Monday, February 26, 2018

La revolución industrial


La revolución industrial constituyó un cambio muy importante en la vida material de la humanidad, sólo comparable a la invención de la agricultura durante la revolución neolítica. Significó una modificación profunda de los sistemas de trabajo y de la estructura de la sociedad, así como la desaparición del Antiguo Régimen, el surgimiento del capitalismo industrial y la sustitución de la nobleza por la burguesía como clase social dominante.
La revolución industrial comprende el conjunto de transformaciones complejas e interrelacionadas producidas en el mundo occidental y en Japón en todos los ámbitos de la vida económica y social (demografía, agricultura, industria, comercio, finanzas, comunicaciones, tecnología, sistemas de trabajo, urbanismo, jerarquización de grupos sociales, política económica, etc.) desde 1750 a 1900.
La sociedad del Antiguo Régimen
Las transformaciones producidas durante la revolución industrial permitieron que las sociedades tradicionales, cuya economía estaba basada en el trabajo agrícola y cuyos habitantes residían fundamentalmente en el campo, se convirtieran en sociedades industriales y urbanas.
• La población
En las sociedades preindustriales, el comportamiento demográfico estaba marcado por una tasa de natalidad muy alta, entre el 35 ‰ y el 55 ‰, y una tasa de mortalidad también muy elevada, pero un poco inferior a la de natalidad, con lo cual la población tendía a aumentar muy lentamente. Se calcula que en el s. XII vivían en Europa unos 50 millones de habitantes, muy desigualmente repartidos; al inicio del s. XVIII la población europea se había doblado y alcanzaba los 100 millones de habitantes.
Las obras literarias de Charles Dickens y las ilustraciones de Gustave Doré son testimonios de las transformaciones sociales que introdujo la revolución industrial. Imagen de Londres, Reino Unido, en 1876 por Gustave Doré.
El modelo demográfico seguía un ritmo cíclico: a un aumento de la fecundidad, le seguía un aumento del consumo de alimentos, con lo cual disminuía la cantidad de alimentos disponibles por persona. Seguidamente, venía un período de hambre y mala alimentación, con el consiguiente aumento de la mortalidad y disminución de la fecundidad.
• La agricultura
A principios del s. XVIII Europa en su conjunto era una sociedad agraria. Los sistemas de explotación de la tierra eran poco productivos. La rotación de cultivos constituía una práctica común; consistía en la alternancia entre dos cultivos y el barbecho, para así dejar reposar la tierra y conseguir que adquiriera nuevos nutrientes; la práctica del barbecho implicaba dejar fuera del cultivo un tercio o aún más de la superficie agraria.
• La producción artesanal
La producción artesanal se efectuaba sobre todo en las zonas rurales, donde los propios campesinos elaboraban la mayoría de los productos que necesitaban. Los artesanos de las ciudades realizaban sobre todo productos destinados a las clases superiores (joyas, telas, muebles, etc.) y artículos que los campesinos no podían producir por sí mismos (por ejemplo, herramientas de metal y armas).
Los artesanos trabajaban organizados en corporaciones o gremios de oficios; éstos tenían como objetivos defender su sector laboral ante la competencia de otras ciudades, reglamentar las condiciones de la producción y practicar la ayuda mutua entre sus miembros.
Los primeros síntomas del cambio: la revolución demográfica
Durante el s. XVIII la situación descrita empezó a modificarse, especialmente en la estructura demográfica. Primero en el Reino Unido y posteriormente en toda Europa, la población creció de forma rápida durante toda la centuria gracias a un descenso de la mortalidad, mientras que la de natalidad continuaba siendo elevada, por lo cual el crecimiento vegetativo aumentó de forma acelerada. Durante el s. XVIII no hubo tantas guerras ni epidemias como en épocas anteriores, sin embargo, el factor básico que hizo descender la mortalidad guarda relación con las transformaciones experimentadas por la agricultura; la productividad agraria aumentó y, por tanto, mejoró la alimentación.
La revolución agrícola
Los cambios en la agricultura fueron tan importantes que se aplica a ellos la expresión revolución agrícola. La primera de las innovaciones fue la gradual sustitución de la técnica del barbecho por el cultivo de plantas leguminosas y forrajeras; éstas aumentaban la productividad de las tierras y a la vez aportaban al suelo los nutrientes necesarios. La introducción masiva del cultivo de las patatas y del maíz, plantas muy aptas para los climas del norte de Europa, permitió que las comunidades campesinas se liberaran definitivamente del hambre.
La máquina de vapor y la minería de carbón son dos símbolos de la revolución industrial. Transporte de carbón en ferrocarril con locomotora de vapor.
Las nuevas herramientas, como la sembradora mecánica; el perfeccionamiento del arado, la selección de semillas, la cría y el engorde del ganado en adecuadas condiciones mejoraron la capacidad de producir alimentos y, en consecuencia, la calidad de vida de los campesinos. Por otra parte, durante el s. XVIII se roturaron tierras hasta entonces no cultivadas (bosques, propiedades comunales, zonas montañosas, etc.).
Los principales cambios en el sistema de propiedad fueron causados por la eliminación de las tierras comunales y su sustitución por campos vallados de propiedad privada (enclosures), cuyos propietarios tenían plena libertad para introducir cultivos más rentables. Los cambios en la agricultura eliminaron las hambrunas periódicas y disminuyeron el número de trabajadores necesarios en el campo. Con ello, gran parte de la población hasta entonces dedicada a la agricultura pudo emplearse en actividades de tipo industrial.
La mecanización del sector textil y de la metalurgia
El paso definitivo hacia la industrialización no llegó hasta la introducción de innovaciones técnicas progresivas en la fabricación de los tejidos. En 1733 se desarrolló un pequeño invento que permitía tejer telas de mayor anchura gracias a una nueva lanzadora acoplada a los telares tradicionales. La innovación más importante se efectuó en 1789, cuando Edmond Cartwright diseñó un telar de hierro movido por la energía del vapor. A finales del s. XVIII el Reino Unido había pasado de un sistema protoindustrial a una industrialización completa, basada en la utilización sistemática de máquinas de hierro y en la concentración en un solo local (la fábrica) de las personas dedicadas a la producción industrial.
La máquina de vapor inventada por James Watt fue uno de los elementos clave para la consolidación de la revolución industrial (Museo de la Ciencia, Londres, Reino Unido).
La máquina de vapor de James Watt (1769) no sólo fue empleada en la industria textil, sino que se utilizó en otros sectores industriales, y, además, su desarrollo permitió el nacimiento del ferrocarril y del barco de vapor. Hasta la aplicación de la electricidad, la energía del vapor fue la base de la primera industrialización.
En el sector metalúrgico la obtención de hierro se hacía tradicionalmente consumiendo grandes cantidades de carbón vegetal. Esta situación se desbloqueó cuando se descubrió la forma de obtener hierro en los altos hornos usando el carbón mineral. La producción de hierro multiplicó el consumo de carbón mineral, lo cual provocó la concentración de la industria metalúrgica en las cuencas carboníferas.
La aparición del ferrocarril y la revolución de los transportes
Uno de los símbolos externos más característicos de la revolución industrial fue, sin duda, la aparición del ferrocarril. La locomotora de vapor efectuó su primer viaje en 1804 (15 kilómetros entre Penydarren y Abercynon, en el País de Gales). En 1825 se abrió la primera línea de pasajeros entre Stockton y Darlington. En España la primera línea se estableció en 1848 entre Barcelona y Mataró; le siguió la línea Madrid-Aranjuez en 1850.
La generalización del ferrocarril tuvo consecuencias muy importantes: creación de mercados nacionales integrados, especialización productiva regional tanto en la industria como en la agricultura, comunicación entre las zonas mineras e industriales y dinamización de los intercambios comerciales nacionales e internacionales. La construcción de nuevas líneas requería grandes inversiones de capital; por ello, las inversiones de bancos y particulares se concentraron en las empresas ferroviarias. La revolución en los transportes se completó con la aparición de los barcos de vapor.
Primeras líneas de ferrocarril
1804
Penydarren - Abercynon (Gran Bretaña)
1825
Stockton - Darlington (Gran Bretaña)
1829
Liverpool - Manchester (Gran Bretaña)
1832
Lyon - Saint - Etienne (Francia)
1835
Bruselas - Malinas (Bélgica)
1835
Nuremberg - Fürth (Alemania)
1838
Dresde - Leipzig (Alemania)
1843
Aquisgrán - Bélgica (primera línea internacional)
1848
Barcelona - Mataró (España)
1850
Madrid - Aranjuez (España)
1869
Transcontinental Atlántico - Pacífico (EUA)

La geografía de la primera revolución industrial (1750-1900)
La revolución industrial se originó en la segunda mitad del s. XVIII en el Reino Unido; en el transcurso de un siglo se había extendido al resto del continente europeo y a América del Norte. A finales del s. XIX se inició la industrialización de Japón y Rusia.
• El Reino Unido
Diversos factores facilitaron el desarrollo de una industrialización temprana en el Reino Unido: la estabilidad política durante el s. XVIII y el régimen parlamentario, en el que estaban representados los intereses comerciales e industriales; los numerosos avances científicos y sus aplicaciones técnicas; la favorable situación geográfica y los recursos naturales del país (sobre todo, carbón y agua); la riqueza generada gracias al comercio colonial; la abundancia de mano de obra barata; la demanda constante de productos, tanto desde los mercados interiores como de ultramar; y, finalmente, las mejoras en los transportes.
La revolución industrial en el Reino Unido. El Reino Unido fue el primer país donde, entre 1750 y 1850, se vivió el proceso de la revolución industrial.
La industrialización del Reino Unido creó una sociedad de nuevo cuño, basada en la oposición entre el mundo del trabajo y el capital. Tanto en las fábricas como en el campo, donde los terratenientes y los propietarios medianos querían sacar el máximo provecho de su producción, los trabajadores estaban sometidos a una disciplina laboral muy dura, a horarios de trabajo muy largos y pesados, y a coberturas laborales inexistentes. Los trabajadores británicos sufrían todo tipo de privaciones y penalidades y vivían hacinados en barrios sórdidos situados en la periferia de las ciudades. En esta situación, se rebelaban en estallidos de rabia contra las nuevas máquinas que les robaban el trabajo (ludismo). En 1779 y 1796 en Lancashire y en 1811 y 1812 en la región de los Midlands, se vivieron agitaciones sociales importantes (destrucción de máquinas y fábricas, huelgas espontáneas).
• La Europa continental
En Francia el prometedor proceso de transformación económica iniciado en el s. XVIII, sobre todo en las ciudades de la costa atlántica, quedó truncado en 1789 debido a los acontecimientos de la revolución francesa, que sumieron al país en una situación de inestabilidad económica y política hasta mediados del s. XIX.
La revolución industrial en Europa en 1870. El ritmo de desarrollo de la revolución industrial condicionó el desarrollo económico y demográfico del continente europeo.
Las economías de los países atlánticos de Europa se encaminaron pronto hacia la nueva economía industrial; así ocurrió, por ejemplo, en Bélgica y en Alemania, países que vivieron procesos políticos diferentes (Bélgica se independizó de Países Bajos en 1830, mientras que Alemania no logró su unificación estatal hasta 1871).
La industrialización de España durante el s. XIX fue tardía e incompleta; afectó en especial a Cataluña, al País Vasco y a algunas cuencas mineras, como Asturias y Sierra Morena.
Los movimientos migratorios a gran escala
Como consecuencia del continuado crecimiento de la población europea, durante el s. XIX se produjeron unas corrientes migratorias de una importancia sin precedentes en la historia de la humanidad. Efectivamente, la población europea se duplicó entre 1800 y 1900, y pasó de 150 a 300 millones de habitantes. Aunque este crecimiento estimuló la producción industrial, el aparato productivo no podía absorber tan gran cantidad de mano de obra, por lo que Europa se convirtió en un foco de emigración hacia otros continentes.
Hubo dos tipos de movimientos migratorios: los del campo a la ciudad y los transoceánicos. Los primeros, que continuaron las migraciones iniciadas a principios del s. XIX, contribuyeron al crecimiento continuado de las ciudades en toda Europa. En 1800 existían 23 ciudades de más de 100.000 habitantes en el continente, y en 1900 ya eran 130.
Las migraciones transoceánicas. El crecimiento demográfico, la mejora de los medios de transporte y las transformaciones económicas multiplicaron a lo largo del s. XIX los movimientos migratorios intercontinentales, y en especial hacia América.
Las migraciones transoceánicas a gran escala se iniciaron durante la segunda mitad del s. XIX; se calcula que entre 1850 y 1930 unos 60 millones de personas emigraron desde los países europeos hasta otros continentes, principalmente América.
La segunda revolución industrial
A finales del s. XIX se produjeron importantes innovaciones en la economía capitalista, que algunos historiadores engloban bajo la denominación de segunda revolución industrial.
En primer lugar, se desarrollaron dos nuevas fuentes de energía (el petróleo y la electricidad), que desplazaron progresivamente al carbón como base de la industria y de los transportes. La aparición del motor eléctrico, el motor diésel, la bombilla eléctrica, el teléfono, la radio y otras numerosas innovaciones revolucionaron los sistemas de producción industrial desarrollados durante la primera revolución industrial y nuevos sectores industriales como la química moderna y la electricidad, que sustituyeron al textil y a la metalurgia como industrias punta.
• Las nuevas fuentes de energía y el progreso científico
Las aplicaciones más importantes de la electricidad fueron la lámpara incandescente de Edison, el telégrafo y el teléfono. Su uso en la industria sirvió para la obtención de nuevos productos como el aluminio. Asimismo, la electricidad aceleró la industrialización de países no productores de carbón pero que contaban con ríos caudalosos, por ejemplo, Suecia o Suiza.
La primera explotación moderna de petróleo surgió en 1859 en Estados Unidos. Como fuente de energía permitió el desarrollo de la industria del automóvil y, por extensión, del transporte por carretera y facilitó el desarrollo industrial de zonas del mundo que tenían grandes yacimientos de crudo, como Estados Unidos y Rusia.
• El desarrollo del capitalismo
El desarrollo del capitalismo a finales del s. XIX fue posible gracias a la aparición de empresas que reunían grandes sumas de capital y controlaban con frecuencia sectores enteros de la producción industrial, en su totalidad (monopolios) o junto a un número reducido de empresas rivales (oligopolio). El predominio de la gran empresa era característico sobre todo de los nuevos sectores industriales, como la petroquímica o la producción de aluminio, por ejemplo, que requerían inversiones muy elevadas.
El aprovechamiento de la energía hidráulica para usos industriales propició la aparición de las colonias industriales en las proximidades de los ríos. Colonia Sedó de Esparreguera (Cataluña, España).
Aparecieron los cárteles, o acuerdos entre empresas para repartirse el mercado de determinados productos, por ejemplo, en los sectores del carbón y del acero. Antes de la I Guerra Mundial surgieron las primeras empresas multinacionales. La concentración económica tuvo consecuencias en el rendimiento y la productividad de los trabajadores, que aumentaron incesantemente gracias a la racionalización de los procesos de trabajo. Se impuso la fijación estricta de horarios, se multiplicaron los controles sobre el trabajador, se implantó el taylorismo y el trabajo industrial quedó dividido en rutinas cada vez más detalladas, específicas y repetitivas.
En los países en los que se produjo la revolución industrial aumentó el nivel de vida de la población. Tras un período inicial de sobreexplotación de la mano de obra y de prohibición de las actividades sindicales, en las últimas décadas del s. XIX diversos estados occidentales legalizaron los sindicatos y aprobaron medidas legales que supusieron una mejora sustancial de las condiciones de vida y de trabajo de los trabajadores industriales (regulación de la jornada laboral, prohibición del trabajo infantil, adopción de medidas de seguridad e higiene en las fábricas, etc.). En la aprobación de esta legislación social tuvieron una influencia crucial los partidos socialdemócratas; en países como Alemania, el propio estado inició la creación de un sistema incipiente de seguridad social. Hacia 1900 Alemania había sustituido al Reino Unido como primera potencia industrial mundial, a la vez que Estados Unidos y Japón se situaban, asimismo, en posiciones destacadas. La competencia creciente entre los países industrializados por el dominio de los mercados mundiales se tradujo en una carrera frenética por el control político de territorios situados en ultramar (colonialismo), con el objetivo de controlar las materias primas de estos países y de vender en ellos los productos de la industria nacional. Por otro lado, la generalización del capitalismo a escala planetaria originó fuertes desequilibrios regionales entre diversas zonas del mundo.

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