poder imperial en Alemania e Italia, no dudó en presentar a Federico II como el Anticristo, amigo de judíos y musulmanes e indiferente ante la invasión de los mongoles. La guerra que enfrentó al papado contra el Imperio tomó entonces el aspecto de una cruzada.
• Federico II: el poder imperial
El papa Gregorio IX, sucesor de Honorio, instó a Federico a tomar la cruz de Tierra Santa. En 1227 el emperador partió de Brindisi, pero retorna poco después excusándose en una supuesta enfermedad. Ante la disolución del ejército, Gregorio IX excomulgó al emperador, mientras un alzamiento popular en Roma forzó la huida del papa. Finalmente, Federico se embarcó en la sexta cruzada y consiguió mantener las posiciones cruzadas en Jerusalén, Belén y Nazaret.
A pesar de este éxito, Gregorio IX renovó la excomunión contra Federico. A su regreso, retomó varias plazas perdidas a su marcha y pactó con el papa el retorno de las posesiones clericales a cambio del perdón. En Alemania sofocó la revuelta de su hijo Enrique, muerto finalmente en prisión. En 1237, al norte de Italia, venció en Cortenuova a la liga Lombarda. Un año después nombró a su hijo natural, Enzio, rey de Cerdeña. Gregorio IX volvió a excomulgarlo en marzo de 1239. La guerra entre güelfos y gibelinos se amplió al terreno propagandístico y ambas partes se acusaron mutuamente de herejía.
• La lucha contra el imperio: el concilio de Lyon
El enfrentamiento entre el papado y el Imperio alcanzó su punto culminante con la celebración de un concilio ecuménico en Lyon, ya que Roma era insegura para el papa Inocencio IV. La condena al emperador, que fue depuesto, y la instigación al uso de armas tanto morales como físicas, con fines pacificadores, provocó un recrudecimiento en todos los frentes.
Tras una serie de derrotas, Federico II murió en 1250. El sucesor fue su hijo Conrado, elegido en contra de los deseos de Inocencio IV, que apoyó a Guillermo de Holanda. Sin embargo, Conrado IV murió en abril de 1254 y su hijo y heredero, Conradino, apenas un niño, fue puesto bajo la tutela del papa.
Un imperio simbólico
La desaparición de la dinastía Staufen supuso el fin de la idea imperial como realidad política. El mito imperial sólo renació durante el reinado del emperador Carlos V de Habsburgo (Carlos I de España), cuyos estados patrimoniales le convirtieron en el soberano más poderoso de Europa. Sin embargo, su reinado estuvo dominado por el enfrentamiento entre católicos y protestantes, que dividió al Sacro Imperio en dos bandos irreconciliables. Desde hacía varios siglos, el poder real recaía en los grandes principados territoriales.
El emperador Carlos V intentó sustentar su poder en la defensa de la Iglesia católica frente a los príncipes protestantes que cuestionaban tanto a Roma como a los derechos imperiales. De esta manera, Carlos V intentaba reforzar la dimensión "sacra" y "romana" de su "Imperio germánico". Pero, finalmente, la paz de Augsburgo (1555) selló la división religiosa de Alemania al adoptar la fórmula jurídica "cuius regio, eius religio". La vieja institución imperial se había convertido en un título más de los Habsburgo.
El emperador Leopoldo I de Habsburgo visita un convento de franciscanos en Grignano en 1660. Pintura de Cesare Dell'Acqua, del s. XIX. (Castillo de Miramare, Trieste, Italia)
Desde el final del reinado del emperador Carlos V (1556) hasta la desaparición del Sacro Imperio, con la renuncia a la corona imperial por parte de Francisco II (1806), el Imperio fue una débil y poco definida federación de los principados territoriales de Alemania presididos por la dinastía Habsburgo. La guerra de los Treinta Años y sobre todo la paz de Westfalia (1648) precipitaron en gran manera la desintegración política del Imperio y, desde entonces, ya ningún emperador intentaría ejercer una autoridad monárquica centralizada y fuerte.
Las revoluciones liberales y la aparición del nacionalismo convirtieron la estructura supranacional del Imperio en una institución anacrónica. A principios del s. XIX, y a pesar de los intentos de Napoleón, presentándose como heredero de Carlomagno, por restituir la grandeza del Imperio, éste ya estaba tocando a su fin. Con la renuncia al trono de Francisco II de Austria, el 6 de agosto de 1806 se puso término a casi un milenio de historia.
El renacimiento otónico
Los grandes monasterios alemanes, como los de Saint-Gall o Corvey, fueron uno de los focos del renacimiento cultural surgido al amparo de los otónicos. En Saint-Gall trabajó Notker Labeo que realizó una fértil labor de traducción del latín al alto alemán, obras como el libro de los Salmos, los comentarios de Gregorio Magno, el Libro de Job y textos de Boecio, Aristóteles, Virgilio o Terencio, se cuentan entre su enorme producción. En Corvey, Witukind escribió las Res gestae Saxonicae, obra de carácter histórico que narra las proezas de la dinastía otónica. En Gadersheim, la monja Rosvita escribió poemas históricos y sagrados en bajo alemán y dramas en prosa.
De la misma forma, la herencia bajorromana y carolingia es recobrada en la arquitectura. Las basílicas de doble coro y de doble transepto, en las que los pilares y columnas separan la nave central de las laterales, constituyen el modelo más utilizado en la época. Pero la cima del renacimiento otoniano es la decoración de manuscritos, la iluminación. Se copiaron y adornaron códices sobre modelos carolingios y bizantinos. En estas obras, la falta de perspectiva, los fondos dorados y el hieratismo de las composiciones refuerzan el carácter sagrado de la escritura.
Corona del Sacro Imperio romano germánico atribuida al emperador Carlomagno, aunque realizada en Reichenau hacia el año 962 (Museo de Historia del Arte de Viena, Austria).
Este desarrollo cultural también se vivió en la corte imperial. La princesa bizantina Teófano, esposa de Otón II, facilitó la llegada de personajes eminentes como el calabrés Juan Filagatos o Gerberto de Aurillac. A Gerberto, que acabó siendo elegido papa con el nombre de Silvestre II, se le atribuyen la Geometría y el Liber de astrolabio, obras influenciadas por la matemática árabe. Su filosofía, muy cercana a la formulada por Boecio, se nutrió tanto de fuentes clásicas como cristianas. Como Cicerón, Silvestre II cree que política y moral son una sola entidad y que el beneficio público está por encima de la individualidad.
Asimismo, destacó el bibliotecario Anastasio, intérprete de textos griegos, secretario de Nicolás I, representante de la diplomacia papal y autor de una Chronographia tripartita.
En la corte también sirvió Liutprando de Cremona, natural de Pavía y de educación laica. Su excelente griego le sirvió para ser designado por Otón I embajador en Constantinopla. Fue el autor de Legatio, relato de su embajada al Imperio bizantino.
También la música se beneficia del impulso cultural de este período. Ogier de Laon establece la teoría del contrapunto melódico en su De harmonica institutione. Se extiende el canto a dos voces o en paralelo, desarrollándose de este modo la polifonía. En Germania, se perfecciona el canto llano con el uso del tropo. Finalmente, el órgano se convierte en el instrumento principal de la música religiosa.

El feudalismo


¿Qué es el feudalismo?
El término feudalismo deriva del sustantivo latino feudum, con el que se designaba al conjunto de bienes que un señor cedía a su vasallo a cambio de la prestación de servicios militares. Tal concesión se revistió de todo un complejo ceremonial que venía a refrendar el armazón jurídico e institucional que articulaba el sistema feudal (homenaje, juramento de fidelidad, investidura). El pacto feudovasallático obligaba a la fidelidad mutua entre otorgante y beneficiario, y constituyó el eje en torno al cual se vertebró el feudalismo en su período clásico, desarrollado en Europa entre los ss. XI y XIII.
Los orígenes del feudalismo
La génesis del feudalismo fue el resultado de un complejo proceso desarrollado en el período de transición de la antigüedad al medievo. El feudalismo vendría a ser el resultado de la fusión de los elementos de la civilización romana con los de la sociedad germana. Es decir, la sociedad feudal se fue construyendo entre los ss. III y X en el contexto creado por la desaparición del Imperio romano, las invasiones de los pueblos bárbaros y la formación de los reinos germanos en el seno de los territorios del viejo Imperio.
El punto de partida de todo el proceso se situaría en la denominada crisis del s. III, expresión con la que se alude al conjunto de desajustes de índole económica, social y política que abren el período de decadencia del Imperio. Sus rasgos generales se pueden resumir en una progresiva ruralización, paralela a la decadencia de la vida ciudadana consecuencia, en parte, de una presión fiscal cada vez más fuerte y de la inestabilidad del poder político. El final de las guerras de conquista y la generalización de las manumisiones explican el retroceso de la esclavitud, con lo que hubo de recurrirse, para la explotación de unas propiedades cada vez más extensas, a mano de obra que trabajaba el campo enmarcada dentro de un régimen de colonato.
Los campesinos constituían el último eslabón de la pirámide social. Recibían la protección del castillo, en caso de guerra, a cambio de trabajar su tierra y el pago de la renta feudal. Señor y campesinos en una miniatura de 1300 (Museo Británico, Londres, Reino Unido).
Junto a la crisis interna, la presión de los pueblos bárbaros sobre las fronteras del Imperio contribuyó a acelerar el derrumbamiento de la estructura imperial. Los pueblos germanos eran, básicamente, pueblos guerreros, que vivían de una débil agricultura itinerante y del pastoreo, nómadas, con una articulación social de carácter gentilicio cuya base estaba compuesta por hombres libres que luchaban bajo el mando de una aristocracia militar, donde estaba muy desarrollado el concepto de fidelidad personal. El Imperio no pudo contener las sucesivas rupturas fronterizas protagonizadas por estos pueblos, hasta el asalto definitivo y la ocupación de las tierras del antiguo Imperio por una amplia variedad de pueblos germanos.
Entre los ss. III y VI se fue produciendo la fusión de elementos de origen romano, como la encomendación o el beneficio, con otros de origen germano, como el comitatus. La encomendación definía el proceso por el que un campesino entraba a formar parte de la clientela de un gran propietario, bien para huir del endeudamiento, bien para acceder a una protección de la que carecía en tiempos de creciente inseguridad. En virtud de esta encomendación, ambas partes quedaban ligadas: el gran propietario quedaba obligado a dar patrocinium o protección al campesino, mientras que éste le debía, a cambio, obediencia. El beneficio designaba la concesión de un bien, generalmente tierras, en usufructo por parte de un señor a un campesino. El comitatus era una forma de clientela personal, por la que hombres libres se ponían al servicio de un jefe militar que compartía con ellos el botín y los beneficios de las campañas militares. Entre los ss. VI y X, estas instituciones fueron evolucionando hacia la constitución de una sociedad articulada cada vez en mayor medida a través de lazos de carácter personal y privado.
Paulatinamente, los grandes dominios territoriales se fueron transformando en señoríos, al acumular los propietarios de las tierras diversas prerrogativas sobre los campesinos instalados en su dominio que antes correspondía ejercer al poder público. Estas prerrogativas eran de carácter jurídico, militar, fiscal, etc., y el conjunto de las mismas recibía la denominación de banalidades.
Alfonso II despacha con Ramon de Caldes, deán de Barcelona. Miniatura de la compilación de los documentos para el Liber feudorum maior (s. XII), cartulario de los feudos reales, que contiene escrituras que abarcan desde la restauración postalmanzoriana hasta la muerte del monarca (Archivo de la Corona de Aragón, Barcelona, España).
Paralelamente al desarrollo del señorío se iba produciendo la conversión de los campesinos instalados en él, de hombres libres a siervos adscritos a la tierra. Desde un punto de vista estrictamente jurídico, los campesinos podían ser hombres libres, colonos o esclavos. Pero la realidad socioeconómica de estos grupos fue igualándose, al quedar sin efecto los privilegios que distinguían al hombre libre, como el derecho a ser juzgado por tribunales públicos o a disponer de sus bienes. El servicio de armas debido al señor fue asumido directamente por éste, siendo desplazado por la prestación de servicios, como las corveas, que se consideraban sustitutivos de aquél.
En el s. X, las relaciones de vasallaje estaban ya generalizadas. Un hombre libre, que disponía de los bienes suficientes para hacer la guerra, buscaba la protección de otro declarándose su vasallo a cambio de la concesión, por parte de éste, de un feudo en beneficio. Así se fue consolidando una sociedad profundamente jerarquizada y con una estructura piramidal, puesto que un hombre podía ser vasallo y señor al mismo tiempo.
Por otra parte, en esta época, los grandes dominios territoriales se habían transformado ya en señoríos, en los que el señor ejercía su autoridad sobre la masa de campesinos dependientes. Junto a la consolidación del feudalismo, desde el punto de vista institucional y socioeconómico, se fue produciendo también una fragmentación del poder político en una multitud de principados territoriales.
Economía feudal
La economía feudal fue, básicamente, una economía agraria organizada en grandes dominios.
• El dominio territorial
Los dominios territoriales constaban de dos elementos principales: la reserva o mansus indominicatus y los mansos o terra mansionaria. La reserva constituía la parte del dominio explotada directamente por el señor, donde se ubicaba la curtis, las tierras de cultivo del señor, la iglesia y edificios anejos a la residencia señorial, etc. El resto del dominio se dividía en mansos, tenencias o parcelas que el señor concedía para su explotación a los campesinos. Pueden distinguirse, fundamentalmente, dos tipos de tenencias: las que debían pagar un censo por su explotación al señor y las que se entregaban a cambio de un porcentaje de los frutos obtenidos de su explotación. La tenencia, además de una unidad de producción, constituía también una unidad de recaudación de los derechos señoriales.
Este esquema de dominio señorial fue evolucionando con el transcurso del tiempo. La reserva señorial fue disminuyendo su extensión a partir del s. XI, básicamente debido a la sustitución de las prestaciones de trabajo por rentas en dinero.
• El dominio señorial
La fragmentación extrema del poder político, característica de los primeros tiempos del feudalismo, permitió a los grandes propietarios obtener derechos jurisdiccionales sobre los campesinos que trabajaban dentro de sus tierras.
La villa de Cardona (Barcelona, España) fue un vizcondado perteneciente a los vizcondes de Osona, que a partir de 1062 tomaron el título de vizcondes de Cardona. La participación de los Folc (el nombre más característico de la saga) en la política los llevó a luchar en numerosas campañas nacionales al lado de los reyes de Aragón, aunque también lideraron una rebelión de nobles contra Pedro II en 1281.
Al dominio territorial, es decir, a las tierras propiedad del señor, se unía el dominio señorial. El dominio señorial se componía del conjunto de derechos percibidos por el señor en virtud de la apropiación de las cargas que en el realengo se ingresaban en la Hacienda pública, derivadas de las prerrogativas judiciales, fiscales, arancelarias, etc., que el señor ejercía sobre un territorio.
Entre los beneficios obtenidos por el dominio señorial se encontraban los aranceles sobre las mercancías en circulación por el territorio del dominio, como los portazgos; los percibidos en sustitución de las obligaciones militares, como la fonsadera; la obligación de sufragar la manutención y el alojamiento del señor en caso de desplazamiento; los monopolios sobre molinos, lagares, hornos, etc., las reparaciones y el mantenimiento de infraestructuras, como caminos o edificios; las multas y confiscaciones derivadas del ejercicio de la justicia.
Además, el señor controlaba los pesos y medidas, tenía preferencia en el uso de las tierras baldías de uso comunal y regulaba, en definitiva, la vida económica del territorio sometido a su jurisdicción.
• La renta feudal
Los pagos realizados por los campesinos en virtud tanto del dominio territorial como del señorial constituían la renta feudal. En función de cómo se fue devengando la misma se ha distinguido entre renta-dinero, renta-especie y renta-trabajo. La aportación de cada una de ellas a la renta total fue variando a lo largo del tiempo.
En los primeros siglos de formación y consolidación del sistema feudal, la renta-trabajo tenía un peso muy importante. La reserva señorial se explotaba, básicamente, gracias a este tipo de renta. También la renta-especie, es decir, la entrega al señor de una parte de los productos obtenidos por el campesino en su explotación, era muy importante. La renta-dinero, por el contrario, tuvo un peso reducido hasta el s. XI, en parte debido a la escasez de circulación monetaria.
Abadía románica de Cluny (Francia), fundada por el abad san Bernón y por el duque de Aquitania en el s. X. La organización interior de la abadía utilizó conceptos feudales: ingresos económicos de sus monasterios filiales, relación de vasallaje de los monjes con el abad de Cluny...
La expansión que experimentó Europa a partir del s. XI fue la causa fundamental de la pérdida de importancia de los tipos de renta que, con anterioridad, habían constituido el grueso de las prestaciones debidas por los campesinos a sus señores. A medida que la economía monetaria se fue extendiendo, los señores necesitaron mayor cantidad de dinero para poder hacer frente a los gastos derivados del consumo de los productos que llegaban a Europa mediante el comercio con Oriente. Por ello, fueron progresivamente sustituyendo la renta-trabajo por la renta-dinero. Con ello se contribuyó a estimular la venta de los excedentes agrarios generados en las explotaciones campesinas y, como consecuencia, la dinamización de los mercados urbanos.
Otra de las piezas fundamentales que integraban la renta feudal era el diezmo, es decir, la entrega a la Iglesia de la décima parte de los frutos obtenidos en la cosecha.
Una sociedad fuertemente jerarquizada
Los pensadores medievales elaboraron una concepción de la sociedad feudal basándose en las funciones desempeñadas por cada grupo social y que se conoce como tripartita o trinitaria. Según esta concepción, la sociedad feudal se dividiría en tres órdenes, conocidos por su nombre en latín: los que rezaban, oratores; los que hacían la guerra, bellatores, y los que trabajaban la tierra, laboratores.
Este esquema trifuncional pretendía subrayar la superioridad de la función sacerdotal sobre la militar en un momento de fuerte disgregación del poder político y de debilidad de las monarquías.
Pero más allá de esta concepción estática de la sociedad, si se tiene en cuenta la parte de renta feudal de la que se beneficiaba cada grupo, entonces la sociedad feudal quedaba claramente estructurada en dos grandes grupos: señores y campesinos.
Los señores ocupaban la cúspide de la sociedad feudal, integrando tanto a la aristocracia de origen laico como eclesiástico, dado que los altos dignatarios de la Iglesia disponían, en sus propiedades, de atribuciones señoriales similares a las de la nobleza laica.
Dentro del grupo de los señores existía, a su vez, una profunda estratificación que iba, en el caso de la nobleza seglar, desde los príncipes territoriales hasta los simples caballeros. El rasgo que les confería cierta homogeneidad era el monopolio de la guerra, es decir, su dedicación a la caballería. También los eclesiásticos estaban fuertemente jerarquizados: por un lado, obispos, abades y altas dignidades eclesiásticas; por otro, monjes o sacerdotes, que a menudo constituían un auténtico proletariado eclesiástico.
El claustro gótico del monasterio de Santa María la Real de Nieva (Segovia, España), de principios del s. XV, contiene 87 capiteles que representan las más diversas escenas (de trabajo, caza, torneos, festejos taurinos, hagiografía, ...). Relieve en un capitel de un campesino que ara la tierra con dos bueyes.
Por su parte, el campesinado tampoco constituía una clase homogénea. Las causas de su estratificación social eran diversas: acumulación de tierras por herencia, por venta de excedentes, etc. Por ello, se han distinguido tres grandes grupos en el campesinado medieval europeo. El estrato más acomodado del campesinado estaba integrado por el grupo de labriegos que disponían de tierras y que eran propietarios de los instrumentos de labor. Normalmente, ocupaban los puestos directores de las comunidades campesinas. Un segundo grupo estaba constituido por los campesinos que disponían de menor volumen de tierras que los anteriores, pero suficientes para mantener sus necesidades. En la base de esta estratificación se situaba la amplia masa campesina, que carecía de tierras suficientes para el sostenimiento de la unidad familiar.
A partir del s. XI se produjo un renacimiento de la vida urbana que trajo, entre otras consecuencias, el crecimiento y fortalecimiento progresivo de una nueva clase social, la burguesía. No obstante, las ciudades medievales reproducían, en su estructura interna, la estructura social del feudalismo, distinguiéndose dos grupos claramente diferenciados: el patriciado y la plebe urbana. La estructura jurídica que regía el funcionamiento de la ciudad y la relación de ésta con el territorio circundante era similar a la de un señorío colectivo, que extendía su poder sobre las aldeas de su entorno.
El final del feudalismo
Desde la óptica juridicoinstitucional, el feudalismo se encontraba ya en crisis a partir de finales del s. XIII. Las instituciones feudovasalláticas dejaron de ser un rasgo característico del sistema político y social europeo. Lo que se mantuvo, según esta concepción, hasta finales del s. XV fueron supervivencias del pasado, en un contexto de grave crisis.
La guerra de los Cien Años agravó la crisis que asolaba Europa en el s. XIV. En la guerra participaban sólo los caballeros, que dedicaban su vida al servicio de las armas. Miniatura de la batalla de Poitiers (1356) que ilustra las Crónicas de Froissart (Biblioteca del Arsenal, París, Francia).
La historiografía marxista plantea la vigencia del feudalismo hasta las revoluciones burguesas del s. XIX. El período comprendido entre los ss. XVI y XVIII estaría caracterizado por lo que se ha dado en llamar feudalismo tardío, es decir, el ascenso de formas económicas y sociales de carácter mercantil y capitalista, pero en un medio en el que el modo de producción dominante continuaba siendo el feudal. El derrumbamiento definitivo del sistema feudal, desde este punto de vista, se inició con la abolición de los derechos feudales el 4 de agosto de 1789 por parte de la Asamblea Constituyente, durante la Revolución francesa.