Tuesday, February 27, 2018

Los aztecas


Aztecas y mexicas
Los aztecas eran un grupo étnico amerindio que protagonizó la última gran civilización precolombina de América Latina. Aunque suele hablarse del Imperio azteca, o indistintamente del Imperio mexica, los aztecas, en ciertas épocas, más que constituirse en un imperio centralizado se organizaron en un conjunto de ciudades-estado. El hecho de que una de las principales ciudades aztecas, Tenochtitlan, gobernada por la tribu de los mexicas, fuera el núcleo hegemónico del territorio ha conducido a esta asimilación entre azteca y mexica.
A principios del s. XIX, los líderes de la independencia mexicana bautizaron al nuevo Estado con el nombre de República Mexicana. En realidad, tan aztecas eran los mexicas como otras tribus que formaban parte del mismo grupo étnico (los acolhuas de Texcoco –con quienes estuvieron federados–, los chalcos –a quienes conquistaron– o los tlaxcaltecas –que ayudaron a Hernán Cortés a someter Tenochtitlan).
Construcción de la ciudad de Tenochtitlan según un manuscrito del s. XVI (Museo de la Ciudad de México, México D.F., México).
El término azteca se utiliza para designar, además de a un grupo étnico y lingüístico, a una civilización multiétnica que asimiló a pueblos diversos mediante la expansión imperial.
La época preimperial (1200-1428)
Los aztecas, procedentes del norte de México, eran un pueblo chichimeca que se asentó en el valle central del país y creó allí una cultura continuadora de la tradición tolteca. Estaban organizados en ciudades-estado, gobernadas por reyes absolutos de origen divino, continuamente enfrentadas entre sí. Las guerras tenían como objetivo el cobro de tributos y la captura de guerreros enemigos, que eran ofrendados en sacrificio a los dioses. Los mexicas eran una tribu azteca especialmente violenta, cuya independencia se consolidó tras la fundación de Tenochtitlan y después de un largo período de dependencia de sus vecinos tepanecas.
• El oscuro origen de los aztecas
Según una narración mítica, los aztecas procedían de un lugar del norte llamado Aztlán (de ahí el nombre de aztecas o "habitantes de Aztlán"), de donde habían emigrado en busca de una tierra prometida, que encontraron en los fértiles valles del centro de México. La lingüística confirma esta procedencia no mesoamericana, ya que su lengua, el náhuatl, es originaria del altiplano del norte de México y sudoeste de Estados Unidos.
Las primeras tribus aztecas se establecieron en el valle de México hacia 1200. Un segundo contingente se asentó en 1220 en los valles adyacentes de Tlaxcala, Cuernavaca y Toluca. Paradójicamente, los últimos en llegar, hacia 1250, fueron los mexicas, quienes encontraron las mejores tierras ya ocupadas y tuvieron que establecerse en una inhóspita zona pantanosa a orillas del lago Texcoco.
El centro de México era una región de civilización milenaria, forjada por los imperios de Teotihuacán (ca. 150-750) y Tula (ca. 900-1200). Los aztecas asimilaron la cultura más compleja de los toltecas, pero les impusieron su lengua, algunos de sus dioses y una filosofía sociorreligiosa que otorgaba a los sacrificios humanos un papel esencial en el funcionamiento de la sociedad. Desarrollaron un sistema de ciudades-estado continuamente enfrentadas, encabezadas por reyes de origen divino o tlatoques (singular, tlatoani). La tradición azteca posterior reconocía la relación filial que tenía tanto con su pasado chichimeca como con su presente tolteca, al que debía su civilización urbana. Esta última relación exigía de cada tlatoani que demostrase su descendencia directa de los reyes toltecas, reverenciados como una especie de antepasados semidivinos, a los que se consideraba inventores de la civilización.
• Las ciudades-estado
La célula básica de la civilización azteca fue la ciudad-estado (altepetl), pequeña unidad sociopolítica gobernada por un tlatoani. Cada ciudad-estado tenía fronteras definidas, leyes propias y un núcleo urbano central, en el cual se encontraban el palacio real, uno o varios templos y el mercado.
Pirámide de Santa Cecilia, construida ca. 1250 en Acatitlán (Estado de México, México).
El poder del tlatoani era de origen divino. Aunque en la práctica política era designado por un consejo de grandes nobles (tetecuhtin; en singular, tecuhtli) de entre los miembros del linaje real (no estaba instaurada la sucesión por primogenitura), la ceremonia de coronación lo investía como representante del dios Tezcatlipoca en la Tierra y lo convertía en un soberano absoluto en el que se reunían todos los poderes. Era propietario de todas las tierras, única autoridad con derecho a los tributos de los plebeyos, comandante en jefe del ejército, oficiante máximo de los rituales religiosos y juez supremo, el único con derecho a dar muerte.
La región estaba fragmentada en más de seiscientos microestados, inmersos en un juego de equilibrios de poder y hegemonía. Desde la caída de Tula hasta la aparición en 1428 de otro poder hegemónico, el de la Triple Alianza, la competencia se producía entre ciudades vecinas, cuyas relaciones oscilaban continuamente entre la interacción pacífica y la guerra.
Ésta no tenía como objetivo la expansión territorial del estado. Las ciudades vencidas tenían que pagar tributos en especie o en servicios militares, pero mantenían su independencia política interna. La guerra existía, además, por razones exclusivamente culturales, como mecanismo esencial para la permanencia del individuo, de la sociedad y del mundo. Era un elemento básico en la construcción de la sociedad: el ser ideal era el guerrero, y el estatus social se realizaba de acuerdo con el número de enemigos capturados en combate, objetivo de guerra tan importante como los tributos. Los aztecas creían que el sacrificio humano a las divinidades era necesario para garantizar la continuidad de la vida. Pero a los dioses no se les podía dar la sangre de cualquiera, sino la del guerrero, ser humano por excelencia.
Empuñadura de cuchillo para sacrificios recubierta de mosaico de turquesa, nácar y coral, s. XV (Museo Prehistórico y Etnográfico Luigi Pigorini, Roma, Italia).
Hasta tal punto era necesaria la guerra en aquella sociedad profundamente religiosa que cuando ésta no se producía era necesario buscar sucedáneos rituales. Una forma de guerra ceremonial de rico simbolismo era el juego de pelota. Los jugadores eran considerados guerreros y el perdedor era sacrificado a los dioses. A mediados del s. XV, la sociedad azteca vio nacer además una de sus instituciones más originales, las llamadas "guerras floridas" (ixtlilxóchitl), una forma de lucha ritual comparable a los torneos medievales europeos. La guerra continua agrupó poco a poco a las ciudades-estado en dos tipos de sistemas locales: uno jerarquizado, compuesto por una ciudad dominante y sus tributarias, y otro igualitario, formado por una confederación de ciudades aliadas con fines expansivos o defensivos.
• El ascenso de los mexicas
Los mexicas sirvieron durante mucho tiempo como mercenarios del tlatoani de Culhuacán, que les asignó una zona inhóspita de sus dominios.
Los mexicas dieron prueba de una extraordinaria habilidad para la guerra, pero sus costumbres violentas provocaron el rechazo de sus protectores. La historia mexica cuenta que hacia 1320 el tlatoani de Culhuacán les envió a su hija para que la adoraran como a una diosa. Los mexicas invitaron a toda la corte a una ceremonia en la que la princesa fue sacrificada y despellejada. El episodio demuestra una evidente incomprensión cultural entre los mexicas y los primeros aztecas toltequizados. Los culhuas vivieron como una afrenta lo que quizá no era tal y, jurando venganza, obligaron a los mexicas a huir de nuevo a los pantanos, donde vagaron hasta que, en 1325, de acuerdo con la tradición, su dios-patrón, Huitzilopochtli, les señaló el lugar destinado para construir la ciudad de Tenochtitlan, situada en la isla más extensa del lago de Texcoco. Este emplazamiento en medio de un pantano era inhóspito, pero tenía ciertas ventajas que se fueron revelando con el tiempo: era fácil de defender y, además, las algas del lago aumentaban la fertilidad de las tierras de cultivo.
Reproducción de una página del Códice Mendoza que representa el tributo pagado a los aztecas por los pueblos sometidos, ca. 1542 (Museo Nacional de Antropología, México D.F., México).
Tenochtitlan comenzó siendo un pequeño asentamiento dependiente de los tepanecas de Azcapotzalco, a cuyo tlatoani pagaba tributo. Su profesionalización como mercenarios y el crecimiento demográfico que siguió a la explotación agrícola de la isla explican la rápida ascensión de los mexicas. Para entonces habían asimilado ya la cultura tolteca: su jefe se casó con una princesa culhua, y el hijo de ambos, Acamapichtli, reclamó por este medio la ascendencia tolteca y se convirtió en el primer tlatoani de Tenochtitlan (1372-1391). La consecución del título de tlatoani tuvo una gran importancia simbólica para Tenochtitlan, porque le confería un estatus teórico de igualdad con respecto a los demás altepetl locales.
La independencia total de Azcapotzalco se produjo de manera gradual. La ciudad, cuyos ejércitos se hicieron cada vez más imprescindibles para Azcapotzalco, ascendió pronto de vasallo a estado asociado a través, de nuevo, del mecanismo dinástico: las dos casas reales emparentaron y el fruto de la unión, Chimalpopoca, subió al trono azteca. La alianza se siguió renovando posteriormente y Tenochtitlan se convirtió así en una especie de estado-pariente de Azcapotzalco, cuyos reyes trataban de colocar allí a sus descendientes, como los tres tlatoques que se sucedieron desde 1468, todos hijos del rey Tezozómoc de Azcapotzalco.
La formación del Imperio azteca (1428-1521)
La Triple Alianza, formada por las ciudades-estado de Tenochtitlan, Texcoco y Tlacopan, creó un extenso dominio tributario en torno al valle de México. De manera progresiva, los mexicas de Tenochtitlan consiguieron imponerse sobre sus aliados y controlar los territorios conquistados. Sin embargo, no llegaron nunca a articular una organización imperial sólida, ya que respetaban la autonomía interna y la cultura de los pueblos que dominaban. La llegada de los expedicionarios de Cortés y la rápida conquista por los españoles del territorio azteca impidieron la transformación del estado en un imperio territorial semejante al inca, que se había desarrollado durante este período en América del Sur.
• Las conquistas de la Triple Alianza
Paradójicamente, fue el estrechamiento de lazos con los tepanecas de Azcapotzalco lo que llevó a la independencia total de Tenochtitlan y a la formación de la triple alianza de estados, conocida comúnmente como Imperio azteca.
En 1426, Chimalpopoca, tercer tlatoani azteca, fue asesinado por los tepanecas de Azcapotzalco. La afrenta condujo a Tenochtitlan, por entonces ya una gran y poderosa ciudad, y a su nuevo rey Itzcóatl (1426-1440) a entrar en guerra, derrotando a los tepanecas de Azcapotzalco gracias a la alianza con Texcoco y Tlacopan. La unión de conveniencia establecida para la guerra se institucionalizó después en lo que se conoce como la Triple Alianza, un acuerdo militar entre estas tres ciudades-estado independientes para someter todo el centro de México a tributo: dos quintos para Tenochtitlan, dos quintos para Texcoco y uno para Tlacopan, la ciudad menos poderosa.
El soberano azteca Itzcóatl en una ilustración del manuscrito Tovar
Los ejércitos de la nueva confederación crearon en muy poco tiempo el imperio más extenso que había conocido Mesoamérica. Entre 1430 y 1440 fue sometido todo el fértil valle de México. Bajo el reinado de Moctezuma I se conquistó, después de 1458, el valle azteca de Cuauhnahuac (Cuernavaca) y las tierras del golfo de México, ocupadas por las etnias totonaca y huasteca; en 1468, el valle de Toluca y la ciudad de Tlatelolco. Ésta contaba con el mercado más activo de América Central.
La Triple Alianza no era, sin embargo, la única potencia militar de la época. Su expansión se vio pronto limitada por la confederación de ciudades aztecas del valle de Tlaxcala y, en 1478, por la derrota frente a la federación de ciudades tarascas del valle de Michoacán, que frenó para siempre su expansión hacia el oeste.
Durante un segundo ciclo expansivo, que se inició en 1486 bajo el reinado de Ahuitzotl, la expansión estuvo guiada por una estrategia diferente. La Triple Alianza evitó buscar el enfrentamiento directo con las potencias enemigas y se limitó a establecer mecanismos que impidieran el avance de éstas. A lo largo de la frontera tarasca se crearon guarniciones militares propias y estados-clientes a los que no se exigían tributos, sino tan sólo la contención del enemigo. En el frente oriental, la guerra con los tlaxcaltecas fue neutralizada y quedó reducida al ritual caballeresco del ixtlilxóchitl. De acuerdo a la misma lógica se anexionaron únicamente territorios ricos y militarmente débiles, como el valle de Oaxaca, por donde pasaban las principales rutas comerciales rumbo a la zona maya, y la costa de Soconusco, región tropical productora de cacao y plumas, cuya conquista marcó el cenit de la expansión de la Triple Alianza.
• De la confederación de estados aliados a la hegemonía mexica
Los imperios que se desarrollaron en Mesoamérica sólo buscaban el vasallaje y los tributos de los sometidos, pero que respetaban su autonomía política y cultural interna.
El Imperio de la Triple Alianza dejaba a los reyes derrotados en sus cargos, no nombraba gobernadores directos en las ciudades sometidas ni tampoco construyó una infraestructura imperial de carreteras, ciudades o almacenes para articular el territorio. Sin embargo, el continuo crecimiento del número de ciudades tributarias (que llegaron a ser 450) obligó a poner en marcha un incipiente proceso de organización imperial territorial para garantizar un eficaz control de los dominados, proceso que conduciría a una progresiva centralización del poder en favor de los mexicas de Tenochtitlan, debido a su superioridad militar.
Las ciudades-estado fueron organizadas territorialmente en provincias con el fin de racionalizar la recogida de tributos, y los tlatoques menos adictos fueron sustituidos por otros más dóciles. También se puso en marcha una estrategia destinada a conseguir una mayor integración socioeconómica de las ciudades-estado a través del comercio y de la producción, obligando a cada estado a tributar artículos que no producía, para hacerlos así económicamente interdependientes. Estas medidas encaminaban probablemente al Imperio de la Triple Alianza, ya de forma clara Imperio mexica en sus últimas décadas, hacia la conformación de un imperio territorial. Sin embargo, su desarrollo histórico se vio truncado por la llegada de los españoles.
• La caída de Tenochtitlan (1519-1521)
En febrero de 1519, Cortés partió de Cuba con quinientos soldados. En 1520 entraba en una Tenochtitlan destruida y ponía fin al Imperio, ahora en manos de Moctezuma II. A la muerte de Moctezuma II le sucedió Cuitláhuac (1520), quien obligó a los españoles a huir de Tenochtitlan, en la llamada Noche triste. Cuitláhuac murió a los dos meses, víctima de la viruela negra y Cuauhtémoc accedió al poder, defendiendo la capital hasta su muerte (1521).
Asalto de Cortés a Tenochtitlán (cuadro de Emanuel Leutze)
Las interpretaciones históricas tradicionales son poco objetivas a la hora de explicar una caída tan rápida del Imperio azteca. El hecho se describe como una hazaña épica debida al genio y la audacia de los españoles, a la superioridad de sus armas de acero, su artillería y su caballería, y al pavor supersticioso de unos aztecas que les suponían un origen divino, en el que Cortés era la reencarnación de Quetzalcóatl. La historiografía actual disiente de esta versión tradicional y da importancia a otros factores:
·         El apoyo militar nativo: No fueron sólo quinientos españoles los que hicieron caer Tenochtitlan, sino decenas de miles de totonacas, tlaxcaltecas y chalcos que se pusieron a sus órdenes. El Imperio revelaba así su debilidad estructural: la mayoría de los altepetl no eran otra cosa que simples pagadores de tributos, muchos de ellos recientemente sometidos, sin ninguna lealtad hacia la Triple Alianza y siempre a la espera de una oportunidad para sacudirse el yugo mexica.
·         El abismo cultural en los modos de hacer la guerra: De acuerdo con los estrictos protocolos de una guerra con objetivos sagrados, las intenciones de conquista se debían explicitar primero por medio de embajadores. No existía el concepto de ataque por sorpresa. Por ello, en vez de enfrentarse a Cortés en campo abierto, donde probablemente hubieran resultado derrotados los españoles, Moctezuma II (Motecuhzoma) los dejó entrar en Tenochtitlan y los alojó en el palacio real. Los mexicas no podían imaginar que Cortés no se sentía obligado por este protocolo y que tomaría prisionero al emperador. Más tarde, entablado ya el combate, el elemento básico de la derrota mexica no fueron ni los caballos ni los cañones (a los que los aztecas perdieron pronto el miedo), sino la superior estrategia militar de Cortés. Frente a unas formas bélicas desordenadas e individualistas, guiadas por el objetivo primordial de hacer prisioneros para el sacrificio, el conquistador desplegó una guerra renacentista, racional, guiada por el único objetivo práctico de ganar con el menor número de bajas posibles.
·         El "desastre bacteriológico": La entrada inicial de Cortés en Tenochtitlan no fue decisiva desde el punto de vista estrictamente militar (los españoles fueron expulsados de la ciudad y tuvieron que volver a conquistarla desde fuera), pero el contacto prolongado de los españoles durante cinco meses con una población inmunológicamente desprotegida contra los microorganismos del Viejo Mundo ayudó a derrotar a los mexicas desde dentro. Al tiempo que luchaban contra los españoles y sus nutridas columnas de aliados, desconcertados por una forma inusitada de hacer la guerra, los mexicas tuvieron que enfrentarse también a una desconocida y mortal enfermedad, el sarampión, que en un año redujo la población del valle de México a la mitad.
La expedición de conquista de Hernán Cortés puso fin al Imperio azteca
Una sociedad estamental
La azteca era una sociedad jerarquizada en grupos, en la cual los papeles sociales y los privilegios y obligaciones individuales eran hereditarios y estaban rígidamente especificados por las leyes. Había tres estamentos propiamente dichos (nobles, sacerdotes y plebeyos), mientras que los comerciantes tenían un estatus peculiar.
Tanto en lo que respecta a la organización política como a la estructura social, los aztecas constituían una colectividad de tipo feudal.
• Los privilegiados: nobles y sacerdotes
El estamento sacerdotal se reclutaba mayoritariamente entre las filas de la nobleza, de modo que nobleza laica y jerarquía sacerdotal formaban un único grupo dominante que vivía del tributo de los demás. La esclavitud no era un estamento, sino una condición individual que no se transmitía por nacimiento.
La nobleza laica era una aristocracia guerrera, que ostentaba el poder político, militar y económico, los tres pilares en los que descansaba el poder de la clase dominante, como ocurre en cualquier sociedad estamental agraria. El estrato más alto de la nobleza lo constituían los linajes reales de cada altepetl, que copaban los cargos de la administración; entre ellos se elegía a los tlatoques. Por debajo se situaba la alta nobleza de los tetecuhtin o nobles destacados en la guerra, a quienes el tlatoani entregaba grandes feudos en usufructo y ponía al frente de un grupo numeroso de plebeyos.
Escultura azteca en la Isla Zapatera
La baja nobleza o pilli (plural, pipiltin) estaba mayoritariamente al servicio de un tecuhtli o un tlatoani y residía por lo general en su mismo palacio o cerca de él. Los nobles estaban exentos del pago de tributos.
Los sacerdotes no ostentaban ningún poder directo, pero su función de conductores de los ritos de los que dependía la continuidad del mundo y la legitimidad del tlatoani les otorgaba un enorme poder simbólico. Además, como cualquier otro noble, las rentas de la tierra y los tributos de los plebeyos a su servicio les conferían también un gran poder económico. Para el culto a las deidades femeninas existían cuerpos de sacerdotisas, pero su peso social era menos relevante que el de los varones.
La carrera sacerdotal comportaba el lento ascenso en un escalafón de cargos: los jóvenes comenzaban como novicios (tlamacazton), para ser consagrados tras un año como sacerdotes regulares (tlamacazqui). De éstos, sólo unos pocos alcanzarían en su vida el rango de tlenamacac, la élite sacerdotal que oficiaba los sacrificios humanos, y muchos menos aún llegarían a la cima de la jerarquía clerical, ostentada por los dos sumos sacerdotes (quetzalcóatl) de los santuarios gemelos de Tlaloc y Huitzilopochtli, situados en el Templo Mayor de Tenochtitlan.
Los tlatoques aztecas
Emperador
Reinado
Acamapichtli
(1372-1391)
Huitzilihuitl II
(1391-1415)
Chimalpopoca
(1415-1426)
Itzcóatl
(1426-1440)
Moctezuma I
(1440-1468)
Axayácatl
(1468-1481)
Tízoc
(1481-1486)
Ahuitzotl
(1486-1502)
Moctezuma II
(1502-1520)
Cuitláhuac
(1520)
Cuauhtémoc
(1520-1521)


• Los plebeyos
Los plebeyos o macehualtin –de hecho, el grueso de la población– existían sólo para servir a los dos estamentos dominantes. Con este fin se los encuadraba en unidades sociales, militares y de producción conocidas como calpulli, constituidas por un conjunto de familias, en general pertenecientes a un único linaje, que habitaban juntas en un barrio y estaban a las órdenes de un tecuhtli o, en su defecto, de un templo. Tanto en los calpullis rurales como en los urbanos se combinaban en diferentes grados la agricultura con una artesanía a escala familiar. Sólo en las grandes metrópolis como Tenochtitlan algunos calpullis alcanzaron el carácter de gremios, constituidos por artesanos de una misma profesión.
Los macehualtin estaban en una situación muy similar a la de los siervos de la edad media europea: eran hombres libres, pero tenían una serie de obligaciones hacia su señor, como el pago regular de tributos en especie (comida, tejidos de algodón y otros bienes producidos por la familia), el trabajo en las tierras o en la casa del señor varias semanas al año, trabajos esporádicos en las obras públicas y el servicio militar. A diferencia de otras civilizaciones antiguas, los aztecas no recurrieron jamás al trabajo esclavo masivo en la agricultura o en las grandes obras públicas. Los esclavos estaban generalmente al servicio doméstico de los nobles.
• Los comerciantes
Desde principios del s. XV, el auge del comercio interregional constituyó un mecanismo de promoción social para los no nobles. El comercio llegó a alcanzar un papel tan vital en la estrategia expansionista de la última fase de la Triple Alianza que los tlatoques favorecieron la transformación de los comerciantes, en su origen macehualtin, en una casta cerrada con privilegios exclusivos. Eran juzgados por sus propios tribunales, intervenían en los consejos económicos del tlatoani, tenían derecho a poseer pequeñas cantidades de tierra y no estaban sujetos al encuadramiento en calpullis, sino organizados en corporaciones autónomas, cada una con un jefe propio.
Representación del señor de los muertos, Mictlantecuhtli, procedente de la pirámide del Sol de Teotihuacán (Museo Nacional de Antropología e Historia, México D.F.)
Una buena parte de su prestigio social también puede explicarse a través del ethos guerrero de la sociedad. Los comerciantes habrían sido considerados como una especie de "cuerpos militares auxiliares" que, aprovechando sus constantes viajes en territorios extranjeros, eran utilizados para cumplir misiones diplomáticas o de espionaje. Con frecuencia, la muerte de uno de estos comerciantes en territorio enemigo servía de excusa para declarar la guerra. Debido a su importante papel social y a las riquezas que su ocupación les reportaba, formaban una especie de incipiente burguesía urbana, con una influencia y un poder económico superiores a los de muchos nobles. Si la civilización mesoamericana hubiera continuado su desarrollo autónomo varios siglos más, quizá este grupo social emergente habría cumplido un papel similar al de la burguesía en Europa. A la llegada de Cortés, sin embargo, la sociedad azteca seguía siendo, como la de sus conquistadores, un mundo estamental fuertemente aristocrático, y a pesar de todas sus riquezas, los comerciantes, al no ser nobles, debían presentar una apariencia exterior modesta y no podían hacer ostentación de sus riquezas.
• La importancia social de la educación
A pesar de la rígida estratificación estamental, la educación no era un privilegio reservado a los nobles, sino una obligación para todos los estamentos, aunque existían escuelas diferentes para unos y otros. En cada calpulli había una escuela para los macehualtin, a la que atendían, separadamente, todos los muchachos y muchachas de 10 a 20 años de edad para aprender canto, danzas, música y, en el caso de los varones, el arte de la guerra. Los nobles, por su parte, aprendían también saberes relacionados con las funciones administrativas y religiosas para las que estaban destinados: astronomía, construcción de edificios, matemáticas y escritura jeroglífica. Los aztecas aplicaban el cálculo matemático en sus saberes.
Religión y visión del mundo
La religión dominaba todos los aspectos de la sociedad azteca. Eran politeístas y tenían una cosmogonía propia. Practicaban sacrificios humanos, hecho que ha sido habitualmente mal interpretado.
• Los dioses aztecas
Los dioses aztecas eran fuerzas espirituales abstractas, cuyos papeles, naturalezas y formas se confundían muchas veces entre sí. En ocasiones tomaban formas humanas; en otras, no. Algunos dioses eran patrones de grupos étnicos o profesionales concretos. El número de dioses era enorme, pero muchos eran simples manifestaciones menores de la misma deidad principal: Tezcatlipoca tenía más de diez advocaciones diferentes, y Quetzalcóatl, dios creador, patrón de los sacerdotes, podía ser también Ehécalt, dios del viento. Este enorme particularismo y solapamiento de funciones se resolvía y tenía su justificación en el concepto de teotl, fuerza sagrada abstracta e indefinida de la que todos los dioses participaban en última instancia y que lleva a algunos a defender una cierta concepción monoteísta en la religión azteca.
Los dioses eran el motivo principal de las obras de arte aztecas. Brasero polícromo que representa a la diosa del maíz Xilonen, procedente de Tlatelolco (Museo Nacional de Antropología, México D.F., México).
La historia se entendía como una sucesión de edades o "soles", presididas cada una por un dios y una raza distinta y destruidas cíclicamente por cataclismos cósmicos. La edad presente, la de los humanos, era la quinta, presidida por el dios solar Tonatiuh. La idea central de la cosmovisión azteca era que los dioses se habían sacrificado para dar vida al mundo y a la humanidad y ésta debía pagar indefinidamente su deuda con ellos. Para crear el quinto sol, todos los dioses se autoinmolaron en la hoguera, y para crear al hombre, Quetzalcóatl había derramado su sangre sobre los huesos de los antepasados. Esta deuda de vida y sangre sólo podía ser restituida con vida y sangre, a través de rituales sacrificiales.
Las ceremonias aztecas eran consideradas como un instrumento necesario para garantizar la continuidad de la vida humana y la del Universo, y todas ellas incluían algún tipo de sacrificio de sangre. Así, los rituales de fertilidad comportaban siempre sangrías colectivas de los fieles, y los sacerdotes se sangraban por la humanidad todas las noches, pinchándose con espinas del cactus de maguey.
Los principales dioses aztecas

Significado
Dominios y funciones
Dioses celestes de la creación
Ometeotl
dios doble
creador originario de los dioses
Quetzalcóatl
serpiente emplumada
creación, fertilidad, Venus, viento, sacerdocio
Tezcatlipoca
espejo humeante
poder omnipotente, patrón de los dioses
Xiuhtecuhtli
señor turquesa
hogar y fuego
Dioses de la lluvia y la fertilidad
Tláloc
(incierto)
lluvia, agua, fertilidad agrícola
Cinteotl
dios maíz
maíz
Ometochtli
dos conejos
pulque, maguey, fertilidad
Teteoinnan
madre de los dioses
tierra y fertilidad, patrona de curanderos y parteras
Xipe Totec
señor desollado
fertilidad agrícola, patrón de los herreros
Coatlicue
falda de serpientes
fertilidad, muerte, madre de Huitzilopochtli
Dioses de la guerra, el sacrificio, la sangre y la muerte
Tonatiuh
avanza brillando
sol
Huitzilopochtli
colibrí del sur
guerra, sacrificio, sol, patrón de los mexicas
Mixcoatl
nube serpiente
guerra, sacrificio, caza
Mictlantecuhtli
señor del lugar de los muertos
muerte, inframundo, oscuridad
Otros dioses
Yacatecuhtli
señor nariz
comercio, patrón de los mercaderes


• Los sacrificios humanos
El sacrificio humano venía rodeado de un exquisito y complejo ritual simbólico, en el que se reflejaba y ponía en práctica toda la filosofía azteca de la vida. Desde el momento en que eran elegidas, las víctimas dejaban de ser comunes mortales y eran sometidas a un complicado ritual para convertirlas en ixiptla, personificaciones de la deidad cuya muerte había de repetir, como una representación teatral, la inmolación original del dios descrita en el mito.
Los sacrificados eran individuos muy respetados, conscientes de estar asumiendo con el ofrecimiento de su vida el papel clave de reproducción del mundo: conseguir que cada mañana el Sol volviera a nacer y los dioses siguieran dando vida a los hombres. Los ixiptla pasaban sus últimos días o meses viviendo como dioses, en medio de los mayores lujos, y cuando llegaba el día del sacrificio, iban con honor y dignidad al encuentro de su glorioso destino.
El alto honor de encarnar a un dios exigía casi siempre que las víctimas no fueran individuos corrientes. Las deidades femeninas se satisfacían con mujeres y algunos dioses menores se contentaban con esclavos, pero los grandes dioses exigían guerreros enemigos o, en su defecto, aunque esta hipótesis no está comprobada documentalmente, sustitutos simbólicos de los mismos, como los perdedores en el juego de pelota.
Sacrificio humano al dios Tláloc, divinidad de la lluvia, en una ilustración del Códice Florentino (Biblioteca Medicea Laurenziana, Florencia, Italia).
La mayoría de los sacrificios, salvo algunos como los del culto de Xipe Totec, tenían lugar en los templos-pirámide, mediante escenografías grandiosas que eran trasunto simbólico del Universo. La víctima ascendía por la cara este de la pirámide, como el Sol en la bóveda celeste; su corazón era arrancado con un cuchillo de obsidiana en el cenit de la cumbre y arrojado al fuego, como lo habían hecho los dioses, mientras su cuerpo rodaba por la cara oeste rumbo al ocaso de la muerte. La ceremonia terminaba con el canibalismo ritual de una parte de su cuerpo por la familia del patrocinador del sacrificio (su captor, en caso de un prisionero, o su dueño, en el de un esclavo o esclava). Se honraba así el sacrificio "altruista" que había hecho la víctima, incorporándola simbólicamente de esa manera al linaje de su sacrificador.
Esta percepción heroica de la víctima sacrificial tenía también mucho que ver con la concepción azteca de la vida de ultratumba. La recompensa que muchas religiones prometen en el más allá a aquellos cuyas acciones se atienen a los valores sociales imperantes, en la sociedad azteca, guerrera y estamental, se reservaba sólo a los guerreros muertos en combate o sacrificados en un ritual. La mayoría de los individuos iban al Mictlan, un horrible mundo subterráneo en el que no serían más que grises sombras, mientras aquéllos, los héroes que con la entrega de su vida habían llevado hasta sus máximas consecuencias la doble naturaleza guerrera-deudora de la vida del hombre, escapaban a ese triste destino para asumir el mucho más glorioso de acompañar al Sol en su caminar por el cielo.
Los sacrificios humanos eran sólo la parte culminante de ceremonias públicas mucho más complejas. Los aztecas tenían un dilatado calendario ceremonial del que cabe destacar las fiestas del Toxcatl y la del Fuego Nuevo. El Toxcatl se celebraba en lo más álgido de la estación seca en honor de Tezcatlipoca para pedir el inicio de las lluvias. El Fuego Nuevo tenía lugar entre el final de un ciclo de 52 años y el comienzo de otro, y era un gran ritual de renovación. Se tiraban todos los enseres y se dejaban las casas vacías; en la última noche del ciclo, la gente se subía a los techos de las casas, aguardando el destino del mundo. Una partida de sacerdotes subía a la cima del pico Citlaltépetl, el más alto de México, y aguardaba pacientemente la salida, en la madrugada, de la constelación de las Pléyades, que anunciaban la continuidad del mundo. Un nuevo fuego era entonces encendido allí mismo, en el pecho de una víctima sacrificial, y llevado a Tenochtitlan para que con él se encendieran de nuevo todos los hogares del territorio.
El arte de los aztecas: la exaltación del poder del estado
El arte azteca, cuyas tradiciones estéticas e iconográficas se encuadran dentro del llamado estilo mixteca-Puebla (que se impuso en todo el centro de México desde principios del s. XIII), era fundamentalmente un arte al servicio del estado. Sus manifestaciones de mayor relieve fueron los templos piramidales con doble santuario en la cima (una característica inexistente en la arquitectura de otros pueblos de la época y que los aztecas habían rescatado de la antigua civilización teotihuacana) y las grandes esculturas imperiales, que seguían o bien una tendencia naturalista de representación o bien un estilo simbolista y abstracto. Sus ciudades estaban construidas según un patrón rectangular, en cuyo centro se hallaba una gran plaza junto a la que se edificaban los templos.
El arte estaba concebido para transmitir el mensaje de que los mexicas habían heredado de Teotihuacan y de Tula el derecho político y religioso a regir el mundo.
Piedra del Sol del calendario azteca (Museo Nacional de Antropología, México D.F., México).
La pieza más conocida de esa escultura de propaganda es el erróneamente conocido como calendario azteca. No se trata de un calendario, sino de una representación simbólica cuya figura central es el dios Tlatecutli, "el señor de la Tierra", que representaba la superficie de la Tierra tal y como se describe en el mito de la creación de la humanidad por Quetzalcóatl. La creación de la Tierra está representada por jeroglíficos de los cuatro "soles" o edades previas. La fecha 13 acatl, claramente destacada en la parte superior del disco, era la de la creación del presente Sol, pero también la de la coronación de Itzcóatl, el tlatoani que creó el Imperio de la Triple Alianza. La correspondencia otorgaba al suceso político una importancia cósmica. Los nombres de los veinte días dispuestos en círculo alrededor de la figura del dios indicaban la relación entre el poder y el tiempo. Alrededor de la circunferencia del disco, dos serpientes de fuego, xiuhcóatl, hacían referencia a Huitzilopochtli y a la guerra sagrada a él asociada. Los ocho punteros triangulares eran indicadores de los puntos cardinales, símbolos de la Tierra entera. En suma, el monumento en su conjunto quería transmitir el mensaje de que el Imperio azteca abarcaba toda la Tierra y que estaba fundado sobre los sagrados principios de la eternidad, la guerra sagrada y la providencia divina.

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